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Trump y las tres Américas

Ha pasado ya una semana desde las gringoelecciones, y si bien aún no se ha definido el ganador, el hecho es que Dónol Tromp no ha logrado la amplia victoria que algunos pensábamos merecía (de hecho, ahora mismo sólo complejos recursos y batallas judiciales podrían darle la victoria). Una presidencia americana puede valorarse de muchas formas, pero hay dos factores que suelen ser los más determinantes: la economía y la política exterior. Incluso con hacerlo aceptablemente en el primer aspecto, los presidentes gringos repiten mandato con escasas excepciones. Si desde un punto de visto objetivo Trump ha rendido notablemente en ambos parámetros, ¿cómo no ha sido capaz de imponerse claramente a Joe Biden, uno de los candidatos más flojos y menos ilusionantes que se recuerdan?

Por supuesto la cuestión es compleja, y no pretendo recoger aquí las mil variables que han contribuido a este resultado electoral (entre ellas el enorme factor distorsionador del virus, sin el cual quizá Trump habría ganado fácilmente). Pero sí quiero delinear los tres principales grupos poblacionales que apoyan/se oponen a un personaje como Trump, para tratar de aportar perspectiva a la situación. Por supuesto, existen muchísimos más grupos y subgrupos, y mi análisis es una sobresimplificación de algo tan complejo como la sociedad estadounidense, pero creo que tiene validez como descripción general.

1) El americano «de toda la vida». El Wasp y sus derivados/adyacentes que constituyen la base del país desde su fundación. Tienen los mismos valores que Supermán (Verdad/Justicia/American Way) y, aun exhibiendo la variedad propia de cualquier grup humano, no han cambiao esencialmente respecto al estadounidense medio del último siglo. Unos tienen trabajos de oficina, otros son trabajadores manuales y otros población rural, pero seguramente tienen varios puntos de encuentro, igual que un contable de Valencia que vota al PP puede tomarse unas cerves con un agricultor murciano de cualquier filiación política no radical. Este grupo incluye a las minorías que han dejado atrás su «hecho racial» y se han integrado satisfactoriamente en el resto de la sociedad.

2) El revolucionario de salón (y alguno de calle). Se concentra principalmente en las dos costas, sobre todo en tres ciudades (Nueva York, Los Ángeles y San Francisco). Hablamos de gente de clase media alta o alta que, como cualquiera que tenga el bolsillo y el estómago llenos pero no así la cabeza, empieza a sentir culpabilidad de clase y se convence de que puede arreglar el mundo mediante «políticas sociales», toda una serie de medidas tan bienintencionadas como alejadas de la realidad. El revolucionario de salón raramente trabaja con las manos, y no tiene necesariamente una idea precisa de cómo se genera la riqueza de su país; del sector indistrial le preocupa más las contaminación que los bienes que produce, y lo mismo puede decirse de la energía, un recurso que sólo es válido si se genera de forma «limpia»; de este modo, un campo de paneles solares que malamente podría alimentar una fábrica le parece más deseable que toda la industria del «fracking», la cual ha otorgado la independencia energética a EEUU.

El revolucionario de salón prototípico habita en California, y especificando más podemos situarlo en Silicon Valley, capital planetaria de la economía digital. Estas personas son jóvenes, tienen unos ingresos altísimos obtenidos a base de vender unos y ceros, y su conexión con la realidad puede ser tan tenue como fuerte es su desprecio por los valores tradicionales o todo lo que se oponga a los conceptos de «libertad total» o «cambio social». Así pues, son defensores acérrimos de la homosexualidad, el transexualismo y todo tipo de parafilias de viejo y nuevo cuño, considerando retrógrada cualquier oposición a las mismas. Sorprendentemente, un neoyorkino de inclinaciones más bien liberales como Trump se convirtió en el anticristo para ellos tan pronto como evidenció que iba a ser un firme defensor de los valores tradicionales.

3) El americano «qué hay de lo mío». Este grupo se compone principalmente de minorías autovictimizadas, junto con otras que no son tan minorías ni tan víctimas, pero que aprovechan que el Hudson pasa por Nueva York para apuntarse. 155 años tras el fin de la esclavitud y más de medio siglo tras la igualdad legal, los afrodescendientes que no han logrado tener éxito o desegregarse de los guetos se aferran a una narrativa victimista en la cual la culpa de sus problemas es siempre del «racismo sistémico» y la autocrítica es simplemente inexistente. Son grupos que aportan muy poco aparte de bolsas de pobreza y margnalidad en el país más rico del mundo, pero que no obstante votan como cualquiera, vendiéndose al mejor postor (es decir al partido demócrata) a cambio de jugosos subsidios/ventajas sociales y de no mover un milímetro la citada narrativa, que tan buenos réditos da a unos y a otros (es gracias a la misma que una muerte por sobredosis de múltiples drogas o ser abatido por disparar a un agente con su táser se convierten mágicamente en casos de brutalidad policial).

Tal como mencionaba, a estos «oprimidos tradicionales» se han unido en las últimas décadas distintos grupos, cada uno con su narrativa: las feministas nos cuentan que la mujer lleva 20.000 años sometida al hombre, y prometen la felicidad eliminando los roles de género, enmendando así la plana a la estúpida naturaleza; los homosexuales nos cuentan que la atracción por el mismo sexo no es sólo completamente normal, sino que ha de verse con simpatía y ser equiparada al 100% a la heterosexualidad, al punto de que según ellos un hombre puede suplantar perfectamente a la madre biológica de un niño sin que esto tenga la menor consecuencia psicológica para la critatura. Los ultraizquierdistas, por su parte nos cuentan que el sistema en dl que han nacido todas las generaciones de su familia y les ha garantizado un bienestar sin precedentes en realidad no es válido, y debe sustituirse en la medida de lo posible por el sistema socioeconómico más fracasado de la historia, el socialismo. La mayoría de estos últimos tiene en la revuelta callejera un barato hobby por el que raramente ha de rendir cuentas. El fanatismo de su pseudeoideología, retroalimentado grupalmente, convierte a este colectivo en algo muy parecido a una secta.

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Como vemos, sólo uno de los grupos de la gran y diversa América supone un caladero de votos natural para Trump. El grupo nº 2 contempla con enorme condescendencia al tercero, si bien a veces se interesecciona con él (un habitante del gueto normalmente no trabajará en Google, pero un trabajador de Google sí puede militar en Antifa); no obstante, une fuerzas con ellos en aras del «cambio social», que no es más que una ciega destrucción de los pilares que con más o menos fortuna han sostenido lo que venimos en llamar Occidente; no se han parado a pensar en el tipo de civilización que puede existir sin pilares que la sustenten.

Trump puede haber tenido un rendimiento excelente en lo económico, haber derrotado al ISIS y haber sido el presidente más pacífico desde la II GM, pero eso nada importa a sus detractores-enemigos, cuya obsesión máxima es vivir en un mundo que se ajuste a sus estrechos prejuicios ideológicos; preferirían vivir en una casa donde la electricidad la generara una dinamo conectada a una bici estática (aunque tuvieran que pedalear cuatro horas al día) que obtener la energía de un «insostenible» generador; el problema es que, metafóricamente hablando, son otros los que tienen que pedalear por ellos para mantener sus fantasiosas concepciones.

A la humanidad jamás le faltarán retos (el principal, garantizar alimento y calidad de vida para todos en un planeta que puede acomodar con holgura a 100.000 millones de seres humanos), pero por algún motivo América se ha empeñado en inventar problemas como el inexistente apocalipsis climático o la necesidad de cumplir hasta el último capricho de grupos ultraminoritarios. Lamentablemente, buena parte de la población y casi todos los medios de comunicación/redes sociales (lobbys poderosísimo más ocupados de modelar y exhibir un mundo ficticio que de narrar la realidad objetiva) se sienten extremadamente cómodos abanderando estas causas infantiloides, y cuando «un adulto entra en la sala», como ha sido el caso de Trump (con todos los defectos que podamos achacarle), el malestar es masivo; las formas rudas y directas del mandatario, casi sin precedentes en el líder de una superpotencia (ver vídeo de arriba), han acabado de aglutinar en su contra a toda posible oposición, incluyendo a los políticos de carrera, consagrados a la tarea de complacer al mínimo común denominador.

Es así como hace 8 días 70 millones de personas salieron a votar a Joe Biden, como podrían haber votado a una escoba si la hubieran puesto de candidata, con la esperanza de librarse del «hombre malo» que aguaba la cálida fantasía que todos ellos comparten. Si se salen con la suya, vivirán en un mundo en el que todos seremos más pobres, más tontos y estaremos más lejos del verdadero progreso, pero en el que ellos se sentirán más felices a base de pura sugestión y de confirmación mutua; modernos lotófagos que nos recuerdan lo asombrosamente poco que cambian algunas cosas.
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Ad Astra: Diferente e incomprendida


En una sala insonorizada nadie puede oír tus reflexiones.

….Título original: Ad Astra. EEUU, 2019. Dir: James Gray

Brad Pitt interpreta un astronauta hijo de otro as del espacio, considerado un héroe casi mítico y perdido hace años en una misión consagrada a la búsqueda de inteligencia extraterrestre. Una emergencia que amenaza el futuro de la Tierra obliga a Brad a ir en busca de su padre, en una operación rodeada de secretos.

La película ha tenido en general una mala recepción por su tono introspectivo, taciturno y pausado. Imagino que la mayoría de sus detractores la llamarán también «lenta», pero me parece interesante establecer una distinción entra una narración pausada y otra que se hace lenta en el sentido de no avanzar (con el consiguiente aburrimiento). Ad Astra pertenece claramente a la primera categoría, y si la analizamos secuencia por secuencia apenas encontramos pausas obvias; en todo momento ocurre algo y cada escena tiene su función. Entiendo que cuando esa escena consiste en un monólogo del protagonista pasando su evaluación psicológica frente a un ordenador alguna gente se aburra, pero esto es diferente a otros films donde podemos señalar con precisión los momentos que no sirven ningún propósito o que alargan el plano sin objeto alguno (vienen a la mente ejemplos como la «Solaris» rusa o «Zodiac».)

Hablando de los monólogos de Pitt, nos encontramos ante un personaje interesantísimo, muy singular en el actual cine de masas. Se nos presenta como una persona distante, con verdaderas dificultades para sentirse a gusto entre sus semejantes, pero con la virtud de una brutal honestidad consigo mismo (si bien no con los demás). La forma en que reconoce sus carencias y conflictos puede poner al espectador ante las suyas propias, inspirándolo para realizar a su vez este sano ejercicio de autoanálisis. Todo el concepto de la evaluación psicológica automatizada resulta también muy interesante, con esos algoritmos capaces de detectar emociones en las manifestaciones externas más sutiles, y que ya prácticamente existen en nuestra realidad.

Aunque el presupuesto fue de unos 100 millones de $, se trata de un film con tono e intenciones casi de cine independiente. No obstante, tiene un componente secundario de acción-intriga bastante bien resuelto. Con todo, el género se siempre se ha prestado a la reflexión existencial, y es fácil apreciar los paralelismos con «Gravity», «2001», «Moon» o «Arrival».

Muy logrado también el personaje-concepto del padre, una presencia más bien fantasmal (la presencia real de Tommy Lee Jones en el film es en torno a los diez minutos). Un hombre consumido por la obsesión del conocimiento trascendente, por la misión por encima de todo. A medida que el personaje de Pitt se aleja del sol y se acerca a su padre, va reencontrando la empatía con el resto de humanos, dándose cuenta de que no puede convertirse en lo mismo que su progenitor, al que no obstante sigue guardando devoción. El líder obseso y megalómano no es desde luego una figura original en el cine, y a poco que el espectador se fije reconocerá otro paralelismo muy claro film con Apocalypse Now durante todo el film.

¿Qué me funciona menos de la película? Podría haber tenido más esplendor visual. Aunque la base-centro comercial de la luna es todo un hallazgo, el diseño de producción podría haber ido más allá, por ejemplo en la sala de relajación y en los interiores de las bases y naves. La fotografía granulosa (que seguramente se usa para resaltar el tono «indi») no hace favores en ese aspecto. La paleta de colores es intencionalmente melancólica, pero ese recurso encaja muy bien con la historia.

Se agradecería también más versimilitud en los efectos, sobre todo durante la escena de los rovers lunares, con esas sonoras explosiones en un entorno sin atmósfera. Creo que el público actual habría aceptado perfectamente que no hubiera sonido en esos momentos, algo que se podría haber intercalado perfectamente con transmisiones de radio, latidos de corazón, etc. (curioso que quizá el mejor momento de la película sea uno en el que hay silencio casi absoluto, desafiando la disipada atención de las salas cinematográficas modernas). Marte se presenta con la laxitud habitual: aunque son ya muchas las películas que transcurren en este planeta, nunca se reconoce su baja gravedad (un tercio de la de la Tierra) ni el frío extremo de su superficie (-60 grados celsius de media).

En fin, la película ha funcionado horriblemente en taquilla, recaudando sólo unos 30 millones en USA (la misma cifra que Rambo). Está claro que cuando la gente va a ver a «Brad Pitt en el espacio» espera algo parecido a «Interpastelar», película mucho menos interesante e infinitamente mentirosa desde su propia concepción (intentando legitimar mediante la asesoría de un Nobel de física conceptos de ciencia ficción pura y dura). Ad Astra es un excelente film, con meritorias reflexiones sobre nuestro lugar en el universo y la relación con nuestros semejantes, exigiendo solamente al espectador un mínimo de paciencia y olvidar las preconcepciones que pueda tener antes de verla. Recomendada.
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Senderos de Gloria: Kubrick se gradúa

Título original: Paths of Glory. EEUU, 1957. Dir: Stanley Kubrick

Senderos de Gloria es en mi opinión el primer film realmente notable dirigido por Stanley Kubrick, tras unos inicios dedicados más bien a “hacer músculo” en distintos géneros. Se trata de una historia sobre la guerra (concretamente, la I Guerra Mundial), pero no hace especial hincapié en la propia acción bélica, sino más bien en la moralidad de los hombres que participan en un conflicto armado.

Basado en la novela homónima de Humphrey Cobb, el argumento es sencillo, y se centra en una compañía francesa a la que se encomienda la toma de una cota casi inexpugnable, con fines principalmente propagandísticos. El capitán al mando se encuentra con un doble problema: primero liderar a sus hombres en una acción que supone una masacre casi asegurada, y posteriormente enfrentarse a las inesperadas consecuencias del ataque. Aunque las tropas que se representan son francesas, ningún personaje habla francés ni intenta imitar el acento, adoptándose la convención de que el inglés hablando por los personajes es en realidad francés.

En un cambio agradecible dentro del género, el film no describe una larga campaña militar ni engarza una batalla tras otra (pese a que los trailers puedan hacer parecer lo contrario). De hecho, sólo hay una escena de este tipo, y no especialmente gráfica. La victoria y el antagonismo con el enemigo ocupan un papel secundario, centrándose el foco en el trato de los oficiales hacia los combatientes de su ejército, y en cómo la vida de estos subordinados puede llegar a perder todo valor, bien por la ambición de quien no experimenta personalmente la batalla, bien por simple incompetencia y mezquindad no sólo de los altos mandos, sino incluso de los oficiales intermedios.

Una vez más Kubrick se encarga personalmente de la fotografía, realizando un impecable trabajo en blanco y negro. Los planos brillan por su composición y por su nitidez, si bien no se busca la grandiosidad de otras recreaciones históricas. Destaca la escena temprana del general pasando revista a sus tropas, avanzando por una trinchera en dirección a la cámara mientras esta retrocede hacia el espectador, lográndose un gran efecto de inmersión.

El drama central se presenta con efectividad, manteniendo la incertidumbre sobre el destino de unos soldados enfrentados a la sinrazón de un aparato militar deshumanizado y anacrónico. Kirk Douglas interpreta con toda solvencia al oficial protagonista, si bien es un papel diseñado para su lucimiento y que no entraña dificultad para un actor de su entidad. Su personaje representa a la parte del estamento militar que dispensa el respeto y la consideración debidos a los soldados rasos. El resto del trabajo actoral es también destacable, y entre el elenco podemos ver a Timothy Carey, un larguirucho actor de inconfundible físico que ya trabajó con Kubrick en “The killing”. Hay que destacar también a Joe Turkel, recordado especialmente por dos papeles: el del inquietante barman de «El resplandor» y el del magnate tecnológico Tyrell, en «Blade Runner».

“Senderos de gloria” no trata de ser la película definitiva sobre la guerra ni sobre el conflicto del 14 en particular, pero sí aporta un enfoque novedoso sobre esta contienda. Tiene cierto parentesco temático con “The Blue Max” (1966), que también tocaba los abusos jerárquicos durante la I Guerra Mundial, si bien con mucha menos sutileza e impacto que el film de Kubrick. Se puede reprochar a este último presentar unos personajes algo estereotipados y un guión efectivo pero lineal, sin muchas incidencias ni giros, y cuya escena final está impregnada de un sentimentalismo bastante poco convincente. Con todo, es una obra ya madura, sin los ineficaces experimentos estilísticos de la primera etapa kubrickiana ni las convenciones de género que vulgarizaban “The killing”. Douglas y Kubrick quedaron satisfechos por esta colaboración, lo que les llevaría a repetir en la siguiente película del neoyorkino, “Espartaco”.
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Kubrick: Los primeros trabajos

Las dos primeras producciones dirigidas por Stanley Kubrick pertenecen al casi extinto género del mediometraje, se filmaron en blanco y negro y contaron con un bajo presupuesto. Fear and Desire (1953) narra la historia de cuatro soldados atrapados en un bosque tras las líneas enemigas que tratan de volver con su bando, para lo cual han de atravesar un río. Por el camino tomarán como rehén a una joven con la que se cruzan accidentalmente. El film, básicamente experimental, intenta ser un drama psicológico, pero ni la peripecia de los soldados ni las reflexiones que realizan durante su viaje resultan especialmente interesantes. Uno de ellos está obsesionado con matar a un general enemigo, pero esta subtrama tampoco aporta mucho. Puede destacarse la más que correcta fotografía en blanco y negro (obra del propio Kubrick) y la belleza de la actriz Virginia Leith, pero poco más.

El verdadero interés de este film está en su realización: un Kubrick de 25 años debió apoyarse financieramente en su padre, pidiéndole dinero de su jubilación, y por esta falta de medios intentó mantener un micropresupuesto, rodando incluso sin sonido; no obstante, el resultado de esta técnica no debió convencerlo y hubo de invertir más dinero para doblar la película. Con el tiempo se avergonzó de esta primera obra, criticó duramente al guionista y trató de retirarla completamente de la circulación, conservando sólo una copia para sí. No obstante, otras dos copias sobrevivieron y una de ellas fue restaurada; puesto que al parecer el film ha caído en el dominio público, ahora verse íntegramente incluso en Youtube. Poco sospechaba el fallecido director que esta opera prima de la que renegó podría ser vista gratuitamente por millones de personas. Considerando que la película sólo dura una hora, tampoco se pierde mucho visionándola, aunque sólo sea por curiosidad cinéfila.

Killer’s Kiss (1955) pertenece al género negro, aunando varios tópicos del mismo: el boxeador humilde que trata de salir adelante, la mujer similarmente desesperada, ambos personajes compartiendo sus miserias, el hampón que se interpone en el camino del protagonista… Quienes hayan visto películas como The Hustler, con Paul Newman, reconocerán el patrón. La fotografía es nuevamente el punto más destacado de la película, con varias tomas interesantes de la Nueva York de los 50, pero la historia no logra despegarse de su convencionalismo, y pese a su corrección general lo cierto es que el film causa poco impacto. Podemos considerarlo otra obra formativa de Kubrick, en el que nuevamente se agradece la brevedad, con unos comedidos 67 minutos.

The Killing (1956), conocida en España como «Atraco perfecto», es el primer largo propiamente dicho de Kubrick (una hora veinticuatro minutos), y pertenece al género “atracos”, concretamente el de las cajas de un hipódromo localizado en San Francisco. La banda que lo perpetra está formada por atracadores profesionales y trabajadores del hipódromo que desean abandonar la mediocridad de su vida, y está encabezada por un curtido ladrón que desea retirarse y llevar una vida tranquila junto a su prometida.

Estamos nuevamente ante una película que se ciñe a los patrones de su género, más lograda que Killer’s Kiss pero sin destacar a mi juicio en nada especial. Debido a una imposición de la productora contra los deseos de Kubrick, se utiliza el primitivo recurso del narrador en off, con una voz de locutor radiofónico que explica la acción y los antecedentes de cada personaje con bastante poca sutileza. La película sufre claramente por ello, pero la trama es razonablemente interesante y no puede hacer ningún reproche especial a la globalidad del film. Un punto original para la época es que la narración no es completamente lineal, pues una vez se inicia el golpe se nos muestra su desarrollo varias veces, cada vez desde la perspectiva de un personaje. United Artists pensó que esto podría causar confusión al expectador, y esto explica la narración en off mencionada. Al igual que en films similares, se resalta que incluso el plan más brillante puede peligrar por cualquier detalle inesperado, fruto de la mala suerte, la ignorancia o la debilidad de carácter de alguno de los bandidos.

Sterling Hayden interpreta con solvencia el personaje principal, un ladrón curtido pero con un punto de vulnerabilidad. El resto del reparto tampoco desentona, con la excepción de Marie Windsor, cuyo aspecto aspecto demasiado maduro para el papel que interpreta, una “femme fatale” que lleva a la desesperación a su marido, el humilde cajero del hipódromo. En suma, una película estimable pero correcta sin más, que al igual que sus antecesoras no permite adivinar la llegada de las rompedoras obras firmadas más adelante por el neoyorkino.
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El hombre que no estaba ahí – Madurez artística

The man who wasn’t there – Dir: Joel Coen – EEUU, 2001

Para “El hombre que no estaba ahí”, los Coen dan un salto adelante de unos 30 años respecto a “O brother”, sin abandonar esa primera mitad del siglo XX que les es tan querida. Una vez más vuelven a mezclar géneros, entregando un relato que abarca el drama criminal, la comedia negra y la reflexión existencial.

La historia se centra en Ed Crane, un barbero sin ningún tipo de pretensión, que se trabaja en su pequeña ciudad moviéndose entre una callada resignación y la complacencia de una vida estable y sin problemas. Por el autorretrato que traza a través de su omnipresente voz en off, su vida es más feliz que infeliz, pero una inusual propuesta de negocios despierta algo en su interior que lo lleva a desear algo más, a demostrarle a su metódica y algo ambiciosa esposa que es más de lo que parece. Esta chispa desencadena toda una serie de acontecimientos que sacuden la existencia perfectamente ordinaria del barbero.

Tras ese punto de partida la historia se despliega con habilidad, con un ritmo no decae en ningún momento, gracias a una trama que permanece impredecible y a un elenco de personajes pintorescos típicos de lo Coen, que esta vez no llegan al punto de resultar irritantes; en este aspecto es una de las películas más equilibradas de los hermanos, presentando unos tipos humanos casi convencionales para sus estándares. Entre todos ellos brilla ese silente Ed Crane que aguanta estoicamente la locuacidad de quienes suelen rodearlo, y cuya personalidad deja rápidamente huella.

Contribuye al buen fluir del film su gran perfección formal, con una prístina fotografía en blanco y negro obra del célebre cinematógrafo británico Roger Deakins. Un detalle fascinante en este film que maneja con tanta maestría las gamas del gris es que se rodó en color por resultar más fácil técnicamente, y esta versión no sólo existe aún, sino que apareció en DVD en algunos países. La atmósfera se redondea con una banda sonora dominada por el piano, mediante composiciones de Carter Burnwell y piezas clásicas de Beethoven.

Billy Bob Thornton es una elección idonea para ese protagonista que no podía tener un rostro muy atractivo, pero tampoco carecer de carácter. Gran parte del peso de la película recae sobre su narración, la cual ejecuta perfectamente. Joel Coen vuelve a asignar un papel importante a su mujer Frances McDormand, cuyo físico nunca me ha gustado pero que resulta muy adecuada para el papel de la esposa, atractiva pero no mucho, ambiciosa pero sin excesos, amorosa pero sin efusividad alguna. El resto de secundarios es muy destacable, incluyendo a un Richard Jenkins con un aspecto muy similar al de su famoso papel del padre en “A dos metros bajo tierra”, si bien este personaje es totalmente distinto, mucho más plácido y humilde; interpretando a su hija está una jovencita Scarlett Johansson que añade un toque de belleza y ligereza muy agradecible a esta historia teñida de melancolía. Aparecen también Jon Polito y James Gandolfini, aprovechando al máximo sus pocas escenas, como actores de gran entidad que son. Pero sin duda el caramelito interpretativo le cae a Tony Shalhoub (el actor de “Monk”), quien tiene oportunidad de encarnar al cuasi infalible abogado Freddy Riedenschneider. Es el papel con más oportunidad de lucimiento, un personaje locuaz y genialoide, aprovechado al máximo por Shalhoub.

En medio de su amena trama semicriminal, “El hombre que no estaba ahí” nos plantea una interesante cuestión, la de las personas que sólo aspiran a una vida lo más sencilla posible y a ser amadas, pero a quienes les falta un punto de iniciativa, habilidad social o suerte para sentir que realmente encajan entre sus semjantes. Seguro que más de un espectador se siente identificado. El conjunto se remata con los habituales toques surrealistas de los Coen (se apunta una peculiar “conspiración OVNI”, muy acorde con la época), conformando todo una excelente película, sin duda un homenaje al «noir» pero con una potente identidad propia. En mi opinión, la mejor obra los hermanos neoyorquinos hasta ese año 2001.
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Blade Runner 2049 – La película replicante

….Título original: Blade Runner 2049 – Dir: Denis Vileneuve – EEUU, 2017
….ATENCIÓN – Esta crítica contiene numerosas revelaciones sobre la trama.

Llega 35 años después la secuela de Blade Runner, film que podemos calificar, fácilmente, como el mejor de ciencia-ficción de la historia junto con 2001. Ridley Scott se bajó del barco (¿abrumado por el reto?), entregando pertrechos a la «joven promesa» Denis Vileneuve (50 años, pero aparentemente en su efervescencia creativa). Hacer una secuela de Blade Runner es una apuesta de alto riesgo: ese mundo definitivamente admitía una expansión, pero un fracaso significa quedar muy tocado. ¿Qué tal librado salió el nuevo director?

Vileneuve empieza de forma inteligente, con una secuencia diurna que marca una diferencia visual con la primera película, la cual transcurría integramente de noche (si bien pronto se vuelve a la atómsfera nocturna). Los primeros compases transcurren agradablemente, fijando el tono estético y narrativo. Aunque no se puede negar que Vileneuve tiene su propia voz, aquí tanto él como Hans Zimmer están canalizando el trabajo de Scott y de Vangelis, respectivamente. Sí, definitivamente todo ocurre en el mismo mundo de la primera parte, y reconocemos varios elementos distintivos de la misma, como la interacción con tecnologías que permiten escudriñar y «aumentar» la realidad a fondo (algo que era ciencia ficción en 1981 y hoy es parte de nuestra vida cotidiana). Gran acierto recuperar el icónico edificio de la Tyrell Corporation (ahora propiedad del personaje Wallace), e incluso creo que hay un plano que se ha insertado directamente de la primera película.

Pero si algo nos ha enseñado el cine moderno (por ejemplo la franquicia Star Wars) es que recrear estilos antiguos, si bien requiere una gran maestría técnica, puede realizarse de forma casi mecánica, contando con los artesanos y el presupuesto adecuados. Sigue haciendo falta la mano que insufle a todo de propósito, dirección y estilo, y ahí Vileneuve no sale tan bien. No es que falten elementos interesantes: la premisa de una replicante capaz de reproducirse tiene mucho potencial, y el romance del Blade Runner «K» con su novia virtual está bien desarrollado, pero van pasando los minutos y la cosa no acaba de amalgamarse correctamente. Hablando de la novia virtual, tremenda irrupción de Ana de Armas en Hollywood, directamente como coprotagonista en una producción de esta entidad. La muchacha es bellísima y parece hacer un trabajo correcto, si bien no puedo juzgar su inglés porque vi la película doblada.

Llegamos a la marca de la hora y media con un conjunto que se sostiene dificultosamente, en la frontera entre rematar un relato interesante o de colapsarse. Lo más interesante hasta ese momento el cameo de Edward James Olmos y la relación de «K» con la jefa de policía, una madura Robin Wight-Penn. El punto más débil sin duda es la primera secuencia de Jared (Pa)leto como Wallace, un «villano con complejo de Dios» tan tópico que parece salido de la web TV Tropes. Cuando vemos el nacimiento de una bella replicante y el tipo la raja de inmediato con un bisturí por ser «imperfecta», estamos ante el primer indicio grave de que la película está naufragando.

La aparición de Deckard, la cual debería suponer el repunte de la historia, se convierte en todo lo contrario. Para empezar, ¿dónde coño vive el tipo? En una especie de cementerio nuclear (con filtro naranja constante, por si no queda claro) pero lleno de gigantescas y bellas estatuas, que nadie sabe por qué están ahí, pero que quedan bonitas. También vemos que Deckard se dedica a la apicultura, un trabajo similar al del primer replicante de la película. Serán abejas inmunes a la radiación, supongo. La verdad es que el personaje no parece nada dado a esas labores, y además, ¿cuál es su propósito, hacer miel? ¿Para qué, si al parecer está totalmente aislado y posee suministros ilimitados de alimento? («Tengo millones de botellas de whisky»). Eso sí, a un madrileño le hace mucha ilusión ver que el interior del edificio donde vive es el Palacio de Correos de Madrid (corrección: de hecho, esta escena está filmada en Budapest).

En fin, el antiguo Blade Runner reside en un casino abandonado, con una sala de fiestas holográfica que sólo sirve para epatar visualmente (¿cómo funciona puese a la radiación y a no tener mantenimiento? ¿de dónde sale la energía?). Deckard y K tienen una pelea a puños en la que el primero parece imponerse, pese a que sabemos perfectamente que su fuerza es normal y la de K sobrehumana; de hecho, un rato después este último atraviesa una pared en medio de una leve carrera, violando toda la física conocida. Toda la historia de Deckard es poco convincente: se confirma que es el padre de la «niña milagro», pero se desentendió de ella «porque era lo mejor»; y además luego se perdieron los registros y era imposible localizarla, pero sin embargo hay una «resistencia replicante» (subtrama que no va a ninguna parte) que sabe perfectamente dónde está y no ha hecho nada por ponerlos en contacto. ¿Realmente no ha encontrado Deckard nada mejor que hacer con su vida que leer, criar abejas y emborracharse? Ford está teniendo un triste final de carrera, enturbiando sus tres papeles más emblemáticos.

Cuando Wallace atrapa a Deckard, la película se hunde definitivamente. Su objetivo es obtener la clave de la reproducción de los replicantes, y para ello necesita cierta información de su prisionero. ¿Cuál? ¿Acaso es Deckard experto en biotecnología? Si tienes al padre vivo y los restos mortales de Rachel, ¿por qué no te dedicas a analizarlos e intentar desentrañar el misterio? El punto más bajo llega cuando aparece el clon de Rachel, una recreación computerizada de Sean Young cuando era joven. ¿¿Pueden por favor dejar de usar esta técnica en el cine?? Vale, es un gran logro técnico, pero en la inmensa mayoría de los casos resulta ridículo, siniestro y no aporta nada. Además, resulta que a Deckard no le gusta el clon y la «secretaria» de Wllace decide despacharla sumariamente, como si estuviéramos en un capítulo de Narcos. ¡¿Por qué?! ¿Quién la autorizó? ¿Habían acordado darle un tiro en la cabeza si no funcionaba de inmediato? Por cierto, esta secretaria, que es el 2º personaje que más aparece en el film, podría haber sido interesante, pero degenera rápidamente en una especie de sicaria ridícula, y al parecer también algo ninja, pues puede matar a la comisaria de Los Ángeles en su propio despacho sin ningún tipo de consecuencia. Pero eso sí, llora las primeras veces que acuchilla a personas. ¡¡¡Por favor!!!

La traca es cuando Wallace llega a la conclusión de que hay que torturar a Deckard, y por algún motivo absolutamente ignoto eso requiere llevárselo a las colonias espaciales (por cierto, oportunidad de oro perdida para mostrarnos las famosas colonias y, por qué no, la puerta de Tannhauser). Y esas son las únicas dos escenas de Leto, un «malo» principal que figura prominentemente en el cartel y que está 10 minutos en la película. Se entiende su motivación, pero todo lo demás es fallido en él: su crueldad caricaturesca, sus métodos, sus implantes cibernéticos («¡eh, espectador! ¡es menos humano que los replicantes!») Qué diferencia con ese personaje tan interesante que era Tyrell.

¿Cuál es el mayor pecado de la película? No haber conservado la prístina claridad narrativa del original, el cual puedes ver en total relajación y no perder ningún detalle importante; aquí hay varias cosas que no quedan claras (¿de dónde saca K el ADN de bebé que analiza, del patuco que había oculto en el piano? ¿Qué es esa explosión que se produce en el casino de Deckard?). El segundo pecado es la duración: El largometraje es un formato que encuentra su punto dulce entre los 80 y los 110 minutos, todo lo que supere eso necesita una justificación muy específica (haz una miniserie si te quedas corto) y casi siempre agota al espectador. Las brutales 2 horas y 40 minutos de «2049» hacen sus pecados mucho más difíciles de perdonar.

Hay otros detalles menores, como la resolución del romance entre K y su novia virtual Joi; la «escena erótica» que comparten se basa en un efecto visual raro y que no funciona; K decide sacarla de la red, sólo hace una copia de respaldo y se la lleva a una misión peligrosa (uh…); en un momento dado descubrimos que todos los modelos de Joi tienen el mismo físico. Vamos a ver, ¿puedes hacer replicantes de carne únicos pero todos tus humanos computerizados son iguales? Gracias, Vileneuve, ya nos damos cuenta solos de que es una mujer artificial. Luego, la banda sonora no logra ni de lejos la misma integración en la historia que el original. Aunque Zimmer logra una aceptable réplica del Vangelis ochentero, su partitura está básicamente de fondo. Eso sí, no se privan de usar el tema de muerte de Roy Batty en la última secuencia para una manipulación emocional de todo a cien. Todo el aspecto visual, tan sobresaliente en el original, aquí es simplemente pulcro y cumplidor, con pocos momentos brillantes.

En fin, la película es digna pero en último término totalmente fallida, esa es la realidad. Gosling está correcto en todo momento pero no puede salvar el material, y Vileneuve se destapa como otro director incapaz de aplicar la economía narrativa. Las buenas críticas me indican que el espectador criado visualmente en los 80 hoy se conforma con reconocer los guiños a los originales cuando ve un «remake», pero el fracaso en taquilla está sobradamente justificado. Realmente es una pena que se estropee así un superclásico, pero bastará con hacer un esfuerzo por olvidar esta secuela. Esta vez no harán falta múltiples ediciones para encontrar la versión definitiva de una joya; la única que podría valer la pena es una con muchos, muchos menos minutos.
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¿Una España muerta de inanición?


No voy a escribir sobre cómo hemos llegado hasta aquí, porque creo que todo el mundo lo tiene más o menos claro, pero sí sobre lo que creo que pasará. En realidad, empezaré por lo que no pasará:

No habrá declaración de independencia. Una cosa así se hace o no se hace, y el hecho de que estén anunciándola «para un día de estos» indica que no existe una intención real. No por falta de ganas de Puchdemón y Yunqueras (les sobran), sino porque para tirarse a una piscina esta ha de tener agua, o como mal menor estar vacía; esta no está sino llena de mierda. El duo calavera no tiene NADA en qué sostener tal declaración, toda vez que el «referéndum» fue una charlotada sin ningún tipo de validez ni en la mente del separatista más delirante. Pero eso es casi lo de menos; existen varios motivos de mayor peso para que el gordo y el flaco se cuiden mucho de dar semejante paso. Entre ellos:

– El no declarar la independencia es lo único que los separa de la orden de arresto que el Estado ha estado evitando tanto tiempo. Pero pronto comprobarán que hasta el gobierno más pusilánime, en caso de ser arrinconado y no quedarle otra salida, se revuelve para defenderse.

– Con la actual polarización social, la declaración supondría casi con seguridad un baño de sangre; probablemente no se sabría bien cómo ni por qué empezó, pero ocurriría. Tampoco es que a la pareja esto le preocupe mucho per se, pero sí las consecuencias (penales y de estigmatización) que tendría para ellos.

– El «estado catalán» recién proclamado tendría una nula viabilidad. Quizá contarían con un pseudoejército formado por los mossos (sólo los separatistas, ojo), pero no estaría reconocido por ningún país del mundo excepto dos o tres parias internacionales, carecería casi totalmente de financiación (adiós al FLA y cualquier otro ingreso proveniente de España), y por no tener no tendría ni moneda. Pero aun sin por algún motivo se les permitiera permanecer en la zona Euro, hay otro factor fundamental: el desplome brutal de su comercio, con un prolongado boicot de su mercado principal, España. ¿Alguien imagina la debacle de su industria editorial (Planeta, Salvat, Tusquets, Plaza y Janés, Seix Barral…), que vive exclusivamente gracias al mercado hispanoparlante? Pero ante todo, y de manera inmediata, se produciría un dramático desplome de su banca; no es ninguna casualidad que Caixabank y Sabadell se hayan apresurado a desmarcarse del procés, como por arte de magia: los españoles están sacando su dinero de esas entidades, que están perdido el «patriotismo catalán» al mismo tiempo que los depósitos (preguntad entre vuestros conocidos por curiosidad).

No, la segregación hoy por hoy es una quimera, y los dos personajes que han intentado pilotarla quieren pasar a la historia como «padres de la patria», no como los nuevos Companys, fracasados y encarcelados. El cómo renunciarán concretamente a la proclamación es lo de menos; probablemente balbuceen excusas relativas a la brutal represión del estado y a la vulneración de la democracia.

Ahora bien, eso no significa ni mucho menos que España esté a salvo ni el problema resuelto; tan sólo que la úlcera de momento no va a reventar. La nación ha ganado un respiro con mensaje de Felipe VI, que pese a todas sus deficiencias de dicción y a no prometer ninguna medida concreta, ha insuflado moral a una ciudadanía y unas fuerzas del orden que estaban esperando un gesto, el que fuera, de sus gobernantes. El hecho de que el discurso, moderado a todas luces, le haya parecido excesivo y autoritario a todos los malos sin excepción (Podemos y adláteres, comunistas, separatistas, PNV…) es sin duda un buen signo. ¿Pero qué nos espera de ahora en adelante?

– Desde luego no el 155, ni tampoco detenciones de ningún dirigente importante. El PP tiene un miedo cerval a ser considerado «extremista», incluso en esta situación dramática, y evitará ambas medidas, a menos, como ya he dicho, que haya declaración de independencia (e incluso así sólo se plantearía el 155 con apoyo del PSOE, algo que no va a ocurrir). Con toda probabilidad se optará por judicializar el asunto, tal como se ha venido haciendo hasta ahora, buscando la inhabilitación de las caras más visibles del proceso, una solución que salvaría la cara al ejecutivo y permitiría seguir adelante mal que bien.

– Es obvio que el desgaste del gobierno -y el de Rajoy en concreto- ha sigo gigantesco, y creo que se haría y nos haría un gran favor dando por terminada su etapa, ahora que la economía está encaminada. Debería haber elecciones como mucho en un año, si no en la próxima primavera, o incluso en Navidad (no sería la primera vez). Ahora bien, puede que no lleguemos a ellas, pues en estos precisos instantes se está gestando una moción de censura de consecuencias imprevisibles. El equilibrio parlamentario se sustentaba en el apoyo del PNV, y ayer mismo Urkullu manifestó su «profunda decepción» por el discurso del Rey. Atención a esta posibilidad, que sería sin duda la peor de todas, con un tándem socialista-podemita absolutamente letal en el poder. Sólo por evitar esto, son deseables lo antes posible unas elecciones en las que sin duda el constitucionalismo subiría sustancialmente.

– Una buena consecuencia de toda la debacle catalana ha sido el descrédito definitivo de Podemos. Perdidas todas las máscaras y los últimos jirones de tacticismo, su desconexión con los desencantados que los vieron como alternativa regeneradora es absoluta, y me sorprendería profundamente que superaran los 2 millones de votos en la próxima cita electoral. Sus apoyos se repartirán entre el PSOE, Ciudadanos (partido que crecerá aunque sólo sea por descarte) e incluso una Vox que puede llegar a ser parlamentaria. Ahora bien, les queda una última carta desesperada que es esa moción de censura, la cual hay que evitar a cualquier coste.

– ¿Qué se intentará hacer a medio plazo? Creo que primero habrá un relevo de liderazgo en los dos grandes partidos (adiós no sólo Rajoy sino también a Pedro Sánchez, una máquina de perder elecciones), y desde esa casilla de salida sonará con fuerza una reforma constitucional. No es que la Constitución tenga nada malo per se, pero cambiarla parece la única forma de avanzar políticamente en este país de descontentos crónicos. Si se produce tal reforma, las fuerzas proespañolas deberían ser inteligentes y, a cambio de reformular el estado con la fórmula vacua de turno (Confederación o lo que sea), debe recuperar como sea las competencias de educación, aunque sea parcialmente y a la chita callando. Esa es la única esperanza de recuperar una mínima estabilidad en el futuro. No faltará quien plantee el debate de la monarquía, pero veo altamente improbable un cambio en ese aspecto.

– ¿Y cómo será, desde ya, el día a día en Cataluña? Hay una fractura social que estaba latente hasta ahora, y que los genios instigadores del «prusés» se han encargado de sustanciar y agigantar. La vida seguirá sin idependencia, pero con un enorme malestar y dos bandos ya claramente marcados e irreconciliables. Será un problema que tardará décadas en remediarse, si llega a hacerlo, y sólo si se trabaja en el punto anterior. Desgraciadamente la violencia no es en absoluto descartable, incluyendo su forma más extrema, el terrorismo: una generación joven frustrada y radicalizada es el caldo de cultivo perfecto para este fenómeno, a poco que se le añada algo de marginalidad y la necesaria financiación, que siempre llega de algún lado. Esperemos que no ocurra bajo ningún concepto, porque ya vivimos ese drama varias décadas.

Es obvio que durante este prolongado problema hemos perdido algunas cosas, pero podemos y debemos seguir adelante. Mi consejo es el de siempre: haceos oír si sois combativos, o permaneced callados pero firmes, y no os importe perder «amistades» sin ningún valor real. No es que tengamos la ciudadanía más sofisticada, ni la más lista (nuestro fracaso educativo ha sido brutal), pero somos un país perfectamente viable si nuestros líderes pierden sus absurdos complejos a la hora de defender la ley, la nación y la igualdad de sus ciudadanos con todas las consecuencias. De lo contrario, España se morirá de pura inanición, a la espera de esas migajas de firmeza, ideas claras y liderazgo.
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John G. Avildsen, forjador de mitos

La semana pasada fallecía John Guilbert Avildsen, a la edad de 81 años. Era un hombre semianónimo, pero que se ganó un lugar importante en la historia del cine, pues junto con Sylvester Stallone prácticamente creó un género, el del «underdog»: El tipo desesperado que debe superar enormes desafíos con todo en contra. Hasta 1976 Avildsen no había tenido una carrera muy destacada, pero era un director «con oficio», y quizá por eso se le ofreció aquel proyecto chiquitito, de apenas un millón de dólares, sobre un boxeador sin suerte. Resultó ser un encaje perfecto, convirtiéndose en una de las tres patas que sustentarían el mito «Rocky», además del mencionado Stallone y el compositor Bill Conti.

Recomiendo la sección de «trivia» de imdb sobre la película, porque es apasionante: ese «Gonna fly now» rodado sin permisos y sin equipo humano por el propio Avildsen desde una furgoneta; el frutero que no tiene ni idea de que están haciendo una película y le lanza una naranja a Stallone; Talia Shire, que venía de los dos «Padrinos» y aceptó estar en la peli por salir de la sombra de su hermano F.F. Coppola; Stallone vendiendo a su perro, recomprándolo y metiéndolo en la película; el excepcional Burguess Meredith acabando como Mickey porque otros actores se habían negado a leer el papel; Carl Weathers (Apollo) haciendo la audición con Stallone y pidiendo que le trajeran a un actor de verdad para ensayar; las dificultades para crear una coreografía realista y Avildsen sugiriendo a Stallone que guionizara la pelea golpe a golpe (escribió 35 páginas); los productores hipotecando sus casas para poner los 100.000 $ de sobrecoste. Pequeñas y grandes dificultades convertidas en ventajas a base de talento, cratividad y pasión. Stallone prescindió de Avildsen para todos los demás films excepto el quinto, pero «Rocky» siempre será también su película.

Tras ese increíble 1976 («Rocky» ganó los Oscars a la mejor película y al mejor director, e ingresó 225 veces su presupuesto), Avildsen siguió trabajando sin hacer demasiado ruido, hasta que en el 1983 le ofrecieron hacer «The Karate Kid». ¡Ah, los 80!, cuando una buena idea bien filmada con cuatro duros podía convertirse en un hit internacional. Hoy día, una peli así se consideraría «indy», seguramente ni le darían luz verde. «¿El crío del karate? ¿Estás de coña?» Pero con 8 millones de dólares y un habilísimo guión de Robert Kamen, Avildsen volvió a crear mitología cinematográfica: El señor Miyagi, «dar cera, pulir cera», los Cobra Kay, la técnica grulla («si bien hecha, no defensa»), la lucha contra el acoso («búling», que dicen los cretinos) echándole dos cojones. De nuevo con el apoyo de Conti, el único hombre que podría tutear a John Williams si en inglés existiera el tuteo. Sí, ya sé que todo esto es cultura pop, no es «importante», pero la gente sigue recordándo un cuarto de siglo después. Luego llegaron dos secuelas bastante flojitas (¡japoneses hablando en inglés entre ellos!), pero el buen trabajo ya estaba hecho.

Avildsen siguió filmando, y sería injusto decir que no tuvo oportunidades, pues hizo ocho películas más (seguramente las más destacables «Lean on me» y «La fuerza de uno»), pero siento que en general se le infravaloró. Cuando rodó su último film, «Inferno», con Van Damme, los productores cambiaron tanto su trabajo que solicitó firmarla con pseudónimo; eso es directamente una falta de respeto. Avildsen no era Spielberg ni Cameron, quizá tampoco Donner ni Zemeckis, pero igual que ellos contribuyó decisivamente a ese maravilloso cine de los 70 y 80. Rocky y Karate Kid, señores; películas que han inspirado a millones de personas (esto es literalmente así). Creo que me sentaría a verlas cualquier tarde antes que ninguna de Nolan.

Es claro que este hombre amaba profundamente el cine, y nos dejó un regalo muy especial: vídeos hechos con cámara doméstica de muchos de sus rodajes y ensayos, los cuales luego se molestó en subir a su canal de Youtube, dejándonos una perspectiva única de los mismos. Además, gracias a una campaña de Kickstarter (¿estaba infravalorado o no?) se produjo el documental «John G. Avildsen: King of the Underdogs», que afortunadamente se completó antes de su fallecimiento. Los aficionados siempre le agradeceremos ese cine apasionado, ingenuo e inventivo que agitó tantas fibras a lo largo del mundo.
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Camina hacia la luz

quirofano

Pasar por un quirófano siempre acojona, por pequeña que sea la intervención, sobre todo si es la primera vez. Un par de días antes vas a cita de anestesia, donde firmas un consentimiento: básicamente firmas ser consciente de que puede haber complicaciones y de que incluso puedes quedarte en el sitio, aunque eso sólo ocurre «raramente». Bien. Busco estadísticas y veo que sólo hay un fallecimiento por cada 100.000 intervenciones con anestesia general. Imagino que, siendo joven y estando sano, mis posibilidades se reducen mucho más, pero aun así… Sobre todo, me parece antinatural eso de que te duerman y que cuando te despiertes, chas, todo haya terminado. Pura brujería, uno no acaba de creérselo, y de ahí la desconfiaza o el temor.

El día de la operación llegas a la clínica, firmas los últimos papeleos y pasas a la zona de quirófanos. Primer requisito: despelotarte y ponerte un gorrito, unos patucos y una bata de papel abierta por delante, sin botones ni cinturón. “¿No puedo dejarme la ropa interior?”, pregunto a las enfermeras. “No”. Vamos, que vas con la minga al aire, si quieres taparte has de cerrar tú mismo la bata con la mano.

En ese estado de indefensión llego hasta una primera camilla, donde me preguntan por enésima vez si es alérgico a algún medicamento, si bebe, si fuma, etc. Me colocan en la muñeca una aguja  conectada a un gotero, por donde entrarán todas las dronjas que harán más llevadera la experiencia. Durante esos momentos esperaba que llegara finalmente el ataque de ansiedad que llevaba días temiendo, pero no. Adopté la consigna «déjate hacer», y los nervios aguantaron sorprendentemente bien.

Surge un inconveniente: la sangre está yendo hacia el gotero, en vez de entrar el suero en mi torrente sanguíneo. Una enfermera dice “qué charro” (“chistoso”). Yo pienso: “sí, para partirse”. Llega otra más experimentada y lo arregla, no sin antes desconectar el tubito conectado a la aguja, del cual surge un chorrito de sangre. Cosas. En esta situación preoperatoria uno espera que lo traten con extrema delicadeza, que lo mimen y tranquilicen, y no es que el personal sea brusco, pero para ellos es una rutina; resulta inevitable y no puede reprocharse. En una papel prendido en la pared hay un lista con nombres, donde figuras tú, lo que te van a hacer y los clientes que vendrán después. Ya digo, rutina.

Llega el cirujano con su ayudante y te saluda. “¿Qué tal todo?” “Bien, bien”. Me pide sacarme unas fotos preoperatorias. Hace algo sorprendente: me escribe las iniciales de mi nombre en el vientre con un rotulador, como si fuera una res (“es para no confundir las fotos” luego), y efectivamente me saca unas fotografías. No puede evitar encontrar cómica la situación; mejor. Ambos doctores se retiran a una sala adjunta, esperando el momento de entrar en acción.

Me dicen que coja mi gotero y me llevan caminando por fin al quirófano. Sigue sin llegar el ataque de ansiedad. Me tumban en la mesa de operaciones, me atan una mano (o las dos, no recuerdo) con correas y empieza aparecer toda la parafernalia que uno asocia con las intervenciones, con electrodos, electrocardiogramas y demás. Entra una señorita enmascarada que me dice su nombre y me anuncia que será mi anestesista. Las enfermeras empiezan a inyectar sustancias al gotero. Unos 15 segundos después empiezo a percibir claramente los efectos de las mismas. “Ya lo noto, le digo a la anestesista”. “Claro, ya se está durmiendo”. Creo que no aguanto despierto ni otros 15 segundos más.

El despertar

No, no es como en las pelis, que te duermes y te despiertas después de un fundido en negro. Claramente hay una percepción de paso del tiempo, igual que cuando uno duerme. Fue una de las mayores enseñanzas de toda esta experiencia: la percepción clarísima de que el cerebro sigue trabajando en los estados de inconsciencia. Sí, sabía que había pasado tiempo, pero no podía asegurar cuánto (luego me dijeron que una hora y cuarto). Si soñé algo, no lo recuerdo. Tampoco vi el túnel de luz blanca, lo siento, aunque queda bien como título del artículo. Al recuperar la consciencia no estoy en el quirófano, sino en una sala contigua. Las enfermeras me acompañan. “¿Cómo fue todo?” “Muy bien”.

La anestesia tarda un poco en diluirse. Al principio, pequeños temblores, e incluso risas, que se pasan en menos de diez minutos. Enseguida estás totalmente consciente, pero no te permiten levantarte. Una de las primeras cosas que haces es comprobar discretamente que sigues teniendo la minga en su sitio (si a un hombre lo operan y dice que no lo ha hecho, miente). Lo que más molesta no son las incisiones de la operación, sino un claro malestar en la garganta que indica que he tenido un tubo en la tráquea durante un buen rato. Una pinza en el dedo me toma la pulsaciones, y sigo con el gotero acoplado a la vena, pero ya vacío y arrugado. Has de pasar como una hora en la camilla, estabilizándote. Como la última comida ha sido la noche antes, el hambre aprieta. Te traen una infusión que sienta muy bien.

Ya sólo queda salir de la clínica y firmar unas cositas, pero se intentan evitar accidentes a toda costa: las enfermeras traen mi ropa y, todavía tumbado en la camilla, me visten como a un bebé, incluyendo la ropa interior. “¿Será que me puedo vestir solo?”, les pregunto, usando ese modismo colombiano. “No se preocupe, es nuestro trabajo”. Pues muy bien. Por fin estoy vestido, incluyendo una ceñida faja posquirúrgica que deberá acompañarme durante muchas semanas, pero aún no puedo levantarme, sólo me permiten incorporarme en la camilla. Al rato traen una silla de ruedas y tras sentarme en ella me llevan a recepción, donde me espera la acompañante que tanta paciencia ha tenido. Una vez allí ya soy responsable de mi suerte y puedo ponerme en pie. Firmo los últimos papeles y salimos al exterior. No pasó nada de lo temido, y el ataque de ansiedad nunca llegó. La verdad es que, globalmente, es una experiencia instructiva. ¿Mi consejo si tienes que operarte? Infórmate, escoge un buen sitio y deja hacer a los profesionales médicos. Puede que para ellos todo el procedimiento sea rutina, pero seguramente por eso hacen un buen trabajo.
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El drama nacional

candidatos

Vamos a repasar los principales actores del drama u ópera bufa que se representará hoy en la siempre sufrida patria:

Mariano Rajoy (Nom de scene: Mariano Rajao)

Difícil imaginar una legislatura más frustrante que la suya. Disfrutando de la que seguramente sea la última mayoría absoluta que veamos en mucho tiempo, se dedicó a hacer lo que mejor se le da a la derecha española: medio arreglar la economía sin dedicar el más mínimo esfuerzo a una labor didáctica que nutriera los cerebros nacionales, al borde de la inanición ideológica. El PP, en lugar de promocionar los evidentes logros de sus gobiernos y aprovechar su superioridad doctrinal y moral, ha permitido una hegemonía cultural absoluta de la izquierda, incluso regalándoles potentes grupos mediáticos, con los resultados que hoy vemos. El mandato de Rajoy ha destacado especialmente por la la promoción de incompetentes y pelotas, por la ausencia de reformas estructurales y por acabar de desarmar ideológicamente al partido. Las encuestas le otorgan 130 escaños en el mejor de los casos, un resultado que sólo le deja dos posibilidades: asistir impotente desde la oposición a un gobierno absolutamente nocivo para España o bregar como presidente en minoría durante una legislatura corta. Si ocurre lo segundo, aún tendrá ocasión de hacer un último servicio al país.

Pedro Sánchez (Nom de scene: Peras Anchas)

Seguramente la entidad intelectual de los gobiernos felipistas estaba exagerada: por más que fuera gente leída, no dejaban de ser hijos ideológicos del marxismo (incluso tuvieron que rechazarlo formalmente en un congreso extraordinario). Pese a ello, eran personas normales que hasta tocar poder habían tenido que trabajar y que se habían chupado una dictadura (aunque fuera tan benigna como el franquismo crepuscular). Zapatero, sin embargo, era algo muy distinto, la siguiente generación: afiliado a «la PSOE» desde los 19 años y diputado desde los 26, no tuvo otra «vida laboral» que ser ayudante de derecho durante 3 años en la misma universidad donde se licenció. Absolutamente falto de capacidad intelectual y de lecturas nutritivas, este aparatchik simbolizó el triunfo absoluto de la mediocridad, llegada al poder en vagón de Renfe. A Pedro Sánchez el felipismo le queda todavía más lejos, siendo un hijo ideológico clarísimo del zapaterismo, con un corpus ideológico basado en las mismas sandeces insustanciales y buenistas (feminismo radical, exaltación de las minorías, igualación del sistema educativo por abajo…). Si un buen líder socialista lo tendría difícil con el fin del bipartidismo, no digamos ya esta medianía de metro noventa y pico. De poder volver en el tiempo, sin duda se resignaría a ser jefe de la oposición cuatro años, pero eso no es posible. Pase lo que pase hoy, quedará en una posición incomodísima: lo «mejor» que podría ocurrirle es ser segunda fuerza y presidir un gobierno con ministerios clave cedidos a los comunistas. No obstante, lo mejor para España sería que quedara tercero, se abstuviera en la investidura y se fuera a su puta casa.

Pablo Iglesias (Nom de scene: Pablemos)

No digo nada nuevo si afirmo que Iglesias es producto del absoluto fracaso de España como sociedad y como ente político y cultural. No digo «del sistema educativo» porque, aunque esto también es cierto, resulta demasiado fácil cargar a ese sistema de formación académica la responsabilidad que debe corresponder muy principalmente a padres, comunicadores y políticos. 40 años de fomentar el infantilismo, el apolitismo y la desafección a la patria han dado como resultado a este monstruíto que en cualquier país serio (aunque ya empiezo a dudar que existan) no pasaría de vulgar agitador televisivo. Comunista clásico y amigo de todos los enemigos tradicionales de España (terroristas y separatistas, principalmente), sólo un absoluto imbécil o un absoluto ciego podría creerse su «giro a la socialdemocracia». Desgraciadamente, hemos demostrado que nos sobran ambas cosas, y también que, una vez un españolito decide su voto, se aferra durante años al mismo, por más desmanes que cometan «los suyos». Pese a la absoluta indigencia intelectual de Iglesias, hay que reconocerle dos aciertos tácticos: haber forzado estas segundas elecciones y comerse con patatitas lo que quedaba del comunismo, propiciando esta situación donde podría incluso hacerse con la presidencia.

Albert Rivera (Nom de scene: Naranjito)

El puñado de españoles sensatos que quedan saben que el país tiene una dramática necesidad de regenerarse, y ese movimiento, el regeneracionismo, es lo que primero representó UPyD y ahora Ciudadanos. Lo que no entienden los antiregeneracionistas (que son muchos y bastante zotes) es que, pese a los muchos defectos de los partidos que la representan, esta tendencia sigue siendo absolutamente necesaria si queremos tener alguna esperanza de modernizarnos definitivamente y de aprovechar las ilimitadas potencialidades de nuestro país. Cs sin duda se ha deshinchado respecto a su promesa inicial, en mi opinión por un exceso de apariciones mediáticas (mejor pocas, sólidas y coherentes) y, sobre todo, por las vacilaciones de su líder Albert Rivera, abrumado por esa necesidad imposible del político de contentar a todos. Su mayor error, de largo, ha sido el pacto en Andalucía, que ha permitido la continuidad de un régimen corruptísimo a cambio de tristes consuelos como bajadas puntuales de impuestos y la pérdida del aforamiento de dos ex-presidentes. Con todo, Albert aún es honesto en sus intenciones, tiene con diferencia el programa más racional e innovador (incluso en su versión capada) y podría ser un muy buen presidente. Está por ver si nuestra ultrainfantilizada población le da ese oportunidad o lo deja en una curiosidad histórica.

Alberto Garzón (Nom de scene: No tiene, es demasiado irrelevante)

¡¡Pa lo que ha quedao el comunismo!! Alberto es hijo de un profesor universitario y una farmacéutica, no ha pasado privaciones ni hambre durante un solo día de su vida y, por tanto, la única opción lógica era afiliarse a Izquierda Unida (alias PCE) con 18 años. Antes de cumplir los 26 ya era diputado, dando un auténtico ejemplo de existencia proletaria y sacrificada. Desde entonces se ha movido en la absoluta irrelevancia que tan bien se ganó su partido a lo largo de los años, hasta que Pablemos le ofreció la oportunidad de oro de ser su mascotita. Ideológicamente podemos definirlo como «la nada con sifón», con un cuerpo doctrinario que, curiosamente, es prácticamente indistinguible del de Peras Anchas y el de Pablemos (anticapitalismo de garrafón). Su última aportación a la historia de España seguramente sea seguir llevándoselo crudo en algún ministerio de tercera (medioambiente, por ejemplo).

Santiago Abascal (Nom de scene: No tiene, es un señor muy serio)

Es casi imposible que Vox obtenga algún escaño, pero lo incluyo en esta relación como caso paradigmático: si aceptamos que sus postulados son radicales, en ningún caso lo serían más que los propuestos por sus adversarios de la otra orilla ideológica. Sin embargo, unos van a sacar aproximadamente 90 escaños y los otros se van a quedar fuera del parlamento. Sirva esto para hacer reflexionar sobre el inexplicable prestigio de las ideas izquierdistas y sobre la delirante pervivencia mediática y académica del comunismo, la ideología más fracasada y criminal de todas las concebidas por el hombre. Lo de Vox es una pena, porque su programa es perfectamente aprovechable, no tiene ningún punto especialmente extremista (ni siquiera están cerrados en banda respecto al aborto, como se difundió falsamente) y Abascal es un hombre elocuente y brillante. Será el voto testimonial-refugio de mucho derechista clásico que no reconoce el ente en que se ha convertido el actual PP. Puede parecer poco, pero un testimonio siempre es mejor que quedarse en el sofá.
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