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Ad Astra: Diferente e incomprendida


En una sala insonorizada nadie puede oír tus reflexiones.

….Título original: Ad Astra. EEUU, 2019. Dir: James Gray

Brad Pitt interpreta un astronauta hijo de otro as del espacio, considerado un héroe casi mítico y perdido hace años en una misión consagrada a la búsqueda de inteligencia extraterrestre. Una emergencia que amenaza el futuro de la Tierra obliga a Brad a ir en busca de su padre, en una operación rodeada de secretos.

La película ha tenido en general una mala recepción por su tono introspectivo, taciturno y pausado. Imagino que la mayoría de sus detractores la llamarán también «lenta», pero me parece interesante establecer una distinción entra una narración pausada y otra que se hace lenta en el sentido de no avanzar (con el consiguiente aburrimiento). Ad Astra pertenece claramente a la primera categoría, y si la analizamos secuencia por secuencia apenas encontramos pausas obvias; en todo momento ocurre algo y cada escena tiene su función. Entiendo que cuando esa escena consiste en un monólogo del protagonista pasando su evaluación psicológica frente a un ordenador alguna gente se aburra, pero esto es diferente a otros films donde podemos señalar con precisión los momentos que no sirven ningún propósito o que alargan el plano sin objeto alguno (vienen a la mente ejemplos como la «Solaris» rusa o «Zodiac».)

Hablando de los monólogos de Pitt, nos encontramos ante un personaje interesantísimo, muy singular en el actual cine de masas. Se nos presenta como una persona distante, con verdaderas dificultades para sentirse a gusto entre sus semejantes, pero con la virtud de una brutal honestidad consigo mismo (si bien no con los demás). La forma en que reconoce sus carencias y conflictos puede poner al espectador ante las suyas propias, inspirándolo para realizar a su vez este sano ejercicio de autoanálisis. Todo el concepto de la evaluación psicológica automatizada resulta también muy interesante, con esos algoritmos capaces de detectar emociones en las manifestaciones externas más sutiles, y que ya prácticamente existen en nuestra realidad.

Aunque el presupuesto fue de unos 100 millones de $, se trata de un film con tono e intenciones casi de cine independiente. No obstante, tiene un componente secundario de acción-intriga bastante bien resuelto. Con todo, el género se siempre se ha prestado a la reflexión existencial, y es fácil apreciar los paralelismos con «Gravity», «2001», «Moon» o «Arrival».

Muy logrado también el personaje-concepto del padre, una presencia más bien fantasmal (la presencia real de Tommy Lee Jones en el film es en torno a los diez minutos). Un hombre consumido por la obsesión del conocimiento trascendente, por la misión por encima de todo. A medida que el personaje de Pitt se aleja del sol y se acerca a su padre, va reencontrando la empatía con el resto de humanos, dándose cuenta de que no puede convertirse en lo mismo que su progenitor, al que no obstante sigue guardando devoción. El líder obseso y megalómano no es desde luego una figura original en el cine, y a poco que el espectador se fije reconocerá otro paralelismo muy claro film con Apocalypse Now durante todo el film.

¿Qué me funciona menos de la película? Podría haber tenido más esplendor visual. Aunque la base-centro comercial de la luna es todo un hallazgo, el diseño de producción podría haber ido más allá, por ejemplo en la sala de relajación y en los interiores de las bases y naves. La fotografía granulosa (que seguramente se usa para resaltar el tono «indi») no hace favores en ese aspecto. La paleta de colores es intencionalmente melancólica, pero ese recurso encaja muy bien con la historia.

Se agradecería también más versimilitud en los efectos, sobre todo durante la escena de los rovers lunares, con esas sonoras explosiones en un entorno sin atmósfera. Creo que el público actual habría aceptado perfectamente que no hubiera sonido en esos momentos, algo que se podría haber intercalado perfectamente con transmisiones de radio, latidos de corazón, etc. (curioso que quizá el mejor momento de la película sea uno en el que hay silencio casi absoluto, desafiando la disipada atención de las salas cinematográficas modernas). Marte se presenta con la laxitud habitual: aunque son ya muchas las películas que transcurren en este planeta, nunca se reconoce su baja gravedad (un tercio de la de la Tierra) ni el frío extremo de su superficie (-60 grados celsius de media).

En fin, la película ha funcionado horriblemente en taquilla, recaudando sólo unos 30 millones en USA (la misma cifra que Rambo). Está claro que cuando la gente va a ver a «Brad Pitt en el espacio» espera algo parecido a «Interpastelar», película mucho menos interesante e infinitamente mentirosa desde su propia concepción (intentando legitimar mediante la asesoría de un Nobel de física conceptos de ciencia ficción pura y dura). Ad Astra es un excelente film, con meritorias reflexiones sobre nuestro lugar en el universo y la relación con nuestros semejantes, exigiendo solamente al espectador un mínimo de paciencia y olvidar las preconcepciones que pueda tener antes de verla. Recomendada.
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Senderos de Gloria: Kubrick se gradúa

Título original: Paths of Glory. EEUU, 1957. Dir: Stanley Kubrick

Senderos de Gloria es en mi opinión el primer film realmente notable dirigido por Stanley Kubrick, tras unos inicios dedicados más bien a “hacer músculo” en distintos géneros. Se trata de una historia sobre la guerra (concretamente, la I Guerra Mundial), pero no hace especial hincapié en la propia acción bélica, sino más bien en la moralidad de los hombres que participan en un conflicto armado.

Basado en la novela homónima de Humphrey Cobb, el argumento es sencillo, y se centra en una compañía francesa a la que se encomienda la toma de una cota casi inexpugnable, con fines principalmente propagandísticos. El capitán al mando se encuentra con un doble problema: primero liderar a sus hombres en una acción que supone una masacre casi asegurada, y posteriormente enfrentarse a las inesperadas consecuencias del ataque. Aunque las tropas que se representan son francesas, ningún personaje habla francés ni intenta imitar el acento, adoptándose la convención de que el inglés hablando por los personajes es en realidad francés.

En un cambio agradecible dentro del género, el film no describe una larga campaña militar ni engarza una batalla tras otra (pese a que los trailers puedan hacer parecer lo contrario). De hecho, sólo hay una escena de este tipo, y no especialmente gráfica. La victoria y el antagonismo con el enemigo ocupan un papel secundario, centrándose el foco en el trato de los oficiales hacia los combatientes de su ejército, y en cómo la vida de estos subordinados puede llegar a perder todo valor, bien por la ambición de quien no experimenta personalmente la batalla, bien por simple incompetencia y mezquindad no sólo de los altos mandos, sino incluso de los oficiales intermedios.

Una vez más Kubrick se encarga personalmente de la fotografía, realizando un impecable trabajo en blanco y negro. Los planos brillan por su composición y por su nitidez, si bien no se busca la grandiosidad de otras recreaciones históricas. Destaca la escena temprana del general pasando revista a sus tropas, avanzando por una trinchera en dirección a la cámara mientras esta retrocede hacia el espectador, lográndose un gran efecto de inmersión.

El drama central se presenta con efectividad, manteniendo la incertidumbre sobre el destino de unos soldados enfrentados a la sinrazón de un aparato militar deshumanizado y anacrónico. Kirk Douglas interpreta con toda solvencia al oficial protagonista, si bien es un papel diseñado para su lucimiento y que no entraña dificultad para un actor de su entidad. Su personaje representa a la parte del estamento militar que dispensa el respeto y la consideración debidos a los soldados rasos. El resto del trabajo actoral es también destacable, y entre el elenco podemos ver a Timothy Carey, un larguirucho actor de inconfundible físico que ya trabajó con Kubrick en “The killing”. Hay que destacar también a Joe Turkel, recordado especialmente por dos papeles: el del inquietante barman de «El resplandor» y el del magnate tecnológico Tyrell, en «Blade Runner».

“Senderos de gloria” no trata de ser la película definitiva sobre la guerra ni sobre el conflicto del 14 en particular, pero sí aporta un enfoque novedoso sobre esta contienda. Tiene cierto parentesco temático con “The Blue Max” (1966), que también tocaba los abusos jerárquicos durante la I Guerra Mundial, si bien con mucha menos sutileza e impacto que el film de Kubrick. Se puede reprochar a este último presentar unos personajes algo estereotipados y un guión efectivo pero lineal, sin muchas incidencias ni giros, y cuya escena final está impregnada de un sentimentalismo bastante poco convincente. Con todo, es una obra ya madura, sin los ineficaces experimentos estilísticos de la primera etapa kubrickiana ni las convenciones de género que vulgarizaban “The killing”. Douglas y Kubrick quedaron satisfechos por esta colaboración, lo que les llevaría a repetir en la siguiente película del neoyorkino, “Espartaco”.
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Kubrick: Los primeros trabajos

Las dos primeras producciones dirigidas por Stanley Kubrick pertenecen al casi extinto género del mediometraje, se filmaron en blanco y negro y contaron con un bajo presupuesto. Fear and Desire (1953) narra la historia de cuatro soldados atrapados en un bosque tras las líneas enemigas que tratan de volver con su bando, para lo cual han de atravesar un río. Por el camino tomarán como rehén a una joven con la que se cruzan accidentalmente. El film, básicamente experimental, intenta ser un drama psicológico, pero ni la peripecia de los soldados ni las reflexiones que realizan durante su viaje resultan especialmente interesantes. Uno de ellos está obsesionado con matar a un general enemigo, pero esta subtrama tampoco aporta mucho. Puede destacarse la más que correcta fotografía en blanco y negro (obra del propio Kubrick) y la belleza de la actriz Virginia Leith, pero poco más.

El verdadero interés de este film está en su realización: un Kubrick de 25 años debió apoyarse financieramente en su padre, pidiéndole dinero de su jubilación, y por esta falta de medios intentó mantener un micropresupuesto, rodando incluso sin sonido; no obstante, el resultado de esta técnica no debió convencerlo y hubo de invertir más dinero para doblar la película. Con el tiempo se avergonzó de esta primera obra, criticó duramente al guionista y trató de retirarla completamente de la circulación, conservando sólo una copia para sí. No obstante, otras dos copias sobrevivieron y una de ellas fue restaurada; puesto que al parecer el film ha caído en el dominio público, ahora verse íntegramente incluso en Youtube. Poco sospechaba el fallecido director que esta opera prima de la que renegó podría ser vista gratuitamente por millones de personas. Considerando que la película sólo dura una hora, tampoco se pierde mucho visionándola, aunque sólo sea por curiosidad cinéfila.

Killer’s Kiss (1955) pertenece al género negro, aunando varios tópicos del mismo: el boxeador humilde que trata de salir adelante, la mujer similarmente desesperada, ambos personajes compartiendo sus miserias, el hampón que se interpone en el camino del protagonista… Quienes hayan visto películas como The Hustler, con Paul Newman, reconocerán el patrón. La fotografía es nuevamente el punto más destacado de la película, con varias tomas interesantes de la Nueva York de los 50, pero la historia no logra despegarse de su convencionalismo, y pese a su corrección general lo cierto es que el film causa poco impacto. Podemos considerarlo otra obra formativa de Kubrick, en el que nuevamente se agradece la brevedad, con unos comedidos 67 minutos.

The Killing (1956), conocida en España como «Atraco perfecto», es el primer largo propiamente dicho de Kubrick (una hora veinticuatro minutos), y pertenece al género “atracos”, concretamente el de las cajas de un hipódromo localizado en San Francisco. La banda que lo perpetra está formada por atracadores profesionales y trabajadores del hipódromo que desean abandonar la mediocridad de su vida, y está encabezada por un curtido ladrón que desea retirarse y llevar una vida tranquila junto a su prometida.

Estamos nuevamente ante una película que se ciñe a los patrones de su género, más lograda que Killer’s Kiss pero sin destacar a mi juicio en nada especial. Debido a una imposición de la productora contra los deseos de Kubrick, se utiliza el primitivo recurso del narrador en off, con una voz de locutor radiofónico que explica la acción y los antecedentes de cada personaje con bastante poca sutileza. La película sufre claramente por ello, pero la trama es razonablemente interesante y no puede hacer ningún reproche especial a la globalidad del film. Un punto original para la época es que la narración no es completamente lineal, pues una vez se inicia el golpe se nos muestra su desarrollo varias veces, cada vez desde la perspectiva de un personaje. United Artists pensó que esto podría causar confusión al expectador, y esto explica la narración en off mencionada. Al igual que en films similares, se resalta que incluso el plan más brillante puede peligrar por cualquier detalle inesperado, fruto de la mala suerte, la ignorancia o la debilidad de carácter de alguno de los bandidos.

Sterling Hayden interpreta con solvencia el personaje principal, un ladrón curtido pero con un punto de vulnerabilidad. El resto del reparto tampoco desentona, con la excepción de Marie Windsor, cuyo aspecto aspecto demasiado maduro para el papel que interpreta, una “femme fatale” que lleva a la desesperación a su marido, el humilde cajero del hipódromo. En suma, una película estimable pero correcta sin más, que al igual que sus antecesoras no permite adivinar la llegada de las rompedoras obras firmadas más adelante por el neoyorkino.
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El hombre que no estaba ahí – Madurez artística

The man who wasn’t there – Dir: Joel Coen – EEUU, 2001

Para “El hombre que no estaba ahí”, los Coen dan un salto adelante de unos 30 años respecto a “O brother”, sin abandonar esa primera mitad del siglo XX que les es tan querida. Una vez más vuelven a mezclar géneros, entregando un relato que abarca el drama criminal, la comedia negra y la reflexión existencial.

La historia se centra en Ed Crane, un barbero sin ningún tipo de pretensión, que se trabaja en su pequeña ciudad moviéndose entre una callada resignación y la complacencia de una vida estable y sin problemas. Por el autorretrato que traza a través de su omnipresente voz en off, su vida es más feliz que infeliz, pero una inusual propuesta de negocios despierta algo en su interior que lo lleva a desear algo más, a demostrarle a su metódica y algo ambiciosa esposa que es más de lo que parece. Esta chispa desencadena toda una serie de acontecimientos que sacuden la existencia perfectamente ordinaria del barbero.

Tras ese punto de partida la historia se despliega con habilidad, con un ritmo no decae en ningún momento, gracias a una trama que permanece impredecible y a un elenco de personajes pintorescos típicos de lo Coen, que esta vez no llegan al punto de resultar irritantes; en este aspecto es una de las películas más equilibradas de los hermanos, presentando unos tipos humanos casi convencionales para sus estándares. Entre todos ellos brilla ese silente Ed Crane que aguanta estoicamente la locuacidad de quienes suelen rodearlo, y cuya personalidad deja rápidamente huella.

Contribuye al buen fluir del film su gran perfección formal, con una prístina fotografía en blanco y negro obra del célebre cinematógrafo británico Roger Deakins. Un detalle fascinante en este film que maneja con tanta maestría las gamas del gris es que se rodó en color por resultar más fácil técnicamente, y esta versión no sólo existe aún, sino que apareció en DVD en algunos países. La atmósfera se redondea con una banda sonora dominada por el piano, mediante composiciones de Carter Burnwell y piezas clásicas de Beethoven.

Billy Bob Thornton es una elección idonea para ese protagonista que no podía tener un rostro muy atractivo, pero tampoco carecer de carácter. Gran parte del peso de la película recae sobre su narración, la cual ejecuta perfectamente. Joel Coen vuelve a asignar un papel importante a su mujer Frances McDormand, cuyo físico nunca me ha gustado pero que resulta muy adecuada para el papel de la esposa, atractiva pero no mucho, ambiciosa pero sin excesos, amorosa pero sin efusividad alguna. El resto de secundarios es muy destacable, incluyendo a un Richard Jenkins con un aspecto muy similar al de su famoso papel del padre en “A dos metros bajo tierra”, si bien este personaje es totalmente distinto, mucho más plácido y humilde; interpretando a su hija está una jovencita Scarlett Johansson que añade un toque de belleza y ligereza muy agradecible a esta historia teñida de melancolía. Aparecen también Jon Polito y James Gandolfini, aprovechando al máximo sus pocas escenas, como actores de gran entidad que son. Pero sin duda el caramelito interpretativo le cae a Tony Shalhoub (el actor de “Monk”), quien tiene oportunidad de encarnar al cuasi infalible abogado Freddy Riedenschneider. Es el papel con más oportunidad de lucimiento, un personaje locuaz y genialoide, aprovechado al máximo por Shalhoub.

En medio de su amena trama semicriminal, “El hombre que no estaba ahí” nos plantea una interesante cuestión, la de las personas que sólo aspiran a una vida lo más sencilla posible y a ser amadas, pero a quienes les falta un punto de iniciativa, habilidad social o suerte para sentir que realmente encajan entre sus semjantes. Seguro que más de un espectador se siente identificado. El conjunto se remata con los habituales toques surrealistas de los Coen (se apunta una peculiar “conspiración OVNI”, muy acorde con la época), conformando todo una excelente película, sin duda un homenaje al «noir» pero con una potente identidad propia. En mi opinión, la mejor obra los hermanos neoyorquinos hasta ese año 2001.
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Blade Runner 2049 – La película replicante

….Título original: Blade Runner 2049 – Dir: Denis Vileneuve – EEUU, 2017
….ATENCIÓN – Esta crítica contiene numerosas revelaciones sobre la trama.

Llega 35 años después la secuela de Blade Runner, film que podemos calificar, fácilmente, como el mejor de ciencia-ficción de la historia junto con 2001. Ridley Scott se bajó del barco (¿abrumado por el reto?), entregando pertrechos a la «joven promesa» Denis Vileneuve (50 años, pero aparentemente en su efervescencia creativa). Hacer una secuela de Blade Runner es una apuesta de alto riesgo: ese mundo definitivamente admitía una expansión, pero un fracaso significa quedar muy tocado. ¿Qué tal librado salió el nuevo director?

Vileneuve empieza de forma inteligente, con una secuencia diurna que marca una diferencia visual con la primera película, la cual transcurría integramente de noche (si bien pronto se vuelve a la atómsfera nocturna). Los primeros compases transcurren agradablemente, fijando el tono estético y narrativo. Aunque no se puede negar que Vileneuve tiene su propia voz, aquí tanto él como Hans Zimmer están canalizando el trabajo de Scott y de Vangelis, respectivamente. Sí, definitivamente todo ocurre en el mismo mundo de la primera parte, y reconocemos varios elementos distintivos de la misma, como la interacción con tecnologías que permiten escudriñar y «aumentar» la realidad a fondo (algo que era ciencia ficción en 1981 y hoy es parte de nuestra vida cotidiana). Gran acierto recuperar el icónico edificio de la Tyrell Corporation (ahora propiedad del personaje Wallace), e incluso creo que hay un plano que se ha insertado directamente de la primera película.

Pero si algo nos ha enseñado el cine moderno (por ejemplo la franquicia Star Wars) es que recrear estilos antiguos, si bien requiere una gran maestría técnica, puede realizarse de forma casi mecánica, contando con los artesanos y el presupuesto adecuados. Sigue haciendo falta la mano que insufle a todo de propósito, dirección y estilo, y ahí Vileneuve no sale tan bien. No es que falten elementos interesantes: la premisa de una replicante capaz de reproducirse tiene mucho potencial, y el romance del Blade Runner «K» con su novia virtual está bien desarrollado, pero van pasando los minutos y la cosa no acaba de amalgamarse correctamente. Hablando de la novia virtual, tremenda irrupción de Ana de Armas en Hollywood, directamente como coprotagonista en una producción de esta entidad. La muchacha es bellísima y parece hacer un trabajo correcto, si bien no puedo juzgar su inglés porque vi la película doblada.

Llegamos a la marca de la hora y media con un conjunto que se sostiene dificultosamente, en la frontera entre rematar un relato interesante o de colapsarse. Lo más interesante hasta ese momento el cameo de Edward James Olmos y la relación de «K» con la jefa de policía, una madura Robin Wight-Penn. El punto más débil sin duda es la primera secuencia de Jared (Pa)leto como Wallace, un «villano con complejo de Dios» tan tópico que parece salido de la web TV Tropes. Cuando vemos el nacimiento de una bella replicante y el tipo la raja de inmediato con un bisturí por ser «imperfecta», estamos ante el primer indicio grave de que la película está naufragando.

La aparición de Deckard, la cual debería suponer el repunte de la historia, se convierte en todo lo contrario. Para empezar, ¿dónde coño vive el tipo? En una especie de cementerio nuclear (con filtro naranja constante, por si no queda claro) pero lleno de gigantescas y bellas estatuas, que nadie sabe por qué están ahí, pero que quedan bonitas. También vemos que Deckard se dedica a la apicultura, un trabajo similar al del primer replicante de la película. Serán abejas inmunes a la radiación, supongo. La verdad es que el personaje no parece nada dado a esas labores, y además, ¿cuál es su propósito, hacer miel? ¿Para qué, si al parecer está totalmente aislado y posee suministros ilimitados de alimento? («Tengo millones de botellas de whisky»). Eso sí, a un madrileño le hace mucha ilusión ver que el interior del edificio donde vive es el Palacio de Correos de Madrid (corrección: de hecho, esta escena está filmada en Budapest).

En fin, el antiguo Blade Runner reside en un casino abandonado, con una sala de fiestas holográfica que sólo sirve para epatar visualmente (¿cómo funciona puese a la radiación y a no tener mantenimiento? ¿de dónde sale la energía?). Deckard y K tienen una pelea a puños en la que el primero parece imponerse, pese a que sabemos perfectamente que su fuerza es normal y la de K sobrehumana; de hecho, un rato después este último atraviesa una pared en medio de una leve carrera, violando toda la física conocida. Toda la historia de Deckard es poco convincente: se confirma que es el padre de la «niña milagro», pero se desentendió de ella «porque era lo mejor»; y además luego se perdieron los registros y era imposible localizarla, pero sin embargo hay una «resistencia replicante» (subtrama que no va a ninguna parte) que sabe perfectamente dónde está y no ha hecho nada por ponerlos en contacto. ¿Realmente no ha encontrado Deckard nada mejor que hacer con su vida que leer, criar abejas y emborracharse? Ford está teniendo un triste final de carrera, enturbiando sus tres papeles más emblemáticos.

Cuando Wallace atrapa a Deckard, la película se hunde definitivamente. Su objetivo es obtener la clave de la reproducción de los replicantes, y para ello necesita cierta información de su prisionero. ¿Cuál? ¿Acaso es Deckard experto en biotecnología? Si tienes al padre vivo y los restos mortales de Rachel, ¿por qué no te dedicas a analizarlos e intentar desentrañar el misterio? El punto más bajo llega cuando aparece el clon de Rachel, una recreación computerizada de Sean Young cuando era joven. ¿¿Pueden por favor dejar de usar esta técnica en el cine?? Vale, es un gran logro técnico, pero en la inmensa mayoría de los casos resulta ridículo, siniestro y no aporta nada. Además, resulta que a Deckard no le gusta el clon y la «secretaria» de Wllace decide despacharla sumariamente, como si estuviéramos en un capítulo de Narcos. ¡¿Por qué?! ¿Quién la autorizó? ¿Habían acordado darle un tiro en la cabeza si no funcionaba de inmediato? Por cierto, esta secretaria, que es el 2º personaje que más aparece en el film, podría haber sido interesante, pero degenera rápidamente en una especie de sicaria ridícula, y al parecer también algo ninja, pues puede matar a la comisaria de Los Ángeles en su propio despacho sin ningún tipo de consecuencia. Pero eso sí, llora las primeras veces que acuchilla a personas. ¡¡¡Por favor!!!

La traca es cuando Wallace llega a la conclusión de que hay que torturar a Deckard, y por algún motivo absolutamente ignoto eso requiere llevárselo a las colonias espaciales (por cierto, oportunidad de oro perdida para mostrarnos las famosas colonias y, por qué no, la puerta de Tannhauser). Y esas son las únicas dos escenas de Leto, un «malo» principal que figura prominentemente en el cartel y que está 10 minutos en la película. Se entiende su motivación, pero todo lo demás es fallido en él: su crueldad caricaturesca, sus métodos, sus implantes cibernéticos («¡eh, espectador! ¡es menos humano que los replicantes!») Qué diferencia con ese personaje tan interesante que era Tyrell.

¿Cuál es el mayor pecado de la película? No haber conservado la prístina claridad narrativa del original, el cual puedes ver en total relajación y no perder ningún detalle importante; aquí hay varias cosas que no quedan claras (¿de dónde saca K el ADN de bebé que analiza, del patuco que había oculto en el piano? ¿Qué es esa explosión que se produce en el casino de Deckard?). El segundo pecado es la duración: El largometraje es un formato que encuentra su punto dulce entre los 80 y los 110 minutos, todo lo que supere eso necesita una justificación muy específica (haz una miniserie si te quedas corto) y casi siempre agota al espectador. Las brutales 2 horas y 40 minutos de «2049» hacen sus pecados mucho más difíciles de perdonar.

Hay otros detalles menores, como la resolución del romance entre K y su novia virtual Joi; la «escena erótica» que comparten se basa en un efecto visual raro y que no funciona; K decide sacarla de la red, sólo hace una copia de respaldo y se la lleva a una misión peligrosa (uh…); en un momento dado descubrimos que todos los modelos de Joi tienen el mismo físico. Vamos a ver, ¿puedes hacer replicantes de carne únicos pero todos tus humanos computerizados son iguales? Gracias, Vileneuve, ya nos damos cuenta solos de que es una mujer artificial. Luego, la banda sonora no logra ni de lejos la misma integración en la historia que el original. Aunque Zimmer logra una aceptable réplica del Vangelis ochentero, su partitura está básicamente de fondo. Eso sí, no se privan de usar el tema de muerte de Roy Batty en la última secuencia para una manipulación emocional de todo a cien. Todo el aspecto visual, tan sobresaliente en el original, aquí es simplemente pulcro y cumplidor, con pocos momentos brillantes.

En fin, la película es digna pero en último término totalmente fallida, esa es la realidad. Gosling está correcto en todo momento pero no puede salvar el material, y Vileneuve se destapa como otro director incapaz de aplicar la economía narrativa. Las buenas críticas me indican que el espectador criado visualmente en los 80 hoy se conforma con reconocer los guiños a los originales cuando ve un «remake», pero el fracaso en taquilla está sobradamente justificado. Realmente es una pena que se estropee así un superclásico, pero bastará con hacer un esfuerzo por olvidar esta secuela. Esta vez no harán falta múltiples ediciones para encontrar la versión definitiva de una joya; la única que podría valer la pena es una con muchos, muchos menos minutos.
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Con ganas de amar – Por fin una buena del chino

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Fa yeung nin wa – Hong Kong, 2000. Director: Wong Kar Wai
Título español: In the mood for love

Después de transitar con no poco dolor por toda la obra del aclamado Wong Kar Wai, llego por fin a su película más célebre, Fa yeung nin wa, que se conoció en todo el mundo como In the mood for love (“Con ganas de amar”). Intrigado como estaba por el éxito de este hombre, tras ver esta peliculita al menos puedo decir que no todas sus obras son mediocres o directamente malas. No, estamos ante una piececita cinematográfica bastante estimable, aunque tampoco vayan usted a creer que me voló la cabeza.

La historia es simple a más no poder: en el Hong Kong de los años 60, dos matrimonios sin relación entre sí se mudan a un edificio de apartamentos, alquilando sendos dormitorios en pisos ya ocupados por sus propietarios. La historia la veremos desde la perspectiva del marido y la esposa de cada una de las parejas, dos personajes presas de la soledad: él porque su mujer trabaja de noche en un hotel, ella porque su marido está siempre de viaje. La historia gira en torno a la soledad de estas dos personas y el inevitable romance (o no-romance) que se acaba produciendo.

El problema que tengo con Wong Kar Wai es que, al parecer, le gusta hacer cine pero no contar historias, y a los personajes de sus guiones no les suele ocurrir nada demasiado reseñable. Nos va presentando sus vidas a lo largo de unas semanas o meses, y cuando termina la película están más o menos como cuando empezaron. Mientras, escuchamos sus reflexiones, o les vemos dando paseítos o sintiéndose melancólicos, con un estilo que ignora aquello tan buscado por los buenos directores del “ritmo narrativo”. Con ganas de amar se aparta algo de este modelo porque la peripecia sí es interesante -al menos en principio- y se puede sentir cierta identificación con los personajes. Incluso a veces hasta les llaman por su nombre, cosa no tan frecuente en las historias de este director.

Volviendo a la historia, el marido y la esposa “abandonados”, vecinos puerta con puerta, pronto descubren que comparten varias cosas, como una sorprendente afición por las novelas de artes marciales, que se prestan entre sí, aunque siempre manteniendo una reverencial distancia. No es hasta que pasan muchos meses y descubren la dolorosa infidelidad de sus parejas que pasan a tener verdadera cercanía.

Todo esto lo vamos viendo con una técnica de montaje bastante original, que para mí es lo mejor de la película: las escenas suelen ser muy cortas, de un minuto o dos, y se nos ofrece muy poco contexto temporal (¿han pasado dos horas desde la última? ¿Dos semanas? ¿Un mes?), así la única forma de saber que ha pasado el tiempo es a través de los vestidos de la esposa: mientras que él suele llevar trajes de oficinista muy parecidos entre sí, ella luce un modelito distinto y muy llamativo en prácticamente todas las escenas. De este modo, aunque hay que estar atento para intentar situarse, el vestuario lucido por Maggie Cheung nos aporta una referencia visual muy clara. Este montaje gana riqueza gracias a la labor de Chistopher Doyle, en el que quizá sea su mejor trabajo. Con todas las pegas que se puedan poner a la película, el equilibrio fotográfico y de color es impecable.

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Toma rojazos.

¿Cuál es el problema, pues? Que el romance es francamente frío: pese a ser dos personas solitarias, traicionadas por sus cónyuges, con espíritus afines y MUY guapas, resulta que salen juntos pero no hacen NADA físico. Hasta alquilan una habitación juntos para escribir novelas al alimón… ¡¡y no se dan ni un besito!! Me va a perdonar, señor Wong Kar Wai, pero por mucho que gusten sus pelis a los gafapastas de Cannes, la gente no funciona así: dos personas en esa situación van a follar como animales, a menos que hayan hecho algún voto de castidad. Ciertamente la acción transcurre en una época más libertina que la actual, y podemos aceptar que estas dos personas son muy rectas moralmente, pero intentar hacernos creer que no se tocarían un pelo me parece simplemente un recurso para epatar.

Fíjense hasta qué extremo llega la cosa, que él se va de viaje de negocios a Singapur y ella, arrepentida de no habérselo merendado, viaja hasta el país, y hasta se cuela en su habitación de hotel. Y una vez allí, ¿qué hace? ¡¡Se fuma sus cigarrillos y se va!! Muy creíble, sí señor. Curioso que este momento de allanamiento parezca sacado de la peor película del director, Chunking Express, junto con otro defecto: una melodía taciturna que se repite como 15 veces durante el metraje (como ocurría con el tema California Dreamin’ en la susodicha). No es que sea una mala partitura, pero si hay que tener mesura en la vida, en el cine más. Por el contrario, decir que hay unas canciones de Nat King Cole en español muy bien utilizadas.

Así pues, ¿qué nos deja de bueno Con ganas de amar? Aparte del montaje y la fotografía, unas estupendas pinceladas costumbristas de Hong Kong, con esos pisos compartidos que equivalen a las corralas españolas, los puestos de comida callejeros usados a menudo por los personajes, o el jefe de la protagonista, que utiliza sus dotes de eficientísima secretaria para que le organice la agenda con su esposa y su querida. También tenemos la buena planta de Tony Leung y sobre todo a Maggie Cheung, una mujer de por sí bellísima que nunca habrá salido mejor en una pantalla ni llevado tanta ropa bonita (ciertamente es curioso el armario que gasta, cuando al parecer tiene una economía muy modesta). La película se cierra con un epílogo en Camboya totalmente inconexo del resto de la narración, como si Wong hubiera dicho “¡joder, me está quedando todo demasiado normal!” Ay, esos tics de artista

En cualquier caso, me alegra haber llegado al final del ciclo de de reseñas este director; 2046 me pareció bastante petardo, y con el resto de su obra no voy a molestarme salvo casualidades. Mi valoración final sobre él es que, nos pongamos como nos pongamos, le sobran taras para estar considerado entre los grandes del momento. Próxima parada… ¡¡Stanley Kubrick!!
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O brother! Visitando el Sur con los Coen

O brother, where art thou? – EEUU, 2000 – Dir: Joel Coen
Título Español: O brother!

Los Coen revisitan en esta película los principios del siglo XX estadounidense, pero en una localización totalmente nueva:  el sur del país. La acción transcurre en 1937 y los protagonistas son tres presos, Ulysses, Pete y Delmar, quienes, ataviados con el tan típico y cinematográfico uniforme a rayas, se evaden para recuperar el botín de un atraco perpetrado por el primero. Sus caracteres son algo estereotípicos pero bien logrados: Ulysses (George Clooney) es el líder que convence a base de energía y un lenguaje muy elaborado; Pete es iracundo y pragmático; y Delmar un tipo simplón que sólo aspira a enderezar su camino. Siguiéndolos de cerca está el «villano», un implacable policía interpretado por Billy Bob Thornton.

Si bien O brother! no renuncia a ciertas aspiraciones intelectuales y estéticas, el tono es decididamente de comedia histriónica, siguiendo la línea marcada en The Big Lebowsky. El ritmo narrativo es bueno y hay ideas muy logradas, como la «carrera musical» de los tres presos, o el ladrón de bancos maníaco-depresivo que conocen durante su huida. Los créditos iniciales aseguran que la historia está basada en La Odisea, pero es una adaptación  extremadamente libre. Entre los pasajes extraídos de la obra de Homero está el encuentro con unas «sirenas» a la orilla de un río (una escena de gran sensualidad) y el enfrentamiento con un «cíclope» interpretado por John Goodman. También está el empeño de Ulysses por regresar a su casa y recuperar a su esposa (obviamente llamada Penny, por Penélope), quien ya ha decidido rehacer su vida con otro hombre.

La estética de la película está muy cuidada, y se mueve siempre en una paleta de marrones y dorados muy agradable de ver que contribuye a cierto toque onírico. El retrato del sur estadounidense resulta muy logrado, presentándosenos una amplia gama de personajes, acentos y situaciones bastante creíbles e interesantes. Me gustó particularmente la subtrama de las elecciones al estado de Mississippi, con sus coloridos mítines y dos candidatos muy distintos: el Gobernador que ya no puede ofrecer nada nuevo pero busca cualquier triquiñuela para mantener el poder, y el candidato populista, que se presenta como «el amigo del hombre pequeño», haciéndose acompañar literalmente por un hombre bajito.  Si el guión es fidedigno históricamente, es llamativa la naturalidad con la que mucha gente aún se tomaba el racismo en los estados sureños por aquel entonces. Incluso hay un personaje que reconoce casi sin reparos su pertenencia al Ku Klux Klan, revelación que hoy sin duda sería escandalosa.

Las interpretaciones son un punto fuerte de la película, con un George Clooney que aprovecha al máximo la rara ocasión de meterse en un papel decididamente cómico. Los diálogos de su personaje, elegantes a la par que extravagantes, y aderezados con un espeso acento sureño, son un caramelo para cualquier actor con ganas de pasarlo bien. Turturro cumple como siempre, en un papel mucho más básico, y lo mismo se puede decir de Tim Blake Nelson, cuyo peculiar rostro hace la mitad del trabajo. El papel de Billy Bob Thornton es seguramente demasiado corto, y tan hierático que le da muy poco juego al actor. Holly Hunter vuelve a un elenco de los Coen, y aunque es una actriz que no me gusta nada, lo hace muy bien como Penny. Otro que vuelve al «redil» es el veterano Charles Durning, francamente divertido como el Gobernador. John Goodman tiene un papel rimbombante de los típicos que le escriben los Coen, y se deja ver. Esta vez se quedan sin cameos John Polito y Steve Buscemi.

En suma, una comedia equilibrada, visualmente atractiva y razonablemente original. Desde luego, bastante más redonda globalemente que trabajos más pretenciosos de los hermanos, como Barton Fink o Fargo.
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Happy together: Nihilistas gays

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Chun gwong cha sit – Hong Kong, 1997 – Dir: Wong Kar Wai
Título internacional: Happy together

A lo tonto, ya casi me he tragado casi toda la filmografía del muy ilustre cineasta hongkonés Wong Kar Wai. La siguiente película que me tocaba ver era su celebrado drama Happy Together, que le valió el premio al mejor director en Cannes. Admito que afrontaba su visionado con escepticismo: no sólo porque ninguna de las obras anteriores de este director me hubiera gustado, sino también por su temática gay, que -Dios me perdone- me atraía poco o nada. No obstante, el completista que hay en mí se puso ante el proyector, para comprobar si el film merecía, a mi juicio, los elogios que cosechó en su día. Los protagonistas son, como apuntaba, dos hombres chinos de orientación gay que se moverán en un entorno extremadamente original: nada menos que Argentina, a donde han viajado en plan aventura. La película comienza en blanco y negro, describiendo mediante la voz en off de uno de los protagonistas la relación que ambos mantienen, más bien destructiva (como suele ocurrir en las obras de este director). La historia seguirá la evolución de la pareja en los siguientes meses.

Nos encontramos nuevamente ante un guión muy delgado, con poquísimos elementos argumentales: básicamente la pareja hace una excursión a Iguazú, se pelea, se reconcilia a debido a un accidente sufrido por uno de ellos, se vuelve a separar… Uno de los dos hombres es dominante y agresivo, y el otro afectuoso y tranquilo, provocando una lógica tensión entre ambos. Su interacción es muy pobre, y no les vemos tener conversaciones significativas ni hacer apenas cosas juntos (aunque al menos sus nombres son mencionados regularmente, un avance sobre obras anteriores de este autor). Lo que presenciamos principalmente es el abuso psicológico del agresivo sobre el tranquilo, que se mitiga cuando el primero queda herido y casi desvalido, lo cual equilibra en cierta forma la relación, y motiva el «happy together» del título. Claro que es una felicidad más que relativa, porque la dinámica de la pareja no deja nunca de ser tormentosa. Ciertamente no parecen gente feliz, ni con un rumbo definido en la vida. Por si tenéis curiosidad, el contenido sexual es bajo: sólo hay una escena de ese tipo nada más empezar, como para quitarse el asunto de enmedio y seguir con la trama.

Una vez más, el punto fuerte del metraje (tengo que dejar de usar estas figuras de la época del celuloide) es la fotografía de Christopher Doyle (tanto en color como en b/n), que retrata el Buenos Aires nocturno con la misma maestría que la que este artista plasmó antes Hong Kong. Incluso el cuchitril infecto donde vive la pareja tiene un aspecto atractivo gracias al hábil uso de los contrastes cromáticos y del saturado del color . Por cierto que resulta muy curioso, sobre todo para un espectador de cultura hispana, ver a estos dos chinos moverse por Argentina, convertidos en dos auténticos alienados culturales. La película falla en tres patas principales: el argumento (casi nulo), las interacciones entre personajes (lo mismo) y el ritmo cinematográfico, tremendamente premioso.  Hay una subtrama con un tercer personaje que apenas aporta nada, y la hora y 36 minutos se hacen decididamente largos.

Tony Leung vuelve a ser el protagonista, y curiosamente Wong Kar Wai le engañó, no contándole desde el princopio que su personaje era gay, debiendo trabajar para convencerle de interpretarlo. Su contrapartida es Leslie Cheung, otro habitual del director, quien curiosamente sí era homosexual. Ambos actores hacen un trabajo muy correcto. Apuntar que la última colaboración entre Wong y Cheung, quien se quitó la vida en el año 2003, victima de una depresión. En fin, a estas alturas tengo más que claro que detesto el estilo de este director, y me parece mucho más aprovechable el trabajo de su cinematógrafo. Sé que Wong ha firmado muchos cortos televisivos, y voy a hacer un esfuerzo por verlos, porque creo que unas píldoras de 10 minutos fotografiadas por Doyle pueden ser mucho más interesantes que estos plomizos largos. Para cerrar el capítulo del amigo Wong ya sólo me falta por ver su supuesta obra magna, In the mood for love (pues 2046 ya la vi en el cine en su día). Os tendré informados.
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Man of Steel. Miedo al color

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Man of Steel – EEUU, 2013 – Dir: Zack Snyder.
Título español: El hombre de acero.
Atención: Esta crítica incluye numerosas revelaciones sobre el argumento.

No tengo problema en decir que Man of Steel es la película que más he esperado no en meses, sino en muchos años, cosa lógica considerando mi fascinación por el personaje de Supermán (nombre que escribiré acentuado en todo el artículo, de acuerdo con su pronunciación española universal). Warner Brothers, decidida a reflotar una de sus franquicias más valiosas, tras el terrible fiasco que supuso el Superman Returns de Brian Synger, apostó por dos cineastas en mucha mejor forma, cada uno a su manera: Como productor, Chris Nolan, convertido actualmente en el rey absoluto de la industria junto con James Cameron, y como director el pujante Zack Snyder, quien se ha enfrentado a varias adaptaciones difíciles con notable vigor y sin renunciar a un sello propio.

Siento una profunda antipatía por Chris Nolan que nunca he ocultado: aunque no es un director incompetente, sus mundos apagados y su narrativa taciturna tienen mucho mejor encaje en pequeñas producciones de tono negro; cuando las ha trasladado a las grandes producciones, ha obtenido extraños híbridos de cuestionable calidad: Origen me parece un ladrillo confuso e infumable (una película de acción en la que los personajes deben explicar lo que pasa cada diez minutos), y su trilogía de Batman es demasiado irregular: aunque supuestamente está anclada al mundo real, finalmente sucumbe a los típicos absurdos comiqueros, sobre todo en la delirante tercera entrega. Tampoco me gustan los compañeros de viaje habituales de Nolan: por un lado, David S. Goyer, guionista que raramente está detrás de trabajos brillantes; y por otro, Hans Zimmer, creador de mecánicas fanfarrias al que parece que el conservatorio le dijeran: «ante todo, jamás cree emoción». Pero éste es el equipaje con el que tenía que cargar el director si quería ponerse al frente del proyecto.

Zack Snyder se ha especializado en la estética fantástico-comiquera, con un interesante bagaje hasta ahora: 300 y Watchmen son dos largos notables, e incluso la denostada Sucker Punch tenía sus méritos; quizá el principal era que con ella Snyder demostraba tener su propia voz y mundo visual. Darle las riendas de Man of Steel sin duda respondía al deseo de convertir a Supermán en un gran héroe de acción, toda vez que Superman Returns, aparte de ser una mala película, naufragaba totalmente en ese aspecto. Una vez terminada y estrenada la película ¿qué podemos decir del desempeño de Snyder ante este monumental desafío? Veámoslo.

El guión

Supermán es un mito, y como tal los elementos básicos de su historia siempre se mantienen en mayor o menor medida. No obstante, cada generación de narradores debe conseguir reformularlos para que tengan cierta frescura y lleguen a los nuevos públicos. Debo decir que casi todos los cambios introducidos en la mitología para esta película -por no decir todos- me parecen acertados y aficaces (y como parece que Goyer está detrás de varios de ellos, le reconozco el mérito). Krypton ya no es un mundo que asiste impasible a su destrucción, sino que se encuentra en guerra, y los sabios rectores no niegan que el final del planeta está cerca (principalmente porque han sido sus causantes), pero simplemente no saben cómo evitarlo. El General Zod también ha sido reescrito muy eficientemente: frente al estricto maniqueísmo de la versión de Donner (el poder por el poder), el General encarnado por Michael Shannon es un ultrapatriota y un caudillo con motivaciones extremas pero comprensibles. Su antagonismo con Jor El funciona muy bien y es uno de los pivotes de la película.

Respecto a la acción en la Tierra, el cambio más notable es lanzar por la borda todo el camuflaje de Clark Kent en Metrópolis y el Daily Planet, enviándolo en lugar de esto a un viaje iniciático por los EEUU. Esta decisión es muy inteligente, puesto que 75 años después del nacimiento del personaje, y con un público ultrainquisitivo, era casi imposible justificar el increíble despiste de Lois Lane, incapaz de reconocer a su compañero de redacción. El arco de Jonathan y Martha Kent se narra de una forma original, a través de flashbacks, que funcionan eficazmente. Lois Lane, intepretada con esperada solvencia por Amy Adams, es el personaje que menos cambios necesita: sigue siendo la misma mujer intrépida e inquisitiva de 1939, y con la misma tendencia a meterse en peligros mortales.

Pero la mayor innovación de Man of Steel, sin duda, es que se trata primordialmente de una historia de ciencia ficción. Si en otras versiones se asumía con naturalidad que viviera entre nosotros un visitante de otro mundo, esta vez se explora seriamente el shock que supondría para nosotros ese primer contacto extraterrestre: la desconfianza del gobierno, los intentos de aislar y controlar al alienígena. La Tierra es presentada como un planeta visitado hace miles de años por los kryptonianos, aunque lamentablemente no se da un origen común a ambas especies, la única razón que podría explicar que haya humanos casi idénticos en los dos planetas.  El gran hilo argumental, aparte de la historia del origen, es es la tentativa de invasión de los kryptonianos, que logra mantener el interés y sostiene buena parte de la película (casi todo el metraje está justificado, algo poco habitual hoy día). Es importante mencionar que muchas de las ideas del guión están tomadas de cómics producidos en los últimos 30 años, destacando la miniserie Superman: Birthright, de Mark Waid.

La estética

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Esos colores, simplemente, están mal.

Éste era el gran desafío de Man of Steel (aparte de ofrecer un guión sólido. Mucho se ha hablado sobre si era necesario modernizar el traje de Supermán, y, en caso afirmativo, qué líneas deberían seguirse para el rediseño. Prolijos debates se se han dedicado al célebre calzón rojo, que tiene ardientes defensores y furibundos detractores. La decisión final de los cineastas fue prescindir del calzón, y bien está. Comprendo que se enfrentan a un público mucho más cínico que el de hace unas décadas, dispuesto a tragar con muchas incoherencias argumentales pero no a ver algo que perciban como infantil (los Batman de Nolan son el paradigma de este método); y puede decirse que el traje de Man of Steel es bastante bueno y equilibrado. Su mayor acierto sea probablemente el escudo, con un interesante rediseño (más «alienígena») y unas dimensiones correctas. ¡¡Qué diferencia con la tristísima chapita que lucía Brandon Routh en Superman Returns!!

No, el problema del traje no es su diseño, sino algo que se extiende a toda película: la paleta de colores. Existe cierto sector del público y de los creadores que piensan que los trajes de los superhéroes son demasiado chillones para la vida real, quizá sin darse cuenta de que el traje es una parte importantísima de la identidad de estos personajes, y que las historias que protagonizan tienen casi siempre un grado de fantasía que debe abrazarse sin complejos, o bien ignorar el género por completo. Además, se ha extendido en los últimos años cierto gusto por las películas con fotografía oscura, entre directores y técnicos a los que el rico color que perciben nuestros ojos quizá les parece demasido sobrecargado. Incluso directores como Spielberg, que trabajó nada menos que con Douglas Slocombe, nos han castigado con títulos de este estilo (Minority Report), y es la elección habitual de Chris Nolan. Man of Steel se ha convertido en una víctima del mismo, y lamentablemente es una película con tonos apagados.

Ya en Superman Returns, el bruto de Synger dejó claro que no quería saber nada de un Supermán de colores vivos, y por desgracia Nolan-Snyder lo han copiado en este punto. Pero miren, esto es muy fácil: Supermán es rojo, azul y amarillo. Si alguien hiciera una película siguiendo estrictamente la estética del genial Alex Ross, no creo que nadie se quejara en todo el planeta. Lo que no sirven para este personaje son los granates ni los azules difusos, y si les da vergüenza hacer una película sobre alguien vestido así, que no la hagan. Incluso el Supermán animado de los hermanos Fleischer, que era muy sobrio, tenía unos contrastes de color más marcados. Esto es algo que percibe muy fácilmente cualquier ojo profano, como prueba sobradamente que varias imágenes no oficiales de la productora hayan sido retocadas en mayor o menor medida para recuperar las tonalidades clásicas. Así, una película que no está mal rodada en absoluto, con buenos encuadres, diseños y escenas de acción, queda deslucida por esta errónea elección visual, tan poco justificada. Sinceramente, estoy deseando que algún fan haga su propia versión con el color corregido, de las que se ven en internet de vez en cuando. Las imágenes que incluyo bajo estas líneas ilustran suficientemente lo que explico.

MAN OF STEEL

color bueno
Atención a la diferencia entre la paleta original y la corregida de la imagen de abajo. La mejora es escandalosa.

 gizmodo
Algunos fabricantes también han optado por producir figuras con colores mucho más acertados.

Otras cosas que funcionan en Man of Steel

Henry Cavill. Para mí no es un Supermán bueno ni regular: es perfecto. Fuerte e imponente, pero también elegante y educado. Con un tren superior espectacular, y sin la apariencia adolescente de Routh. Interpreta al personaje con confianza y pese a ser británico no tiene problemas con el acento americano. Salvo sorpresa, será una de las estrellas de referencia de los próximos años. Además, ya tiene un nombre como actor, por lo que evitará fácilmente el encasillamiento de Reeve.

El resto del reparto. Zack Snyder sabe escoger a sus actores, y en este título tampoco ha fallado. Todos los intérpretes encajan físicamente con su personaje y realizan un trabajo notable. Crowe, Costner, Shannon… todos funcionan. Para entendernos, esta película no tiene una Maggie Gyllenhaal que te saque de la historia.  Se han producido algunos cambios de raza/sexo respecto a los personajes de los cómics -algo muy en boga en las adaptaciones actuales-, pero sin mayor trascendencia; no creo que a nadie le desagrade el Perry White de Lawrence Fishburne. Como curiosidad, Jane, la chica que se queda atrapada en los escombros, se apellida Olsen, y es una versión femenina de Jimmy, el famoso «mejor amigo de Supermán». Otra curiosidad: los fans de Battlestar Galactica sonreirán al ver a dos de sus principales actores, Tahmoh Penikett y Alessandro Juliani (Halo y Gaeta) en pequeños papeles, y apareciendo con pocos instantes de diferencia.

Hablando de secundarios, resulta francamente interesante el tratamiento que se da a Jonathan Kent, quien recomienda a su hijo una actitud estoica ante el reto que le plantea su origen. La frase «fuiste enviado aquí por una razón» es un magnífico guiño a la versión de Donner. La escena de su sacrificio, que  algunos encuentran absurda , a mí me parece muy acertada.  Como mencioné antes, Amy Adams es una excelente Lois Lane, con el único problema de que a sus 39 años puede perder algo de frescura física en las secuelas. Pero quien merece una mención especial es Diane Lane, cuya Martha Kent brilla esplendorosamente. No es sólo que la actriz sea bellísima en su madurez, sino que sabe sacar todo el partido a un personaje muy bien escrito, dándole una particular mezcla de llana sabiduría y ternura.

Zod. En esta versión, el General es tres de las cosas que más odia y teme la actual sociedad occidental: un racista, un supremacista y un señor de la guerra, lo que sin duda lo convierte en un excelente villano. Es un enorme acierto la forma en que lleva a Supermán hasta sus límites morales, obligándolo a matar. Aunque muchos se han escandalizado, este elemento argumental hace a la película mucho más sincera: Supermán es básicamente un guerrero, y cualquier guerrero debe a veces tomar una vida para salvar otras. Si esto le pasa a un policía o a un soldado, ¿por qué no habría de ocurrirle a él? Por cierto, para desinformados: en los cómics de la Golden Age, Supermán mataba con cierta asiduidad a los villanos, y sin darle excesiva importancia (si bien solía ser accidental).

La interacción de Supermán con los seres humanos: Se introduce con inteligencia el tema de la difícil adaptación del superdotado niño Kal-El a las condiciones de la Tierra. El sentimiento de aislamiento y falta de identidad del personaje es patente hasta el momento en que logra descubrir sus raíces. Otro elemento argumental habilísimo es la forma en que el gobierno y la milicia estadounidenses colaboran eficazmente con Supermán. A diferencia de casi todas las versiones comiqueras, donde los humanos se dedican a ser testigos impotentes en las batallas superheroicas, aquí logran prestar una ayuda importante en la lucha contra la invasión. Al fin y al cabo, resultaba bastante absurdo que todo el armamento de una potencia como los EEUU no le hiciera más que cosquillas a un ser humano, por muy «súper» que fuese. Esto enriquece mucho el argumento, y permite no centrar todo en el héroe que salva el día. Incluso personajes bastante menores encuentran algo que hacer.

Otras cosas que no funcionan en Man of Steel

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Tratamiento de los poderes. La verdad es que eché de menos una explicación más sofisticada de los superpoderes de Kal-El: las diferencias gravitatorias, atmosféricas y de radiación solar de ningún modo justifican ese tipo de atributos. Es cierto que se trata de la explicación canónica, y en realidad un punto algo secundario del argumento, pero podrían haberse explicado por medios más plausibles como la alteración genética o la nanotecnología. Lo que realmente me preocupa es el nivel de poder del personaje, un tanto excesivo. Durante la Golden Age, sus habilidades eran mucho más modestas, como bien nos recuerda la célebre entradilla del serial radiofónico y los cortos de Fleischer: «Más rápido que una bala; más potente que una locomotora; capaz de saltar un edificio con un solo salto» (ni siquiera podía volar). Con el tiempo, el héroe llegó a alcanzar un poder desproporcionado, que lo limita gravemente como personaje, pues reduce los retos a los que debe enfrentarse y lo deshumaniza. Supermán no necesita ser un semidiós, capaz de cosas tan absurdas como desviar un meteorito con las manos; lo único que necesita para mantener la esencia de su mito es el vuelo, el traje y una fuerza superior a lo normal.

Cierto que el Supermán de Man of Steel tampoco la versión más poderosa que se ha visto, y de hecho el armamento pesado le afecta, pero no me parece necesario que pueda destruir la cima de una montaña simplemente por un mal aterrizaje. Tampoco el hecho de que nadie pueda estar cerca de él cuando despega, debido al estampido sónico que produce. Sí, es un efecto chulo, pero al mismo tiempo la mejor muestra de que un excesivo poder aísla. ¡Qué diferencia con la amable encarnación de Reeve, tan dada a interactuar con la gente! En esta película, Supermán se enfrenta a tecnología kryptoniana (curioso que haya acabado luchando con una especie de araña, como pretendía el productor Jon Peters hace más de una década), y eso ha valido para justificar su fuerza, pero habrá que ver qué desafíos le plantean los nuevos guiones (en esta película aparecen unos camiones con el logo de Lexcorp, indudable indicio de la presencia de Lex Luthor en el próximo capítulo). Pero sea Supermán más o menos poderoso, lo que más deseo para las secuelas es que se evite la trampa argumental de los supervillanos y se plantee seriamente su papel de superhombre viviendo entre humanos. ¿Limitará su acción a Metrópolis, será una especie de justiciero global? ¿Entrará en política, en guerras, o se mantendrá neutral pese a tener el poder de cambiar las cosas? Las intenciones de Goyer parecen ir por ahí, y eso me congratula.

La música. Era muy fácil adivinar que Hans Zimmer no alcanzaría el nivel de John Williams. Pero no se le exigía eso, sino simplemente crear una banda sonora de calidad y lo suficientemente memorable. El resultado final no es despreciable, y acompaña a la película de forma bastante correcta, pero se queda demasiado lejos de lo que debería ser. Una cosa es esperar que el alemán cree un tema emocionante (pedir peras al olmo) y otra conformarse un leit motiv formado prácticamente por cuatro notas. Estamos en una película de género épico, hace falta que la música arrastre al espectador, que enriquezca y remarque los momentos más importantes. El trabajo de Zimmer no lo logra en casi ningún momento. Su partitura, sin ser tan machacona como la letanía musical de la trilogía de Batman, es insuficiente. Un buen ejemplo de lo que habría funcionado en Man of Steel es el trabajo de Patrick Doyle en Thor, muy acorde con las modas actuales sin renunciar por ello a una maravilla de tema central.

Falta de momentos memorables. Si bien la película mantiene siempre un buen tono, le faltan esos momentos que se quedan se grabados por su especial carga de asombro, impacto o emoción. Era algo que abundaba en la versión de Donner, llena de magníficas viñetas (la Fortaleza de la Soledad, la escena del helicóptero, el collar de krytonita, el salvamento del tren). Sin embargo, con Man of Steel me costaría decir «éste era un momentazo de la peli». Podría citarse el primer vuelo, pero no llega a convencerme del todo. Quizá también la inquietante imaginería de la pesadilla de Supermán mietras está prisionero. Pero el tono serio de la película parece siempre ejercer cierto lastre, e incluso se evita la palabra «Supermán», que es sólo pronunciada tres veces, si no recuerdo mal. Algo que me pareció totalmente incomprensible es la precipitado escena del viaje hasta la Tierra, que apenas dura unos segundos. Entiendo que Snyder hace películas de ritmo rápido, y que no cabía esperar una secuencia tan larga como la de la versión de Donner, pero ese momento con la nave recién salida de Krypton pedía a gritos ser más largo, ofrecernos unos instantes de quietud en el espacio y transmitir la enorme distancia existente entre los dos mundos. Esto sorprende más teniendo en cuenta que en la película no faltan precisamente escenas pausadas, sobre todo durante los flashbacks.

Fallos lógicos. Los hay en toda película, aunque los de ésta son poco importantes. Uno de ellos es que Lois Lane carezca al principio de pruebas para demostrar la existencia de Supermán, cuando lleva una en su propio cuerpo: la herida que el kryptoniano cauterizó con su visión calorífica. Tampoco queda nada claro el sistema que usa Jor-El para manifestarse post-mortem. Vemos que la tecnología kryptoniana de proyección de imágenes consiste en un plasma grisáceo, mientras que el Jor-El sintético -una especie de inteligencia artificial- se ve de forma perfectamente nítida, y sólo por las personas él escoge. Todo apunta a que se proyecta directamente en la mente de quien que lo ve, ¿pero eso no haría obsoleto la proyección mediante plasma? Y teniendo ese poder de inviadir mentes, ¿por qué no lo aprovecha Jor El para confundir a los kryptonianos le toca enfrentarse con ellos?

Conclusiones

Primero , mencionar que pude disfrutar la película en versión original en los cines Kinépolis, con una proyección impecable. El Man of Steel de Zack Snyder tiene toda una serie de aciertos, pero no consigue entender por completo la esencia del personaje y el mito. La mejor noticia es que deja una muy buena base para continuar la historia, con suerte corrigiendo los fallos que aquejan a esta primera entrega. Las dos prioridades absolutas han de ser devolver a Supermán sus rojos y azules genuinos, y contratar a un compositor con algo de alegría por la vida, que le regale al héroe un tema a su altura. Aparte de esto, Nolan debe salir de la ecuación (parece que por suerte ya ha renunciado).

Supermán se ha puesto de moda, vemos camisetas suyas por todas partes, y es comprensible: el mundo atraviesa una crisis general y se ha cansado del cinismo y de los héroes oscuros, necesita la esperanza y la autosuperación que representa Supermán. Pese a sus fallos, este título se hizo con esmero y calma -la posproducción duró un año completo-, y aplicando la misma política para la secuela quizá podamos ver, finalmente, la película que merece el mayor mito de la cultura popular mundial.
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El Gran Lebowski. Correcta pero insuficiente

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The Big Lebowski, EEUU, 1998 – Director: Joel Coen
Título español: El Gran Lebowski

Tras la peculiar Fargo, los Coen retoman con El Gran Lebowski el estilo de comedia gamberra de Arizona Raising, si bien vuelven a mezclar géneros una vez más. El foco se fija esta vez en Los Ángeles, durante nuestros días. El personaje central es Jeff Lebowski, más conocido como «The Dude» («El Nota» en la versión española), un auténtico inútil que se dedica a vivir sin dar un palo al agua, no se sabe bien cómo. Eso sí, es muy bonachón, fiel a sus amigos y «se toma la vida con filosofía». Esta plácida existencia se ve sobresaltada cuando unos cobradores de deudas asaltan su casa, le reclaman un dinero que no recuerda deber y para colmo le arruinan su alfombra favorita. Todo se debe a una confusión: los matones le han confundido con otro Jeff Lebowski, un acaudalado hombre de negocios de la ciudad (el «Gran Lebowski») cuya jovencísima esposa es demasiado aficionada a las compras. Cuando «the Dude» va a reclamar al otro Lebowski por su alfombra perdida, el millonario no quiere saber nada del asunto y lo manda a su casa. No obstante, pronto volverá a llamarle para que le ayude en un delicado asunto: su endeudada mujer ha sido secuestrada y necesita un intermediario para el pago del rescate. Comienza así una trama entre de humor absurdo e intriga con muchos vericuetos argumentales.

El Gran Lebowski se ha convertido en un film de culto, y hay incluso quien lo considera una comedia clásica, pero aunque es un trabajo estimable, llamarla clásico me parece muy exagerado. Es verdad que tiene momentos bastante conseguidos y que el personaje del «Dude» (el siempre fiable Jeff Bridges) se gana fácilmente la simpatía del espectador, pero la película es muy desigual, y ciertos son aspectos resultan muy poco convincentes. Tenemos el caso de Walter, el mejor amigo del «Dude», un tío realmente irritante con el que pasa casi todos sus ratos de ocio, jugando a los bolos en un trío completado por el apocado Donny (Steve Buscemi). Puedo creerme que el «Dude» aguante a un amigo tan pesado (todos conocemos casos así), pero no cuando las obsesiones de éste pueden meterlos en problemas serios con la ley o incluso poner en grave riesgo su vida. La trama de suspense tampoco se sostiene mucho: todas las partes implicadas, gente de poder e influencia, parece darle demasiada importancia y confianza al «Dude», un tipo que, a todas luces, es un verdadero desastre. Si bien es verosímil que algunos quieran usarlo como peón, no cuadra en absoluto que un personaje como el de Julianne Moore, una mujer totalmente racional y calculadora, le encargue ningún tipo de trabajo delicado.

El humor del guión alterna constantemente aciertos y errores. Entre los primeros se encuentra la famosa escena en la que, cuando un arrogante rival de la bolera (John Turturro) pronostica que aplastará al equipo del «Dude», éste le responde con toda la pachorra «That’s like, your opinion, man». También tiene su gracia, sin ser desternillante, la dinámica entre el asfixiante Walter y el sumiso Donny. Pero son muchas más las cosas que fallan: la escena en que Walter saca su pistola en la bolera por un asunto totalmente intrascendente parece sacada de Loca Academia de Policía; la banda de los «nihilistas», que se supone debe ser hilarante, es más bien sosa y tontorrona, y tiene un peso en la trama poco justificado; el recurrente gag de Walter relacionando todos los temas con la guerra de Vietnam naufraga muchas más veces de las que funciona. Un gag en torno a un pulmón artificial ejemplifica lo que falla en el humor de la película: chocante, sí, pero totalmente injustificado y sin valor cómico real.

En El Gran Lebowski veo los Coen un poco perdidos, incapaces de manejar eficientemente los elementos que ellos mismos han puesto sobre el tablero. La escena en la bolera con Turturro es mucho más graciosa que todas las de los nihilistas. ¿Por qué no se explotó más su personaje? Lo mismo se puede decir de un Sam Elliott con unas pintas y un vozarrón espectaculares, que ejerce de narrador, pero que sólo aparece en dos escenas, siendo escandalosamente desperdiciado. Sí es justo reconocer un notorio trabajo visual, con varias escenas fuera de lo común y muy bien rodadas, especialmente la secuencia onírica con su estética de musical, perfectamente lograda. La trama, si bien se sigue bastante bien, se enreda desmasiado, algo inncesario considerando el ligero fondo de la película.

En el aspecto actoral pueden hacerse pocos reproches, con un reparto «triple A»: además de a Bridges podemos ver a Philip Seymour Hoffman como el obsequioso criado de «El gran Lebowski», a Julianne Moore como su hija (para morbosos: sale totalmente desnuda), y a los «clásicos Coen» John Goodman, Steve Buscemi, Turturro y John Polito, que se presta a un nuevo cameo. El pobre John Goodman se lleva la peor parte, al tener que lidiar con Walter, un personaje deficientemente escrito y demasiado cansino. En suma, se trata de una película agradable pero algo fallida, lo que no quita para que gustara a un público seguramente acostumbrado a comedias más convencionales, sin la pátina de sofisticación y orginalidad de los Coen. Quizá El Gran Lebowski habría funcionado mejor en un formato de miniserie televisiva, con más énfasis en el mundo de los bolos, pero seguramente esto nunca lo sabremos.
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