Trump y las tres Américas

Ha pasado ya una semana desde las gringoelecciones, y si bien aún no se ha definido el ganador, el hecho es que Dónol Tromp no ha logrado la amplia victoria que algunos pensábamos merecía (de hecho, ahora mismo sólo complejos recursos y batallas judiciales podrían darle la victoria). Una presidencia americana puede valorarse de muchas formas, pero hay dos factores que suelen ser los más determinantes: la economía y la política exterior. Incluso con hacerlo aceptablemente en el primer aspecto, los presidentes gringos repiten mandato con escasas excepciones. Si desde un punto de visto objetivo Trump ha rendido notablemente en ambos parámetros, ¿cómo no ha sido capaz de imponerse claramente a Joe Biden, uno de los candidatos más flojos y menos ilusionantes que se recuerdan?

Por supuesto la cuestión es compleja, y no pretendo recoger aquí las mil variables que han contribuido a este resultado electoral (entre ellas el enorme factor distorsionador del virus, sin el cual quizá Trump habría ganado fácilmente). Pero sí quiero delinear los tres principales grupos poblacionales que apoyan/se oponen a un personaje como Trump, para tratar de aportar perspectiva a la situación. Por supuesto, existen muchísimos más grupos y subgrupos, y mi análisis es una sobresimplificación de algo tan complejo como la sociedad estadounidense, pero creo que tiene validez como descripción general.

1) El americano «de toda la vida». El Wasp y sus derivados/adyacentes que constituyen la base del país desde su fundación. Tienen los mismos valores que Supermán (Verdad/Justicia/American Way) y, aun exhibiendo la variedad propia de cualquier grup humano, no han cambiao esencialmente respecto al estadounidense medio del último siglo. Unos tienen trabajos de oficina, otros son trabajadores manuales y otros población rural, pero seguramente tienen varios puntos de encuentro, igual que un contable de Valencia que vota al PP puede tomarse unas cerves con un agricultor murciano de cualquier filiación política no radical. Este grupo incluye a las minorías que han dejado atrás su «hecho racial» y se han integrado satisfactoriamente en el resto de la sociedad.

2) El revolucionario de salón (y alguno de calle). Se concentra principalmente en las dos costas, sobre todo en tres ciudades (Nueva York, Los Ángeles y San Francisco). Hablamos de gente de clase media alta o alta que, como cualquiera que tenga el bolsillo y el estómago llenos pero no así la cabeza, empieza a sentir culpabilidad de clase y se convence de que puede arreglar el mundo mediante «políticas sociales», toda una serie de medidas tan bienintencionadas como alejadas de la realidad. El revolucionario de salón raramente trabaja con las manos, y no tiene necesariamente una idea precisa de cómo se genera la riqueza de su país; del sector indistrial le preocupa más las contaminación que los bienes que produce, y lo mismo puede decirse de la energía, un recurso que sólo es válido si se genera de forma «limpia»; de este modo, un campo de paneles solares que malamente podría alimentar una fábrica le parece más deseable que toda la industria del «fracking», la cual ha otorgado la independencia energética a EEUU.

El revolucionario de salón prototípico habita en California, y especificando más podemos situarlo en Silicon Valley, capital planetaria de la economía digital. Estas personas son jóvenes, tienen unos ingresos altísimos obtenidos a base de vender unos y ceros, y su conexión con la realidad puede ser tan tenue como fuerte es su desprecio por los valores tradicionales o todo lo que se oponga a los conceptos de «libertad total» o «cambio social». Así pues, son defensores acérrimos de la homosexualidad, el transexualismo y todo tipo de parafilias de viejo y nuevo cuño, considerando retrógrada cualquier oposición a las mismas. Sorprendentemente, un neoyorkino de inclinaciones más bien liberales como Trump se convirtió en el anticristo para ellos tan pronto como evidenció que iba a ser un firme defensor de los valores tradicionales.

3) El americano «qué hay de lo mío». Este grupo se compone principalmente de minorías autovictimizadas, junto con otras que no son tan minorías ni tan víctimas, pero que aprovechan que el Hudson pasa por Nueva York para apuntarse. 155 años tras el fin de la esclavitud y más de medio siglo tras la igualdad legal, los afrodescendientes que no han logrado tener éxito o desegregarse de los guetos se aferran a una narrativa victimista en la cual la culpa de sus problemas es siempre del «racismo sistémico» y la autocrítica es simplemente inexistente. Son grupos que aportan muy poco aparte de bolsas de pobreza y margnalidad en el país más rico del mundo, pero que no obstante votan como cualquiera, vendiéndose al mejor postor (es decir al partido demócrata) a cambio de jugosos subsidios/ventajas sociales y de no mover un milímetro la citada narrativa, que tan buenos réditos da a unos y a otros (es gracias a la misma que una muerte por sobredosis de múltiples drogas o ser abatido por disparar a un agente con su táser se convierten mágicamente en casos de brutalidad policial).

Tal como mencionaba, a estos «oprimidos tradicionales» se han unido en las últimas décadas distintos grupos, cada uno con su narrativa: las feministas nos cuentan que la mujer lleva 20.000 años sometida al hombre, y prometen la felicidad eliminando los roles de género, enmendando así la plana a la estúpida naturaleza; los homosexuales nos cuentan que la atracción por el mismo sexo no es sólo completamente normal, sino que ha de verse con simpatía y ser equiparada al 100% a la heterosexualidad, al punto de que según ellos un hombre puede suplantar perfectamente a la madre biológica de un niño sin que esto tenga la menor consecuencia psicológica para la critatura. Los ultraizquierdistas, por su parte nos cuentan que el sistema en dl que han nacido todas las generaciones de su familia y les ha garantizado un bienestar sin precedentes en realidad no es válido, y debe sustituirse en la medida de lo posible por el sistema socioeconómico más fracasado de la historia, el socialismo. La mayoría de estos últimos tiene en la revuelta callejera un barato hobby por el que raramente ha de rendir cuentas. El fanatismo de su pseudeoideología, retroalimentado grupalmente, convierte a este colectivo en algo muy parecido a una secta.

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Como vemos, sólo uno de los grupos de la gran y diversa América supone un caladero de votos natural para Trump. El grupo nº 2 contempla con enorme condescendencia al tercero, si bien a veces se interesecciona con él (un habitante del gueto normalmente no trabajará en Google, pero un trabajador de Google sí puede militar en Antifa); no obstante, une fuerzas con ellos en aras del «cambio social», que no es más que una ciega destrucción de los pilares que con más o menos fortuna han sostenido lo que venimos en llamar Occidente; no se han parado a pensar en el tipo de civilización que puede existir sin pilares que la sustenten.

Trump puede haber tenido un rendimiento excelente en lo económico, haber derrotado al ISIS y haber sido el presidente más pacífico desde la II GM, pero eso nada importa a sus detractores-enemigos, cuya obsesión máxima es vivir en un mundo que se ajuste a sus estrechos prejuicios ideológicos; preferirían vivir en una casa donde la electricidad la generara una dinamo conectada a una bici estática (aunque tuvieran que pedalear cuatro horas al día) que obtener la energía de un «insostenible» generador; el problema es que, metafóricamente hablando, son otros los que tienen que pedalear por ellos para mantener sus fantasiosas concepciones.

A la humanidad jamás le faltarán retos (el principal, garantizar alimento y calidad de vida para todos en un planeta que puede acomodar con holgura a 100.000 millones de seres humanos), pero por algún motivo América se ha empeñado en inventar problemas como el inexistente apocalipsis climático o la necesidad de cumplir hasta el último capricho de grupos ultraminoritarios. Lamentablemente, buena parte de la población y casi todos los medios de comunicación/redes sociales (lobbys poderosísimo más ocupados de modelar y exhibir un mundo ficticio que de narrar la realidad objetiva) se sienten extremadamente cómodos abanderando estas causas infantiloides, y cuando «un adulto entra en la sala», como ha sido el caso de Trump (con todos los defectos que podamos achacarle), el malestar es masivo; las formas rudas y directas del mandatario, casi sin precedentes en el líder de una superpotencia (ver vídeo de arriba), han acabado de aglutinar en su contra a toda posible oposición, incluyendo a los políticos de carrera, consagrados a la tarea de complacer al mínimo común denominador.

Es así como hace 8 días 70 millones de personas salieron a votar a Joe Biden, como podrían haber votado a una escoba si la hubieran puesto de candidata, con la esperanza de librarse del «hombre malo» que aguaba la cálida fantasía que todos ellos comparten. Si se salen con la suya, vivirán en un mundo en el que todos seremos más pobres, más tontos y estaremos más lejos del verdadero progreso, pero en el que ellos se sentirán más felices a base de pura sugestión y de confirmación mutua; modernos lotófagos que nos recuerdan lo asombrosamente poco que cambian algunas cosas.
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