Olvidado Rey Gudú, un "Tolkien" español y melancólico

Olvidado Rey Gudú – Ana María Matute – 1996

Nos encontramos ante un libro sin duda sorprendente. ¿Qué es lo que lleva a una novelista española y septuagenaria a abordar un género tan poco habitual en nuestra literatura como la fantasía heroica? Lo ignoro, pero la barcelonesa Ana María Matute afrontó este reto con singular energía. En el grueso volumen que alberga la obra -850 páginas- se narra la saga del Reino de Olar a lo largo de cuatro generaciones. Pese a su naturaleza imaginaria, esta tierra puede identificarse de vagamente con el Centro-Norte de Europa; los habitantes del reino son indudablemente de etnia europea -quizá inspirados en los visigodos- y al parecer su lengua es nuestro español; asimismo, aparecen menciones a los romanos y al cristianismo, vinculando así la ficción de libro con nuestra realidad histórica. Olar limita al Sur con un territorio que podrían identificarse con el mediterráneo, al Norte con unas tierras heladas, al Oeste con los dominios de un gran Rey casi desconocido y al Este -la frontera que más importancia tendrá en la historia- con el llamado país de los Desfiladeros; más allá, se encuentra la interminable Estepa.

Matute nos describe la historia de este reino con gran cuidado y detalle desde sus duros comienzos. El fundador de la dinastía, el conde Olar, un hombre tosco y algo brutal, pero también ambicioso y con visión de futuro. Este noble hará todo lo posible por que el malhadado pedazo de tierra que le ha caído en suerte gobernar alcance la mayor prosperidad posible. Tras lograr ampliar y estabilizar el territorio, el conde recibe de parte del Rey de Oriente la dignidad de Margrave, pero a medida que pasa el tiempo este rey da cada vez menos señales de vida, por lo que Olar será cada vez más independiente. El azote de Olar serán siempre los guerreros de la Estepa, que en sus constantes incursiones aterrorizan la frontera del Este.

Gran parte de la obra está presidida por un ambiente feísta y opresivo, tratándonos de transmitir la atmósfera de unos dominios a los que les cuesta muchísimo sacudirse la brutalidad, la suciedad y la falta de refinamiento de sus gentes. Según transcurren los años seremos testigos de los esfuerzos de diferentes personajes para refinar y dignificar el reino. El conde Olar, ya rey, deja varios descendientes detrás suyo, siendo su sucesión motivo de disputa. De hecho, uno de los puntos fundamentales del libro será la forma en que cada monarca de la siguiente generación se hace con el trono, casi siempre de forma violenta y ajena al cauce normal.

Aunque la mayoría de miembros de la dinastía hereda los pobres rasgos intelectuales y físicos de sus antecesores, poco a poco la raza se va mejorando y refinando, merced a matrimonios con damas de mejores cualidades. Será ya el nieto del conde quien realmente cimente la grandeza de Olar, anexionando nuevos territorios, hollando fronteras desconocidas e incluso manteniendo a ralla a los guerreros de la estepa. En esta fase de la novela aparece uno de los personajes fundamentales, quizá la auténtica protagonista: la pequeña Ardid. Hija de un noble menor de los países del sur, Ardid verá cómo su familia es masacrada en una de las campañas de conquista del rey, jurando venganza en ese momento (¡como Batman!). Para lograr este propósito contará con la inestimable ayuda de su mentor, un viejo erudito medio brujo, y de una criatura mágica, el trasgo del sur, al que pocos mortales pueden ver y poseedor de grandes poderes. Juntos urdirán un elaborado plan.

Baste decir que tras una larga serie de vicisitudes Ardid logrará introducirse en el mismo corazón de Olar y tener una relación directísima con el nuevo rey, Gudú, personaje central de la obra. Este monarca se nos presenta como culminación de toda la dinastía, más inteligente, preparado y ambicioso que todos sus antecesores, proponiéndose desde temprana edad superar todos sus logros. No sólo eso: el objetivo de Gudú no será otro que ser el mayor rey conocido por la humanidad. Alguien que comparte esta meta tratará de ayudarle por todos los medios, tanto naturales como sobrenaturales, con consecuencias imprevisibles.

La mirada del rey estará siempre virada hacia el Oeste, hacia la estepa, auténtica obsesión de su estirpe. Esa vasta región, de donde proceden los más poderosos y despiadados guerreros, representa para los reyes de Olar el desafío, lo misterioso y desconocido. Este avance hacia la última frontera es uno de los puntos pivotales del libro, donde alcanza sus momentos más brillantes como novela épica y de aventuras.

El elemento fantástico está introducido de forma sutil y equilibrada, siendo menos predominante que en obras anglosajonas de similar temática. Así, aunque definitivamente la magia está presente en todo el libro, e influye en algunos hechos de forma fundamental, Matute evita darle un papel preponderante a razas fantásticas como elfos, orcos, enanos y similares, tan habituales en el género; por contra, prefiere introducir con cuentagotas criaturas como el ya citado Trasgo, ondinas, hadas y de forma fugaz un dragón, todos con el suficiente peso como para dar un toque mágico a la historia, pero sin que lo fantástico domine por lo general la narración. De este modo, si obvíaramos los elementos sobrenaturales, la novela podría pasar por una crónica histórica verdadera, o al menos razonablemente verosímil, siendo este equilibrio uno de los elementos más interesantes de la obra.

La mayor virtud de Olvidado Rey Gudú es que a pesar de su enorme extensión se lee de forma fácil y fluida, manteniendo el interés en todo momento. Es un libro muy difícil de soltar, merced a su estructura casi culebronesca, repleta de intrigas, romances, luchas entre reinos y conquistas. Hay que alabar su variedad argumental y una constante aparición de nuevos y sorprendentes personajes. Así, a los citados se unen al príncipe Almíbar, hijo de humano y de hada, capaz de comunicarse con los pájaros y poseedor de una sensibilidad única; Tontina, princesa absolutamente inconsciente y feliz traída a Olar como consorte del rey desde una tierra «más allá del tiempo», acompañada de un séquito que se mueve entre el mundo real y la pura fantasía. O la perspicaz reina Leonia, soberana absoluta de una isla donde el lujo, la riqueza y la exuberancia son los valores supremos. Todos conforman un tupido tapiz en cuyo centro se encuentra Gudú y sobre todo Ardid, auténtico hilo conductor de la obra. Como se puede ver, Matute tiene un criterio cuando menos peculiar a la hora de escoger los nombres en esta obra, pero pese a lo chocante de algunos, hay que tomarlo como un juego al que la autora invita al lector, realtando también el parentesco de la obra con los cuentos de hadas.

Una constante a lo largo del libro es la progresiva melancolía que se va haciendo patente en los personajes por el paso del tiempo, abriéndoles los ojos a la fugacidad de la condición humana y todas sus obras. Asisten así impotentes a su gradual decadencia, embargados ocasionalmente por la pena de lo perdido. Matute apunta a la infancia como a la época de felicidad más intensa -simbolizada en el mágico «árbol de los juegos»-, de la que se debe conservar tanto como sea posible. En general se nos transmite un escepticismo respecto a todo lo humano, dando a entender que lo feo e innoble se dan con mucha más frecuencia que sus opuestos. También se relaciona la grandeza del reino con sus campañas de conquista y destrucción, aunque sin llegar a un planteamiento antibélico: más bien se nos da a entender que esta relación es inevitable y hasta deseable (como ocurrió por ejemplo con el imperio romano), pero que un exceso de ambición puede desvirtuar el motivo de la expansión. Por ello, la obra es también una reflexión sobre la ambición humana, sus consecuencias y las renuncias que implica. Es esa atmósfera melancólica y la gran incidencia en las relaciones personales lo que más distingue la obra de Matute de la de autores más especializados en este género.

Por todo lo expuesto, Olvidado Rey Gudú es una obra singular en nuestras letras, por lo general tan apegadas al realismo sin más o al empalagoso realismo mágico. El estilo, como he mencionado, es fluido y muy agradable de leer, y sólo hay que lamentar una profusión de errores de redacción, que aunque comprensibles por el gran número de páginas, se deben sin duda a una inadecuada revisión de la obra, la cual merece una edición corregida que haga justicia a su contenido (sugerencia para la autora y la editorial). Por lo demás, es un título que permanece en el recuerdo y agradará fácilmente tanto al lector de fantasía heroica como a un público más general, sobre todo si gusta de la aventura y el romance. Tan sólo cabe objetar que la autora puede haber cargado demasiado las tintas en el torno taciturno de algunos pasajes, sin el cual la narración podría haber funcionado igual de bien. Es es cualquier caso una propuesta refrescante, que proporciona una intensa y profunda experiencia lectora. Recomendado.

Premios Poya 2009


¡No sé hablar inglés pero voy a ganar el Oscar! Yeah!

La gran fiesta de «nuestro cine» -yo desde luego no me identifico en absoluto con esos engrendros- dejó bien clara la cada vez más acusada deriva progre de los artistas patrios. Seis galarodnes se llevó el engrendro ése de Javier Fesser, «Camino» película furiosamente anticlerical; pero lo malo no es exactamente eso (y menos para mí, que soy ateo), sino por basarse en el caso auténtico de una muchacha enferma falseándolo miserablemente, como ha denunciado la familia. Pero le ha salido rentable la muerte de la pequeña al señor Fesser; ¡felicidades! Yo creí que con haber jodido irremisiblemente a Mortadelo y Filemón este señor tenía bastante, pero parece que esto sólo era el principio para el hermano de Guillermo. a niña protagonista ya está ganada para la causa a tan tierna edad, igual que María Valverde, que empezó como promesa refrescante y ahora protagoniza bodrios como «La mujer del anarquista».

Se quedó casi sin premios «Los girasoles ciegos», otra peli ultraprogre ambientada, ¡¡oh, sorpresa!! en la Guerra Civil. ¿Existe otro país en el mundo que saque TODOS los años tres o cuatro películas resobando (y distorsionando) su propia guerra, disputada hace la friolera de 70 años? No; para eso necesitarín a unos «artistas» tan rencorosos y radicales como los nuestros. Y se quejan de que no se ve nuestro cine… pero es que a la gente, por algún motivo, no les gustan la mierda ni las pajas mentales de unos niñatos acomodados. Para rematar la noche, premio al que encarnó con tanta precisión al genocida marxista Ché Guevara, el portoriqueño Benicio del Toro, muy pasadito de peso. ¡Hurra! Queremos la biografía del führer ya, protagonizada por Resines, o por Pepe Villuela, es igual. Es que era un hombre fascinante y lleno de ideales.

Lo más trágico es que cojan dinero de nuestros impuestos para pagar toda esta mierda. ¡¿Es que no saben que tenemos que pagar muchas operaciones de familiares de inmigrantes, hombre?! Vomito sobre todos ellos: ¡¡Bleeeergh!!