La degradación de la lengua española – Parte I: Aberraciones Habladas


¿Cuánta gente habla bien el español?

Es obvio que todas las lenguas evolucionan. Pueden hacerlo por motivos prácticos, como ganar en capacidad expresiva o adaptarse a nuevas realidades, inexistentes hasta el momento. Pero también, y más a menudo, lo hacen por la pereza de sus hablantes, que van desechando las formas que encuentran más complicadas de pronunciar o conjugar, o que directamente desconocen debido a una formación deficiente. Se produce entonces un inevitable conflicto, que tiene en un lado a la mayoría de hablantes -que van imponiendo las formas incorrectas a fuerza de su uso generalizado-, y en el otro a los hablantes más cultos, que se niegan a adoptar lo que según el buen uso del lenguaje no son más que vulgarismos o barbarismos.

En la España actual este conflicto se ha hecho especialmente acusado, pues la comodidad material no ha redundado en una mejora de la educación, más bien al contrario. Una actitud demasiado laxa por parte de educadores y padres, así como una igualación de las clases sociales hacia abajo, han propiciado un uso relajado e impropio de la lengua, aquejada en de multitud de formas vulgares que no es ya que se hayan extendido, sino que se están imponiendo claramente, amenazando con extinguir y dejar en el olvido a las expresiones correctas. A lo largo de dos artículos voy repasar las formas incorrectas más extendidas actualmente en nuestro país. En esta primer entrega me centraré en la lengua hablada, mientras que el segundo estará dedicado a las aberraciones escritas. Empecemos sin más dilación:

Imperativo plural: «Sentaros» por «sentaos»

El ámbito geográfico de este vulgarismo alcanza todo el país. Es sin duda el más extendido, y puede estimarse que entre un 75% y un 80% de la población lo usa. Desgraciadamente, los docente de todos los niveles no sólo no corrigen a sus alumnos cuando les escuchan usarlo, sino que ellos mismos lo utilizan de forma habitual, en forma escrita y sobre todo oral. Así,  a lo largo del día escucharemos imperativos mal hechos docenas de veces: «Sentaros», «callaros», «juntaros», «veniros», etc., etc. Si bien todos los verbos se ven maltratados por este vulgarismo, hay algunos en los que incluso la forma correcta se ha extinguido en la prática. Es el caso de «ir», cuya forma imperativa plural es «idos», pero es invariablemente dicha como «iros», incluso por personas que pronuncian correctamente el resto de los verbos. El porcentaje de personas que en la actualidad conocen y usan correctamente la forma imperativa este verbo es degraciadamente anecdótico. En cuanto al resto de imperativos, es perfectamente posible que hayan desaparecido como norma en el plazo de unos cincuenta años.

Más imperativo: «Callar» por «callad», «oír» por «oíd».

Es una variante del anterior caso: el hablante opta por usar la forma infinitiva del verbo para hacer el imperativo, ya que la «r» le resulta más fácil de pronunciar que la «d.» Se da la curiosa circunstancia de que algunos fabricantes de rótulos para puertas evitan usar las formas infinitivas «Empujar» y «Tirar» para que no se las confunda con un imperativo vulgarizado, por lo que en sus letreros se lee «Empujad» y «Tirad». Sin embargo, el infinitivo en este caso sí estaría bien usado, y además usar el tuteo en un rótulo no es demasiado propio.

El jotismo o ejqueísmo:

Ante la relativa dificultad de pronunciar la «s» antes de una «c» o «q», el hablante opta por convertir la primera en una «j», mucho más fácil de pronunciar, de forma que acaba diciendo «ejque», «majcar», «ejcuchar»… Deformación muy extendida en la zona centro del país, especialmente en Madrid. Aunque antes se podía considerar propia de la zona sur de la comunidad o de las clases más populares, su uso se ha extendido enormemente y puede escucharse incluso entre miembros de la clase media-alta y titulados universitarios. Resulta especialmente desagradable al oído y denota bastante descuido en la expresión hablada. Su incidencia alcanza a entre un 50% y un 60% de la población de la zona centro.

La muerte del sufijo superlativo en favor del prefijo «súper»

Este es un vicio que se ha extendido con enorme fuerza y que denota gran pereza al hablar. En español, la forma correcta de hacer el superlativo es añadir el sufijo «ísimo» al final, o bien usar una palabra específica equivalente. Por ejemplo, el superlativo de «grande» sería «grandísimo» o bien «enorme». Parece que para el hablante actual buscar la forma superlativa correcta, que además suele ser una palabra cuatrisílaba, suponen un esfuerzo que no merece la pena, por lo que se ha impuesto una forma que, si bien es malsonante, resulta harto sencilla: utilizar el prefijo «súper» cada vez que debe hacer un superlativo. Así, a lo largo del día podemos hartarnos de escuchar expresiones del tipo «súperbonito», «súpergordo», «súperlimpio», «súperbarato», etc., etc. Tal es la implantación de esta nueva fórmula (correcta en el sentido estricto, pero vulgar) que el sufijo «ísimo» está en trance de desaparición, lo cual podría ocurrir en el plazo de 50 años. Estimo que este vicio afecta aproximadamente a un 80% de los hablantes españoles.

Mencionar en este apartado una variante aún más vulgar observada en la gente más joven, que usa el vocablo «mazo» de forma muy parecida al súper: «Mazo difícil», «mazo de caro», «mazo de gente»…

«Mama» y «Papa» por «Mamá» y «Papá».

Hay que reconocer que «Mama» y «Papa» con el acento en la primera sílaba son dos de las palabras más universales en todo el mundo, siendo usadas de forma habitual en idiomas tan dispares como el inglés o el japonés. No obstante, en español siempre fueron, y a día de hoy lo siguen siendo, un vulgarismo, propio sobre todo de la etnia gitana y de las clases más bajas del sur del país. Pese a ello, ambas formas se han ido filtrando a otras capas de la población, y hoy resultan tremendamente habituales entre los niños, que obviamente siempre optan por los vocablos más fáciles, especialmente si sus padres no les corrigen. Entre el 40 y el 50% de los niños se dirigen así a sus progenitores en la actualidad.

Laísmo y leísmo

Al referirse a una mujer, el hablante descarta el pronombre «le» y lo convierte en «la». Por ejemplo: «La pedí que me acompañara» o «La regalé un vestido», no distinguiendo si este pronombre es complemento directo o indirecto (por ejemplo, «la despedí» o «la mandé a hacer un recado» sí son correctos). Defecto muy extendido en las clases populares, especialmente en el género femenino. Puede decirse que afecta a entre un 35 y un 40% de la población. El leísmo, fenómeno similar, consiste en confundir el «lo» con el «le», normalmente refiriéndose a objetos. Por ejemplo, hablando de un coche: «Le aparqué cerca de casa». Es menos frecuente que el laísmo.

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Estos son probablemente los barbarismos extendidos de forma más general y que afectan realmente a la integridad del español, aunque hay multitud de «ofensas menores», como los siguientes ejemplos:

«Fuistes» por «fuiste»

Se añade una «s» al final de forma como «fuiste», «hiciste», «trajiste», etc. No es uno de los errores más extendidos, pero sí de los más antiguos. Propio de las personas de menor formación, aunque ocasionalmente se escucha entre gente de clase media o media-alta. Afecta a entre un 15% y un 20% de la población.

Sustitución de «adiós» por «ciao»

Esta es curiosamente una aberración que afecta principalmente a la población femenina. Este grupo encuentra, por algún motivo, más estiloso o chic despedirse usando el vocablo italiano ciao que el español adiós. Si bien el uso ocasional de una fórmula extranjera tan breve sería inofensivo, hemos llegado al punto en que el extranjerismo ha sustituido a la palabra española. La academia ya ha claudicado, y ha aceptado «ciao» en su forma españolizada «chao».

«Contra más» por «cuanto más»

Frase sin ningún sentido gramatical pero pasada de padres a hijos, que la adoptan sin pararse a pensar mucho. Generalmente muy ligada a las clases bajas, aunque con alguna excepción deconcertante. Usada por entre un 10% y un 15% de la población.

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Como digo, hacer una lista completa sería casi imposible. A todas estas degeneraciones habría que añadir lo mal que se suele vocalizar, lo que baja aun más la calidad de la comunicación.Son, en suma, malos tiempos para la lengua española. Si bien es evidente que siempre han existido vulgarismos y que las clases populares son perezosas al hablar, en etapas no tan lejanas la expresión oral era muchísimo más correcta. Podemos decir sin miedo a equivocarnos que la educación impartida entre los años 30 y 80 del siglo pasado era mucho más cuidadosa en este aspecto, y los maestros incidían especialmente en la importancia de hablar y escribir bien. Hoy en día, encontrar a un alumno de primaria o secundaria capaz de realizar un dictado perfecto es una verdadera quimera.

¿Qué se puede hacer en contra de esta nefasta corriente? Mi recomendación, estimado lector, es que en su vida diaria procure hablar de la forma más correcta posible, intentando servir de ejemplo a los demás, especialmente a los que son más jóvenes, y escuchar atentamente a los que hablan mejor. Esto, por supuesto sin desechar las formas coloquiales que tan útiles son y que tanta vida dan al español. En cuanto a la educación de los hijos, recomiendo ser estricto en este aspecto y corregir a los pequeños en cualquier ocasión en que usen estas formas, tan fáciles de imitar y al tiempo tan incorrectas. A una edad temprana son fáciles de eliminar, pero una vez instaladas en los hábitos de habla resultará mucho más difícil. Como en tantas cosas, un pequeño esfuerzo puede resultar muy fructífero a la larga.

También le recomiendo, amigo lector, que deje a sus hijos ver bastante televisión, pero no la realizada en directo (telerealidad, concursos, talk shows e incluso informativos), donde se habla igual o peor que en la calle, sino cualquier película o serie doblada (siempre que juzgue su contenido adecuado, claro). Puede decirse que los actores de doblaje son la pequeñísima minoría que en España conserva una dicción perfecta y una gramática impecable, aunque sólo sea cuando sigue un guión. Así pues, ya sabe: déjeles ver tantas buenas películas y series como quieran, es una excelente educación. Incluso el hablante adulto puede beneficiarse de este hábito, y usar el doblaje como referencia para hablar mejor en su vida diaria.

Habrá, claro, quien me acuse a mí y otros como yo de carcas, de oponernos a la evolución del idioma, pero de la pereza y la vulgaridad difícilmente pueden surgir avances para nuestra lengua. Quizá sea una batalla perdida, pero desde luego vale la pena librarla. Afirma rotundamente que un español pulcro y correcto hace nuestra vida más agradable, y además mejora enormemente la comunicación y el flujo de nuestros pensamientos. En el siguiente artículo de esta serie me ocuparé de los horrores escritos.

Galactica – La serie antigua


Más majos que las pesetas.

Battlestar Galactica – EEUU, 1978

El tremendo éxito alcanzado por la versión contemporánea de Battlestar Galactica, estrenada en el año 2003, ha venido a reforzar la idea de que la serie original concebida por Glen A. Larson era un ejercicio de space opera de baja categoría, demasiado ingenuo y falto de sofisticación. A mí sin embargo me despertaba curiosidad la estética y estilo de esta serie -que sólo recordaba vagamente de la infancia-, sobre todo esos alienígenas malvados, los cylones, con sus llamativas armaduras cromadas. Sospechando que una joya escondida me estaba esperando, y completista como soy, decidí ver este título clásico como preparación para sumergirme en la serie moderna.

Desde luego no me arrepiento: Battlestar Galactica es una serie llena de virtudes y, sobre todo, entretenidísima. La premisa es muy sencilla: La humanidad ha conquistado el espacio partiendo de un planeta primigenio, Kobol, que se abandonó hace mucho tiempo, y estableciéndose en doce planetas o colonias. Se han logrado enormes avances en todos los ámbitos, pero por desgracia la guerra aún existe, aunque ahora se libra contra un enemigo no-humano: los cylons (usaré el nombre inglés original), formas de vida robótica inteligentes. Tras una conferencia de paz que acaba desastrosamente, los humanos quedan diezmados, y los pocos supervivientes se ven empujados al exilio espacial, en busca de la mítica Tierra -donde supuestamente se estableció la decimotercera colonia-, última esperanza de supervivencia. Al frente del convoy de naves marchará la Galactica, única Estrella de Combate (crucero de guerra) que se salvó del desastre.

La serie se sostiene en dos pilares fundamentales: buenas historias y un plantel de estupendos actores, liderados por el maravilloso Lorne Greene en el papel del comandante Adama. Le secundan Richard Hatch en el papel su hijo, el capitán Apollo, y Dirk Benedict (el «Fénix» del Equipo A) como el intrépido teniente Starbuck. Hablar de Galactica es hacerlo de estos tres personajes, que son los que han quedado en la memoria de una mayoría de espectadores. Lorne Greene se hizo famoso como locutor radiofónicoen los comienzos de su carrera gracias a su prodigiosa voz, la cual posteriormente le permitiría interpretar diversos papeles de carácter y liderazgo, como el padre de Bonanza o el propio Adama. Enriqueciendo siempre sus textos, Greene transmite en todo momento las virtudes que se suponen su personaje: convicción, afecto paternal, autoridad… Richard Hatch, por su parte, logra dotar a Apollo de una gran nobleza y carisma, convirtiéndolo en todo un modelo de hombre recto. Benedict borda también su retrato de Starbuck, una especie de cowboy espacial con todos los atributos de los héroes de Serie B: mujeriego, hedonista y un auténtico as a bordo de su caza Viper.

Los efectos especiales han recibido muchas críticas por de los espectadores modernos, malcriados por Industrial Light & Magic y los gráficos de ordenador, pero una mirada más ecuánime debe reconocer que son perfectamente competentes, por no decir brillantes en varios momentos. No en vano el principal técnico de efectos fue John Dykstra, quien había realizado el mismo trabajo muy poco antes en Star Wars. Galactica fue en su momento la serie más cara de la historia, y eso se aprecia en la pantalla, con valores de producción a veces cercanos a lo cinematográfico. Pero la amplitud de medios no se ciñe sólo a los efectos: también brillan la ambientación y el vestuario, el cual me parece bastante más sobrio y atractivo que, por ejemplo, los pijamas de Star Trek.

Sobre la ingenuidad o el infantilismo de la serie, es cierto que hay elementos bastante tontorrones, como el perro mecánico o la forma de hablar de los cylons, pero hay que entenderlos en su contexto: se trataba de una producción que intentaba alcanzar a todo tipo de público, y esto incluía al segmento infantil y juvenil. En todo caso no son cosas que afecten a la integridad de la serie, sino más bien elementos anecdóticos, que incluso contribuyen a enlazarla con la tradición de la space opera al estilo Buck Rogers o Flash Gordon. Y además, qué coño, cuando los cylons dicen «By your command» mola un huevo.


Cómo relumbran los jodíos.

Parece que Larson era un gran admirador de la belleza femenina, y gracias a ello podemos disfrutar en la serie de auténticas beldades como Maren Jensen en el papel de Athena o Laurette Spang como la guapa y picarona Casiopea, personaje que empieza la serie como acompañante social (puta) y al poco tiempo se convierte en enfermera; upsss, alguien debió de darle un toque a Larson. Pero la mujer más espléndida de la serie es sin duda Jane Seymour, absolutamente radiante como Serina, el amor de Apollo. Con 27 años, Seymour estaba en todo su esplendor físico, realzado además por los vestuarios de la serie, y estoy seguro de que nadie que haya visto Galactica podrá olvidarla. En el apartado de actrices invitadas, destacar la aparición de la preciosa Ana Alicia, quien más tarde alcanzaría celebridad por Falcon Crest.

Los amantes de la cultura pop detectarán fácilmente dos detalles que Larson incorporaría en su siguiente éxito, Knight Rider (El coche fantástico): por un lado la luz roja que cruza de un lado a otro el rostro metálico de los cylons, análoga a la que más tarde luciría el bólido Kitt, y por otro un ordenador inteligente incorporado en un capítulo al Viper de Starbuck, capaz de razonar y hablar igual que el súper-coche, pero con una diferencia: este tiene personalidad femenina… ¡¡e incluso se enamora del guapo piloto!!

Contrariamente a lo que se piensa, Galactica no fue cancelada por falta de popularidad: sus índices de audiencia eran bastante elevados, pero las cifras que habrían hecho viable a cualquier otra serie no bastaban para una producción de tan alto coste, y la ABC decidiría tirar del enchufe tras sólo una temporada. No obstante, parece que muy pronto se arrepentirían de ello, como lo prueba la producción, dos años después, de…

Galactica 1980

Si la primera serie fue criticada por su exceso de ingenuidad, la secuela ha sido poco menos que borrada de la historia por los aficionados y críticos, y si te hablan de ella seguramente no dirán nada bueno. Afortunadamente, su edición en DVD permite que cualquiera se acerque a ella para comprobar sus méritos y deméritos, y así lo hice yo. Sin esperar absolutamente nada de la serie, me llevé una sorpresa. El argumento de esta continuación es bastante audaz: han pasado unos 20 años desde el fin de la serie original y el convoy de la Galactica ha dado por fin con la Tierra, en la cual transcurre el siglo XX. Sin embargo, la cultura de nuestro mundo es demasiado distinta de la de los visitantes, y será necesario introducirse poco a poco entre los terrestres, misión que recaerá principalmente en dos miembros de la tripulación, Troy y Dillon. Así, la acción transcurrirá casi siempre en la Tierra contemporánea, pasando del género espacial de la primera serie a presentar historias «de ovnis». Tras una primera incursión, los dos guerreros llevarán a la Tierra a un grupo de niños que con el tiempo serán los encargados de establecer la primera colonia terrestre.

Galactica 1980 es un proyecto mucho menos ambicioso que la serie original, pero no obstante lleno de encanto. Lorne Greene es el único actor que repite en esta entrega -con la excepción de Herb Jefferson como Boomer-, y sigue mostrando la misma autoridad y calidad interpretativa. Kent McCord y Barry van Dyke como Troy y Dillon suponen una verdadera sorpresa: son dos buenos actores y consiguen que sus personajes caigan en gracia desde el primer momento. A ellos se une Robyn Douglass como la periodista Jamie Hamilton, su enlace en la Tierra, que sigue la línea de actrices guapas y talentosas del original. Esta secuela, eso sí, está mucho más enfocada a los niños, y se toma un montón de libertades dramáticas. Por ejemplo, se adopta la «doctrina Supermán», y resulta que los galacticanos adquieren superpoderes en la Tierra por la diferencia de gravedad, si bien estos parecen activarse o desactivarse según convenga al guión. También se introducen los viajes en el tiempo, elemento narrativo socorrido para los guionistas pero que siempre da problemas. Los cylons juegan un papel bastante secundario, y aunque han seguido a la Galactica hasta la Tierra, su contingente es escaso y sólo aparecen en unos pocos capítulos.

A pesar de todo, Galactica 1980 consigue mantener casi en todo momento la dignidad, y lo más importante, ser muy entretenida, seguramente porque los todos implicados en el proyecto eran grandes profesionales y creían en su trabajo. Sin embargo, las audiencias eran mucho peores que las de la primera serie, y Larson se vio obligado a usar un último as en la manga: producir un episodio «a la antigua», con muchos más medios y el regreso de la estrella favorita de la serie: Dirk Benedict como Starbuck. Así, el capítulo 10 se llama El retorno de Starbuck, y es una especie de minipelícula autoconclusiva con casi todos los elementos de una space opera clásica: aventuras en planetas lejanos, interesantes conflictos entre personajes, toques sobrenaturales… Sorprendentemente, el resultado es redondo, y pese a tratarse de un capítulo atípico podría considerarse incluso el mejor de las dos series. Por desgracia, este último esfuerzo no serviría para recuperar las cifras deseadas, y la serie sería finiquitada tras sólo diez capítulos producidos.

Con el tiempo, Richard Hatch se convertiría en el auténtico abanderado del concepto Galactica, por encima del propio Larson, y realizaría toda clase de esfuerzos por resucitar la serie, convencido de su viabilidad. No sería hasta el año 2001 que se daría luz verde a una nueva encarnación de la historia, apadrinada no por Hatch sino por Bryan Singer, célebre por los films de X-Men y por destrozar el mito de Supermán en Superman Returns. Sin embargo, los atentados del 11-S, tan sólo unas semanas antes de comenzar la grabación, hicieron que el proyecto fuera abortado, pues el tema de una civilización destruida resultaba demasiado delicado para el momento. Dos años después vería por fin la luz una nueva versión de la serie, la ultraconocida y tan exitosa hoy día, producida por Ronald D. Moore. Pero de ella hablaré en un futuro artículo (¡cuando la vea!).

Más información en:

Whiskypedia
Galactica.com
By your command

Los cuponcitos del Día


No es el de mi casa, pero os hacéis una idea.

Los Maxi Día son unos establecimientos de lo más interesantes para el consumidor. Sin ser exactamente glamurosos, trascienden la sordidez de los Día normales, son bastante más amplios y mantienen sus buenos precios. Como tengo uno a dos minutos de casa, compro allí con cierta frecuencia. Algo que no deja de asombrarme es que al final de cada compra te entregan una ristra de cuponcitos con descuentos para toda clase de productos.  La idea es guardarlos, estudiar la oferta que más te conviene y canjearlos en posteriores compras. Sin embargo, jamás se me ha pasado por la cabeza usarlos. Y es lógico: no tiene ningún sentido que un varón heterosexual con la treintena ampliamente superada desperdicie su cada vez más preciado tiempo en ver si puede ahorrarse un 20% en bollería marca Panrico, 3 euros en el licor Martínez, o llevarse una segunda lata de berberechos gratis. De hecho, tampoco creo que el ama de casa media se moleste con los cupones, a menos que sea una entusiasta de los microdescuentos o una fetichista del papel. El ahorro es demasiado pequeño y el sistema demasiado farragoso e incómodo. Yo particularmente soy alérgico a los papelotes, y lo último que quiero es tener que guardar docenas de ellas para ahorrar, qué sé yo, ocho euros en un mes.

Señores del Día, el tercer milenio ya está bien entrado y estas cosas deberían hacerse automáticamente. Con la tarjeta del Carrefour, por ejemplo, se te va acumulando un ahorro, y cada cierto tiempo te dan un cupón de descuento para cualquier compra que realices, sin distición de marcas, cantidades y demás. Eso sí que es práctico y transmite la sensación de que la tarjetita sirve para algo. También te dan cupones para productos específicos, sí, pero muchos menos que en el Día, y a veces hay descuentos realmente interesantes, como el 50% en un mp3 y cosas así. Lo más gracioso es que la cadena Día pertenece a Carrefour, pero mientras que la casa madre tiene un sistema eficiente, la filial usa uno cutre y desfasado. A mí lo de los cupones me suena a posguerra y cartillas de racionamiento (bueno, en Cuba tienen de esas sin posguerra ni nada, ¡viva el sosialismo!). También invocan recuerdos remotos de los supermercados Spar (los del logo del abeto), con sus cartillas en las que ibas pegando puntitos. Curiosamente, el mismísimo Corte Inglés ha recuperado lo de los puntitos pegables recientemente en sus hipermercados, para regalar unas maletas horribles que por lo visto no podían colocar en ningún lado. Aunque la iniciativa era un espanto, para mi asombro he visto a gente que se tomaba la molestia de reunir los puntos e irlos pegando. En fin, ya ven que en todas partes cuecen habas.

Hace poco han abierto un Lidl exactamente al lado del Maxi Día (práctica muy habitual hoy día, por lo que parece). Como saben, se trata de una potentísima cadena alemana con productos de buena calidad y excelentes precios. Concretamente, en cuestión de chocolates nada supera a estos supermercados. Además, todo es más nuevo y pulcro en este Lidl: el local recién reformado (antes era un Plus), el aparcamiento con su asfalto perfecto y sus líneas absolutamente nítidas, la iluminación interior… incluso las empleadas (todas chicas, ¿discriminación?) tienen que tratarse entre ellas por su apellido: «Gutiérrez, ve al líneal de lácteos». Se respira eficiencia alemana por todas partes. Por ello, pensaba que el nuevo súper arrasaría al Maxi Día y sus cuponcitos, pero parece ser que no: al parecer ambos supermercados se complementan, y se han convertido en el centro neurálgico del descuento de mi ciudad, atrayendo a una buena parte del lúmpen local. Ya ven que el poder del capitalismo bien aplicado es difícil de parar, señores. Incluso poniendo por medio unos horribles cupones.

Drácula 1931: Lugosi y su capa

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«Me encanta cenar con rubias.»

Dracula – Tod Browning – EEUU, 1931

Nueve años después del estreno de Nosferatu llegaría la primera adaptación oficial de Drácula, ya producida en Hollywood. El productor encargado de la misma sería Carl Laemmle Jr., ejecutivo de la Universal, quien encargó la dirección Tod Browning, experto en el cine de misterio con un bagaje de unas cuarenta películas en la era del cine mudo. En principio la producción se planteó a lo grande, tomando la novela de Stoker como base y tratando de llevarla a la pantalla con gran amplitud de medios. Sin embargo, la depresión económica había recortado drásticamente los presupuestos que se manejaban en Hollywood y hubo que replantearse el enfoque del film, partiendo de la adaptación teatral que se representaba en Broadway.

El propio Stoker había intentado llevar Drácula a los escenarios en sus tiempos del teatro Lyceum -no en vano el personaje estaba inspirado en su mentor, el actor Henry Irving-, pero el proyecto no fructificó debido a las reticencias del intérprete. Unos años después de la muerte del autor la novela se adaptaría finalmente, en una versión acortada y muy sintetizada firmada por Hamilton Deane. Para este Drácula teatral se buscó la comercialidad, utilizando numerosos trucos de escenario y efectos especiales. La apariencia del conde se adaptaría en consonancia, dándole un toque sexy y un aspecto más teatral, del cual formaba parte fundamental la gran capa con la que se cubría. Drácula ya no era un anciano decrépito, sino que ceñía al arquetipo del aristócrata glamouroso y exótico. La obra encontró el favor del público, especialmente el femenino, y se mantendría mucho tiempo en cartel, con numerosos actores interpretando el papel del vampiro, y el propio Dean encarnando a Van Helsing.

El éxito londinense despertó el interés de los productores de Broadway, y en 1927 Drácula debutaría en Nueva York, en una versión retocada para eliminar los giros idiomáticos ingleses. Aquí es donde entra en escena (literalmente) Bela Lugosi, un emigrante que había huido de Hungría a los EEUU sin hablar una palabra de inglés y que se había labrado una modesta carrera de actor. El de Drácula fue su primer gran papel en escena, y enseguida logró que su nombre se identificara con el personaje. Sin embargo, el productor Laemmle no lo tenía tan claro: su primera elección había sido Lon Chaney, «el hombre de las mil caras», famoso por sus interpretaciones en El Fantasma de la Ópera y El Jorobado de Notre Dame, entre otras, y actor fetiche de Tod Browning. Sin embargo, Chaney había fallecido en 1930, dejando el papel vacante, y a  la Universal en busca de protagonista. Lugosi luchó por el papel y finalmente fue el escogido para llevar a la pantalla el personaje que ya conocía tan bien.

Drácula es una producción barata, aunque de aceptable factura técnica. Su metraje es muy reducido, de tan sólo una hora y quince minutos. El presupuesto era tan ajustado que ni siquiera hay banda sonora, exceptuando los compases de El lago de los cisnes que suenan al principio. Uno de los miembros destacados del equipo fue el director de fotografía alemán Karl Freund, quien curiosamente había trabajado en su país con Murnau, aunque no en Nosferatu; también fue uno de los cinematógrafos de Metrópolis, de Fritz Lang. Drácula se rodó en la época de transición entre el cine mudo y el sonoro, y conserva algunas de las características de aquel. Las interpretaciones en concreto son bastante mejorables, y los actores en ocasiones se muestran muy gesticulantes, como no se hubieran desprendido aún de las maneras de la era muda.

La historia comienza en Transilvania, con un cambio fundamental respecto al libro: no es Jonathan Harker quien viaja al paso del Borgo para encontrarse con el conde, sino otro personaje de la novela, Renfield. Por lo demás, el comienzo es igual: Drácula quiere hacerse con una propiedad en Londres y el joven abogado acudirá a su castillo en solitario. En las primeras escenas, curiosamente, tanto él como los lugareños se refieren al conde como «Draculus», sin que se ofrezca ninguna explicación para esto. Tras llegar a la residencia del conde, Renfield se sentirá enseguida atemorizado, tanto por el personaje como por su lúgubre entorno. Hay que destacar el decorado usado para el castillo, de gran tamaño y excelente ambientación, así como la fotografía de las escenas que transcurren en el mismo, las más logradas del film visualmente hablando.

La caracterización del conde sale directamente de la obra de teatro: ropa de etiqueta contemporánea, chaleco blanco, cabello peinado hacia atrás y cómo no, la capa. Ni rastro del aspecto avejentado y el bigote descritos por Stoker. Destacar que en ningún momento de la película Drácula muestra colmillos afilados. La interpretación del actor húngaro es adecuada, si bien se le pueden poner objeciones: durante sus primeras escenas tiene una forma de arrastrar las palabras y de marcar el acento totalmente desconcertantes, tanto más considerando que Lugosi parece hacerlo deliberadamente. Quizá esa entonación tan peculiar fuera efectiva en la época, pero hoy mueve poco menos que a la risa. Tampoco se puede decir que el personaje lo exija, pues Stoker especifica que, si bien Drácula tiene acento eslavo, habla un inglés muy correcto. En las escenas londinenses Lugosi ya utiliza una entonación más convencional.

Por lo demás, su interpretación es deudora tanto del teatro como del cine mudo, con una gestualidad muy marcada, innecesaria en una película sonora. Se ha hecho célebre su gesto con el brazo extendido y la mano a manera de garra, con el cual domina la voluntad de las personas; al igual que con el acento, y sin faltar al respeto al mítico actor, hoy resulta más cómico que otra cosa. Hay decisiones técnicas que nos remiten también a la época muda, como apuntar una luz directamente a los ojos de Lugosi en un primer plano que deja el resto del rostro en penumbra, manteniendo la imagen fija durante varios segundos. Es un efecto que busca hacer amenazador al personaje, pero que resulta totalmente artificioso. La película prescinde por completo de efectos especiales ópticos, a diferencia, paradójicamente, de Nosferatu, que sí los utilizaba pese a ser diez años más antigua. Los únicos efectos usados en el año 31 fueron el ya célebre murciélago de plástico y una niebla que rodea a Drácula al recuperar su forma humana, transformación que se realiza fuera de cámara.

En cuanto a los poderes del vampiro, al igual que en Nosferatu el conde posee una telequinesia limitada. Recupera la capacidad de transformarse en animales, como el menionado murciélago, y también se convierte en lobo, aunque sólo oímos su aullido; como pasó con Murnau, parece que no había dinero o posibilidad de alquilar uno. Un poder nuevo es el de dominar la voluntad de las personas.

Apuntar que en esta película se produce la primera y breve aparición cinematográfica de las «novias de drácula», muy monas ellas. Tras la secuencia del castillo, la acción se traslada a Londres. Este segemento inglés es el que más delata el origen teatral del guión, transcurriendo casi enteramente en interiores. Al contrario que en la novela, nadie es consciente de la presencia del conde en la ciudad ni de su verdadera naturaleza, lo que le permite incluso alternar socialmente y hacer uso de su glamour y exotismo. De hecho, es en la Ópera donde conoce a Mina y Lucy, que están acompañadas de John Harker y el Dr. Seward. Este último pasa de pretendiente de Lucy a padre de Mina (quien en consecuencia se apellida Seward). La heroína está interpretada por Helen Chandler, una actriz muy guapa y de rostro muy dulce, entre cuyos mejores momentos está una escena en la que imita el peculiar acento del conde de forma muy graciosa. Lucy por su parte cambia su apellido de Westenra al más americano Weston. En esta escena de la ópera el conde pronuncia una frase interesantísima: «Morir completamente debe ser un auténtico placer», lo que nos deja entrever que acaso está cansado de las cargas de la vida eterna y el vampirismo, añadiendo complejidad al personaje.

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Mina, Lucy, Bom y otras chicas del montón.

En esta parte del film hace su aparición el profesor Van Helsing, encarnado por Edward Van Sloan -en una curiosa coincidencia de nombres-, quien había compartido escenario con Lugosi en la versión de Broadway, y cuya interpretación es fácilmente la más memorable de todas. Este segundo acto transcurre casi por entero en la residencia del Dr. Seward, que es a su vez un sanatorio mental. En él volvemos a ver a Renfield, desquiciado y ya equivalente al personaje de la novela, lo que incluye su pasión por las moscas y arañas. La interpretación de Dwight Frye ha recibido numerosas alabanzas, aunque personalmente, pareciéndome meritoria, la encuentro demasiado histriónica; además, como he mencionado en anteriores artículos, se me escapa la importancia que se otorga al personaje. Un dato curioso es que en esta versión Renfield está «semi-vampirizado», un estado intermedio que justifica su obsesión con la ingesta de pequeñas criaturas. El actor que interpreta a su guardían, Charles Gerrard, habla con un logrado acento «cockney» (propio de las clases populares inglesas), sin duda gracias a su origen irlandés. En cuanto a David Manners, que da vida a John Harker (acortado de Jonathan), tiene muy poco material para trabajar debido al recorte de su papel, quedando poco más que para lucir palmito.

Y es que el auténtico antagonista de Drácula será Van Helsing. El profesor es despojado del aura paternal que posee en la novela, así como de su aire de trotamundos, ofreciendo un aspecto más bien académico; no obstante, conserva su fe en lo espiritual y en las «vías alternativas de la ciencia», como es la misma creencia en los vampiros. El Van Helsing de Sloan tiene un marcado acento extranjero, como Lugosi, pero en este caso es totalmente impostado, al ser el actor natural de San Francisco. Curiosamente, en la película se sustituye el ajo que el profesor usaba como repelente de vampiros por una hierba llamada acónito, quizá por considerarse la primera una planta demasiado vulgar o desagradable . ¡Pero es una elección cuando menos peculiar, teniendo en cuenta que el acónito es extremadamente tóxico y puede causar graves daños sólo por contacto! El crucifijo conserva también su poder sobre estas criaturas, y en cuanto a la luz del sol, no consta que las destruya como en Nosferatu. Se mantiene asimismo la necesidad del vampiro de dormir en la tierra donde recibió sepultura. Las escenas que confrontan a Van Helsing y a Drácula en la misma estancia resultan las más memorables del film, si bien están basadas casi por entero en el diálogo y apenas tienen acción. Pese a la tensión existente, en estas escenas Drácula es mucho menos hostil que en la novela, declarando incluso que «conoce y admira al profesor Van Helsing», lo que refuerza su aura aristocrática. La historia de Lucy aparece en la película, si bien tratada muy brevemente. La progresiva vampirización de Mina, por su parte, es más acusada que en la novela, desarrollando unos interesantes cambios de personalidad en la víctima de Drácula.

La conslusión de la película resulta algo decepcionante, sobre todo porque en la escena final se nos escamotean imágenes importantes, al parecer por reducir la violencia en todo lo posible, usando sólo efectos de sonido y dejando el resto a la imaginación del espectador. Con todo, la conclusión original era un poco menos abupta, pues se ha perdido una última escena en la que Van Helsing aparecía en un cine dirigiéndose a los espectadores de la película, y asegurándoles que cosas como las que acababan de ver existían. Ojalá algún día aparezca una copia incluyendo esta escena de la que sólo se conserva algún fragmento, lo que permitiría restituir la integridad del film, como ha ocurrido recientemente con Metrópolis. Aunque hoy día parezca mentira, esta se consideraba una película arriesgada por ser puramente de terror, sin partes cómicas ni explicaciones lógicas a lo sobrenatural; pero para alivio de Laemmle y cia, fue un gran éxito de taquilla, devolviendo con creces la modesta inversión realizada.

Se comenta que Browning no puso demasiado interés en este rodaje, y que incluso muchos días no aparecía por el set, siendo el director de fotografía, Karl Freund, quien llevaba el peso del trabajo. Fuera como fuere, no puede negarse que se trata de una película menor, clásica sin duda por su antigüedad y popularidad, pero no en el aspecto artístico. Sus mayores méritos, aparte de ser la primera adaptación medianamente fiel de la novela, son a mi juicio la caracterización de Van Helsing y cómo se trata el personaje de Mina. En cuanto a la imagen icónica del conde, nadie puede negarle su influencia y perdurabilidad, si bien no deja de ser artificiosa y algo alejada del lúgubre ser descrito por Stoker. Una vez más, la mayor pena es desaprovechar el potencial de la novela, si bien el film se deja ver con agrado y es pieza imprescindible del cine dedicado a Drácula. El éxito de este título, por cierto, daría origen a la edad de oro del terror en la Universal.

La versión mejicana

En una época donde el subtitulado y el doblado estaban muy poco extendidos, y en producciones de bajo presupuesto como estas, curiosamente resultaba rentable rodar versiones de la misma película en dos idiomas. Así se hizo con Drácula, usando casi exactamente los mismos decorados pero con un elenco de actores mejicanos, en lo que constituye una verdadera rareza cinematográfica. Circula la opinión entre presuntos entendidos (frikis) de que esta versión hispana es «muy superior» a la original, pero es una afirmación sin ningún ningún tipo de base.

Técnicamente ambas versiones son casi equivalentes, si bien es cierto que la versión mejicana, dirigida por el americano George Melford, es algo más imaginativa en algunos planos y tiende a desplazar más la cámara. No obstante, más movimiento no significa siempre mejores imágenes, por lo que esto tampoco supone una diferencia significativa; hay escenas, de hecho, que están menos logradas visualmente que en el original. Algunos planos lejanos, u otros en los que no se ve a ningún actor, son exactamente los mismos en ambos films, pues no tenía ningún sentido volverlos a rodar. Pero más allá de los detalles técnicos, lo que condena sin remisión a la versión mejicana son las interpretaciones, que en varios casos son simplemente desastrosas, a nivel de aficionado. Si las de las versión inglesa son mejorables en varios casos, sin duda quedan reivindicadas cuando vemos su contrapartida latina.


«Que te meto con el crucifijo.»

Carlos Villarías, como Drácula, engrandece la figura de Lugosi. Su físico no resulta en absoluto adecuado para el papel, luciendo unos tremendos orejones y con más aspecto de maestro de escuela u oficinista que de vampiro. En ningún momento resulta imponente ni amenazador. A esto contribuye una interpretación que, sin ser terriblemente mala, carece de fuerza y en algunos momentos es decididamente desafortunada, con gestos que mueven más a risa que a otra cosa. El Renfield mejicano también resulta más blando y ñoño que su contrapartida americana. Lupita Tovar, en el papel de Eva Seward (Mina) sale algo mejor parada, pese a su ramalazo de víctima desamparada; lo que no se puede negar es el tremendo atractivo de la actriz, una morena de rompe y rasga -en contraste con la rubia Chandler-, de la que se dice estaba prendado el director Melford. El americano, por cierto, es todo un personaje, con 140 películas como director y 124 como actor. El no hablar una palabra de español, curiosamente, no le fue impedimento para ponerse al frente de esta versión.

Siguiendo con las interpretaciones, destaca por abajo Eduardo Arozamena, que encarna a un Van Helsing desastroso. No sólo su físico regordete resulta totalmente inapropiado, sino que su trabajo es fácilmente el peor del film, ejecutando muy pobremente sus líneas y siendo incapaz de transmitir la sabiduría y solemnidad del personaje, pareciendo más bien un gordo presumido y cargante. El guardían del manicomio tampoco convence en absoluto en sus fallidos intentos de resultar cómico. El argentino Barry Norton, pseudónimo de Alfredo Carlos Birabén, encarna a un discreto Juan Harker, logrando al menos no irritar. Apuntar que este actor perdió mucho trabajo en Hollywood cuando llegó el cine sonoro, debido a su marcado acento latino, que obviamente no tenía importancia en el cine mudo. En definitiva, pocos motivos hay para preferir esta versión. El plano final de la película, justo es decirlo, sí es superior en el aspecto visual al apresurado cierre del original.

En definitiva, recomiendo ver la versión mejicana siempre después de la americana y como complemento a la misma. Prescindiendo de cualquier prejuicio, en ningún caso puede considerarse superior a la firmada por Browning, a no ser por un extraño esnobismo o bien por desconocimiento del idioma, además de una gran ceguera para juzgar el trabajo interpretativo. Eso sí, esta versión tiene un detalle encantador, y es que las tres novias de Drácula… ¡por fin comen!

Clips de Vídeo:

Drácula de Tod Browning (completa).

Reportaje con fragmentos de la versión mejicana.

Nosferatu: Meritoria primera adaptación

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«Ven, que te curo el dedito.»

Nosferatu, eine symphonie des grauens – F.W. Murnau – Alemania, 1922

La industria cinematográfica alemana fue muy importante durante las primeras décadas del siglo XX, y de ella surgieron varios de los films más importantes de la época. En 1921, Friedich Wilhelm Murnau (nacido Plumpe), uno de los directores fundamentales del momento, acometía la primera adaptación de la novela Drácula, de Bram Stoker. La temática del libro se amoldaba perfectamente a la corriente del expresionismo alemán, cultivada por el gigantesco director (2, 06 metros). Este estilo buscaba alejarse de lo convencional mediante técnicas de fotografía e historias inusuales, a menudo relacionadas con lo fantástico.

La productora, Prana Film, no pudo hacerse con los derechos de la novela, por lo que se optó por hacer una adaptación no oficial, con el título Nosferatu, eine symphonie des grauens (Nosferatu: Una sinfonía de terror). En la novela de Stoker se asegura que «Nosferatu» era uno de los nombres tradicionales con los que se designa al vampiro en Rumanía. El término fue tomado de un trabajo de Emily Gerard fechado en 1885, pero no se ha podido rastrear la palabra en ninguna fuente anterior, por lo que se cree que o bien la autora malinterpretó un término rumano preexistente o bien lo tomó de algún dialecto gitano carente de fuentes escritas. En cualquier caso, ha acabado integrándose en el vocabulario del género fantástico. Aparte del título, el guión de Henrik Galeen cambiaría también los nombres de los personajes, y la acción posterior al segmento transilvano transcurriría en Alemania, no en Inglaterra.

El papel protagonista recayó en Max Schreck, actor bastante célebre en la época que, lo creais o no, debutó con una adaptación alemana de El alcalde de Zalamea, de nuestro Calderón de la Barca. Schreck fue sometido a un intensísimo trabajo de caracterización, cuyo resultado salta a la vista en el film. A día de hoy resulta difícil encontrar fotos de Schreck sin este maquillaje icónico, e incluso existe una película, La sombra del vampiro, que juguetea con la idea de que el actor fuera un verdadero vampiro contratado por el director (Schreck y Murnau son interpretados por Willem Dafoe y John Malkovich).

El metraje es de una hora y 34 minutos, a todas luces insuficiente para sintetizar toda la novela. Por ello, se eliminan casi todas las subtramas, centrando la historia en unos pocos personajes básicos. El film está dividido en varios actos, al estilo teatral, y para los diálogos se utilizan unos cuidados rótulos que simulan la escritura a mano. También se nos muestran páginas de un diario personal que hacen incisos narrativos, recurso seguramente inspirado en los diarios y cartas de la novela. El subtítulo «Una sinfonía de terror» no es casual, ya que la cinta cuenta con una excelente banda sonora orquestal que realza notablemente la acción, si bien cabe reprocharle que a veces el tono de la música no se corresponde con lo que está ocurriendo en pantalla.

Existe una versión acortada de la película que arranca en Transilvania, y de la que hablaremos luego, pero por ahora nos centraremos en la película íntegra. La acción comienza en un pueblo portuario alemán ficticio llamado Wisborg, donde conocemos a Thomas Hutter, el equivalente al Jonathan Harker de Stoker. Al igual que en la novela, Hutter se dedica a los temas legales, y está despidiéndose de su mujer debido a un viaje que le llevará a Transilvania, donde deberá tramitar la compra de un inmueble por parte del conde Orlok, residente en un castillo de la zona. El joven ha recibido el encargo de su jefe, Knock, un anciano peculiar que oculta unos extraños documentos y parece conocer algún aspecto oscuro de la transacción.

Hutter deja a su esposa en casa de unos amigos y parte hacia Hungría de muy buen humor. Una vez en el país magiar, solicita una diligencia para acudir al lugar de su cita. Al igual que en el libro, los lugareños tratan de disuadirle, pues está anocheciendo y la zona a la que debe viajar está plagada de malos espíritus, aunque no hay alusiones a la noche de Valpurgis. Pese a su escepticismo, y al contrario de lo que ocurre en la novela, el joven acepta el consejo y hace noche en la posada. En su dormitorio encontrará un pequeño libro sobre los vampiros que jugará un papel fundamental en el film. Gracias a él adquirirá las primeras nociones sobre estas terribles criaturas, pero las considerará pura superstición, tomándose todo a risa. Como curiosidad, decir que en esta parte del film Murnau nos muestra pululando por Transilvania a las muy africanas hienas, probablemente por no poder conseguir ningún lobo para el rodaje.

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«¡Paparruchas!»

Las interpretaciones son bastante típicas de la era del cine mudo, alejadas del cuasi-naturalismo de la actualidad, y a veces resultan muy gesticulantes e histriónicas. El peor parado en este aspecto es el actor que interpreta a Hutter, Gustav von Wangenheim, que no parece encontrar otro modo de expresar satisfacción o alegría que mediante grandes carcajadas o sonrisotas exageradas. Tras el amanecer, Hutter parte en un carruaje alquilado, pero ya cerca de su destino es abandonado por los aterrados conductores, por lo que debe seguir a pie, hasta que por fin encuentra el coche enviado por el conde. Se supone que toda esta secuencia transcurre de noche, pero resulta totalmente obvio que se filmó de día, lo cual es un tanto chocante. Esta situación se repite en otros pasajes de la película, donde el único indicativo de que estamos viendo escenas nocturnas es el uso de filtros azules, pero como estos también se usan en secuencias diurnas la confusión sigue ahí. Es de suponer que por las limitaciones técnicas de la época resultaba muy difícil filmar por la noche en exteriores.

El carruaje deja a Hutter en el castillo, y allí vemos por primera vez al Conde Orlok, el Nosferatu, que gracias al trabajo de maquillaje ciertamente se acerca a un aspecto sobrenatural. La interpretación de Schreck es bastante acertada a lo largo del film, con un trabajo mucho más sobrio que el de Wangenheim, si bien esto es lo que su personaje requiere: se trata de una criatura de movimientos lentos y parsimoniosos, que usa sus poderes para paralizar a sus víctimas. Murnau y su equipo optaron por redefinir el aspecto del conde respecto al de la novela, haciéndolo completamente calvo a excepción de sus pobladas cejas, muy enjuto, de piel totalmente blanca y unas manos enormes con uñas puntuiagudas. Orlok posee una pareja de dientes muy afilados, pero no se trata de los caninos, sino que están situados a la altura de los incisivos, como si se tratara de un roedor siniestro.

Las escenas que transcurren en el castillo están muy logradas y crean una lúgubre atmósfera, gracias especialmente a la fotografía, la cual es muy acertada a lo largo de todo el film. Sus interesantes composiciones visuales le han valido a la película buena parte de su reputación, y el ser considerada uno de los exponentes principales del expresionismo alemán, siendo quizá las imágenes más meritorias y de mayor impacto los planos frontales del conde, con su aspecto extraviado y amenazador. A lo largo de todo el metraje se usan tintes coloreados para darle distintos matices a las escenas, por lo que no podríamos hablar puramente de «cine en blanco y negro». El uso de estos tintes resulta sorprendentemente eficaz, y logra conderirle una mayor riqueza a las escenas.

A diferencia de la novela, Hutter es libre de salir del castillo durante el día y de escribir a su esposa lo que desee, ignorando la terrible amenaza que supone el conde, si bien su aspecto le resulta repulsivo. Sin embargo pronto saldrá de su error, al ser atacado esa misma noche. En ese momento volvemos a ver a Ellen, su mujer, que de algún modo siente el peligro que acecha a su marido y es presa de un ataque. Desde ese momento, la esposa quedará bajo la influencia del conde pese a la gran distancia que los separa, variante argumental exclusiva de esta versión. También se introducen poderes del conde ausentes en la novela, como la telequinesia: Orlok es capaz de mover objetos a voluntad -normalmente puertas-, volverse invisible y atravesar superficies sólidas. Estos poderes se muestran mediante unos efectos especiales obviamente muy básicos, pero bien resueltos. El conde también mantiene la influencia sobre los animales que aparece en el original, si bien sólo se le ve con ratas; sin embargo, desaparece la posibilidad de transformarse en otras criaturas. En cuanto a sus debilidades, Orlok necesita, igual que Drácula, dormir en la misma tierra donde lo enterraron, y también evita la luz del sol, pero con un importante matiz: ésta no se limita a debilitarlo, sino que en caso de alcanzarle puede provocarle la muerte.

Tras una escena de transición en el barco que transporta al conde volvemos a Wisborg, donde vemos que Knock, el patrón de Hutter, ha enloquecido y ha sido encerrado en un sanatorio mental. Esto le convierte en el equivalente al Renfield de la novela, incluyendo su pasión por la ingesta de moscas y otros bichos. Con la llegada del conde al pueblo, su agitación aumenta notablemente, y acapara unos minutos de metraje pcoo comprensibles, al tratarse de un personaje casi instrascendente para la historia. Como ocurre en la novela, no se explica el modo en que el conde adquirió su influencia sobre él. En esta parte de la historia cobra más importancia el personaje de Ellen -interpretada por la atractiva Greta Schroeder-, quien ahora tiene frecuentes episodios de sonambulismo, trastorno que en la novela era sufrido por su amiga Lucy Westenra. Se trata de un personaje interesante, una mujer dulce y temerosa ante la amenaza del conde, pero también serena y valiente. La relación entre los dos esposos Hutter es muy importante en la película, y recuerda a parejas de otras obras firmadas por Murnau, como la célebre Amanecer. El personaje de Van Helsing, fundamental en la novela original, tiene su equivalente en la figura del profesor Bulwer, pero su papel resulta prácticamente testimonial, siendo poco más que un médico e investigador local sin habilidades como «cazavampiros».

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«Soy muy lánguida.»

El Orlok de Murnau es mucho más agresivo que el Drácula de Stoker: en lugar de empezar atacando a un puñado de víctimas y hacer planes a largo plazo, golpea duro a Wisborg desde su llegada. Para empezar, trae consigo una plaga de ratas y con ella una epidemia de peste, la cual aprovecha para enmascarar los síntomas que provoca con sus mordeduras. Estas son peligrosísimas, porque aunque no vampirizan a las víctimas, pueden provocarles la muerte con gran rapidez. Así, en un interesante plano vemos toda una fila de ataúdes portados por las calles del pueblo, ante la mirada desolada de Ellen. Pero no será ése su único temor: El edificio que adquirió Orlok está justo frente a su propia casa, y cada noche el vampiro pasa largo tiempo observándola desde su ventana, anunciándole que muy pronto irá a por ella, lo cual vemos en un plano muy conseguido. El libro de los vampiros traído desde Transilvania ayudará Ellen a conocer mejor a su enemigo, pero también aumentará su miedo. La única esperanza de salvación exigirá grandes dosis de valor y sacrificio, como no puede ser menos con una criatura tan terrible. El clímax de la película, sorpresivo y diferente al urdido por Stoker, es eficaz aunque algo apresurado.

Tras el estreno de la película, la viuda del escritor se querelló contra Pruna Films, por haber producido el film sin los correspondientes derechos. La demandante ganó el juicio, la productora tuvo que declararse en bancarrota (ésta fue su única película) y se ordenó la destrucción de todas las copias, medida que sería inconcebible en nuestro días (hoy se habrían conformado con pagar un buen dinero a la buena señora). Afortunadamente sobrevivieron muchos negativos, pero el pleito dificultó la buena conservación del film. En la actualidad, los derechos son de dominio público en los EEUU, lo que ha propiciado la aparición de versiones en DVD y de descarga libre de escasa calidad. En ellas se han eliminado los filtros de color, los elaborados rótulos y las páginas del diario. También ha renombrado a todos los personajes, poniéndoles los nombres de Stoker, se ha cambiado la banda sonora por otra mucho peor y más estridente y para colmo se han mutilado varias escenas, reduciendo el metraje total en unos 20 minutos. Ni que decir tiene que esta versión está totalmente desaconsejada: si la copia que ves no lleva al principio el sello de la Fundación Murnau -autora de la última restauración- ni los filtros de colores, ni te molestes. La única ventaja de las versiones bastardas es que contienen una buena traducción de los textos, ya que no es fácil encontrar subtítulos para esta película.

Nosferatu tiene muchos méritos, aunque desaprovecha buena parte del potencial de la novela, como por ejemplo la rica interacción entre los personajes, el gradual descubrimiento de la amenaza del conde y sobre todo la figura de Van Helsing. Como mencioné antes, quizá al mayor fallo sea la incapacidad de la fotografía para mostrar la diferencia entre el día y la noche, matiz fundamental en esta historia. En el apartado de las fortalezas, están sus hallazgos visuales y el armar una pequeña historia vampírica que funciona bien y de un estimable valor artístico. Éste seguramente se ha sobredimensionado con el paso del tiempo, aunque no es de extrañar, ya que el film es poco menos que una pieza de arqueología cinematográfica.

Este excelente artículo de Wikipedia nos cuenta muchas más cosas interesantes sobre el film, como por ejemplo que la casa que adquiere Orlok, pese a su aspecto de decorado, es un inmueble real que aún existe hoy en día, y otros datos interesantes sobre la producción; lo recomiendo encarecidamente. Diez años después del film de Murnau llegaría la siguiente adaptación, ya en la era del cine sonoro: sería la célebre versión protagonizada por Bela Lugosi.

Drácula, la novela: Cuestión de fe

DraculaBram Stoker – Reino Unido, 1897

Éste es el primero de varios artículos que irán dedicados a una conocidísima figura de la cultura popular del siglo XX: el Conde Drácula. En esta serie nos adentraremos en las múltiples encarnaciones del personaje, tanto en la novela en la que nació como en sus posteriores versiones cinematográficas. Vamos con unos breves antecedentes:

La figura del vampiro, en distintas variedades, forma parte desde hace siglos del folclore de buena parte de Europa. A finales del siglo XIX, este tradición había pasado ya a la ficción literaria, cosechando un gran éxito gracias sobre todo a dos obras, The Vampire, de John Polidori, y el serial Varney the Vampire (atribuido a dos posibles autores distintos). Como curiosidad, decir que la obra de Polidori tuvo su origen en la misma reunión literaria veraniega durante la cual Mary Shelley escribió su Frankenstein. The Vampire el primer texto en la que se retrata al vampiro como una figura aristocrática, a diferencia de la tradición popular, donde por lo general se trataba de un muerto viviente de cualquier condición social y desprovisto de glamour.

Abraham Stoker, de nombre literario Bram, aprovecharía conceptos vertidos en estas obras, así como la tradición preexistente, para producir una novela cuya influencia ha ido creciendo de forma exponencial y llega hasta nuestros días. Stoker, sin embargo, no era ni mucho menos una de las estrellas literarias de la época. Nacido en Irlanda, comenzó como crítico de teatro y escribiendo relatos cortos. Después de trabar relación con el célebre actor Henry Irving se mudaría a Inglaterra, donde se convertiría en el administrador del Teatro Lyceum durante casi tres décadas, usando la escritura como medio para complementar sus ingresos. Como anécdota, decir que su esposa era una celebrada belleza de la época, a la que pretendió Oscar Wilde antes de pasarse «al lado oscuro».

Alrededor de 1890, Stoker empieza a documentarse para una novela centrada en el vampirismo, y siete años después aparece Drácula, cuyo manuscrito se titulaba hasta una semanas antes de su publicación El No-Muerto. La novela adopta un formato epistolar, es decir que no se nos narra nada directamente, sino que conocemos la historia mediante una compilación ficticia de cartas, documentos y anotaciones de diario. Esta peculiaridad desconcierta al principio, pero después de unos pocos capítulos deja de ser una distracción; Stoker manipula lo suficiente el texto como para que la narrativa sea prácticamente idéntica a la de una novela convencional.

La historia comienza siguiendo el viaje de Jonathan Harker, un ayudante de abogado londinense que ha de desplazarse hasta la remota región de Transilvania -perteneciente en la época a Hungría- para tramitar la compra de una propiedad por parte de un aristócrata local, el conde Drácula. Es en esta parte de la novela donde más sale a relucir la completa documentación realizada por Stoker, describiendo con detalle costumbres, localizaciones y atuendos genuínos de la región (aunque hay que decir que el autor nunca viajó físicamente allí). Con ello se pretende alejar la novela de la narrativa fantástica convencional, creando, por el contrario, un mundo muy creíble en el que irrumpen elementos sobrenaturales que lo perturban por completo. Estos primeros capítulos, que abarcan la llegada de Harker a Transilvania y su estancia en el castillo del conde, conforman una de las partes más logradas del libro, y son una excelente introducción para la extensa historia que se nos narrará posteriormente.

La descripción física del conde es especialmente interesante, por las comparaciones que podemos realizar con sus versiones cinematográficas. El Drácula de Stoker tiene un aspecto avejentado y luce bigote, detalle obviado por casi todas las películas. Otro atributo poco conocido es el intenso y abrumador olor que desprende, el cual es captado por cualquier persona que se encuentre cerca de él. Nunca se menciona que lleve capa, aunque este detalle de vestuario es justificable en los films por su espectacularidad y por ser una prenda típicamente aristocrática. Se dice que la figura del conde tuvo una fuerte inspiración en la apariencia y ademanes de Henry Irving, quien ejercía una enorme influencia sobre Stoker.

Tras esta primera primera parte, la acción se traslada a Inglaterra, donde conoceremos al resto de personajes. La novela se enmarca en la corriente romántica del terror gótico, y el rol de la mujer virtuosa adorada por el varón jugará un papel preponderante. Esta figura está representada por dos personajes: Mina Murray, prometida de Harker, y Lucy Westenra, amiga íntima de la primera. En los primeros pasajes ingleses Stoker vuelve a entretenerse en el costumbrismo, describiendo con precisión el verano en la localidad costera de Whitby. Las detalladas descripciones del autor a lo largo de la novela han propiciado la creación, en tiempos modernos, de «Tours Drácula» para entusiastas del libro, aunque algunos de los lugares que recorren no son exactamente los mismos de la obra (sobre todo los situados en Rumanía). A través de la correspondencia entre Mina y Lucy, descubrimos que ésta última tiene nada menos que tres pretendientes: El Dr. John Seward, el aristócrata Arthur Holmwood y el emprendedor americano Quincey Morris. No sólo eso, sino que los tres se le declaran el mismo día, para desmayo y deleite de la chica.

Cuando Lucy cae enferma, aquejada de una gran palidez y debilidad, esta bucólica postal empieza a romperse, y la presencia del conde vuelve a hacerse sentir, pero siempre desde las sombras. El Dr. Seward, desesperado y superado por los síntomas de su amiga, convocará al que seguramente es el personaje más logrado de la novela, y el más conocido aparte del propio conde: su antiguo profesor Abraham Van Helsing, natural de Holanda. En Van Helsing se combinan de forma fascinante la creencia en la ciencia y en el espíritu; el profesor no duda en usar cualquier recurso a su alcance con tal de salvar vidas… y almas. De hecho, la primera técnica que prueba en la chica es la transfusión, método novedosísimo en la época y que podía acabar con el fallecimiento del paciente, pues aún se desconocían los grupos sanguíneos. Pero cuando el estado de la paciente empeora, Van Helsing va dándose cuenta de la verdadera naturaleza de su mal, y pasa a otros métodos aparentemente alejados de la ciencia. Así, aparecen las rosas, los ajos y los crucifijos como método de protección, todos ellos tomados de la tradición vampírica.

Pero entre estos objetos Stoker le dará una importancia especial al crucifijo y a otros objetos de la liturgia religiosa, como las hostias consagradas. Pronto quedará claro que el efrentamiento con Drácula no se libra contra un simple monstruo o demonio folclórico, sino que es un combate entre las fuerzas de Dios y el diablo. Drácula se alejó de Dios en su vida de mortal aprendiendo las artes oscuras, y su incapacidad de morir se debe precisamente a que su alma no puede pasar a la otra vida. Al contagiar la condición vampírica a sus víctimas, sus almas quedan también en una especie de limbo, mucho más cerca del infierno que del cielo, y no pueden descansar en paz hasta ser liberadas del influjo vampírico. Para Van Helsing, incluso si alguien muere es fundamental salvar su alma, entendiendo esta tarea como la extensión y culminación de su oficio de médico.

Para resaltar la dicotomía Dios-Diablo, Stoker otorga una infabilidad científica a los objetos religiosos: un crucifijo o un ajo son siempre eficaces contra el monstruo, y una hostia consagrada quema la piel de la persona vampirizada. Este elemento narrativo se ha hecho muy popular, y está presente en toda la ficción vampírica posterior, ya sea para confirmar la eficacia de estos objetos o para presentarnos vampiros que por un motivo u otro son inmunes a ellos. Independientemente de si se es creyente o no, el poder espiritual y la iconografía religiosa usados de este modo confieren un gran atractivo a la historia, parecido al que se consigue en la leyenda artúrica con la introducción del Santo Grial y las maravillosas propiedades que le acompañan.


Representación influida por las versiones fílmicas.

Pero pese al saber del profesor, Drácula posee una amplia gama de poderes y resulta muy difícil de detener: su fuerza es equivalente a la de siete hombres, y tiene puede cambiar de forma, convirtiéndose en cualquier criatura de la noche o incluso en simple niebla. Así, aunque en las películas escoge casi siempre la forma de murciélago, también puede transformarse por ejemplo en lobo, además de tener control sobre las verdaderas criaturas noturnas. El consumo de sangre es capaz de rejuvenecerle. Los desdichados (por lo general, mujeres) que son vampirizados por él han de buscar sustento por su cuenta, pero están en todo momento sometidos a su voluntad. Sin embargo, el conde también tiene sus limitaciones: no puede cruzar por ríos ni por el mar, excepto en los cambios de marea, y tan sólo puede puede cambiar de forma durante la noche. No puede entrar en ninguna casa a menos que se le invite al menos una vez, y la luz del sol no le destruye, pero merma sus facultades; por ello suele dormir durante el día. Este sueño tiene una importante limitación: el vampiro ha de dormir necesariamente en la tierra en la que fue sepultado tras fallecer como mortal, pereciendo definitivamente si no se cumple esta condición. Según Van Helsing, esto indica la imposibilidad del vampiro de desvincularse completamente del poder de Dios, denotando también la incapacidad del vampiro de encontrar verdadera paz a no ser que su alma se libere. Así pues, la típica representación del conde durmiendo en un ataúd es inexacta, pues lo que describe Stoker son cajones de tierra que Drácula ha traído desde Transilvania para descansar en ellos. Abundando en esto, es llamativo que Drácula escoja una abadía abandonada como residencia en Londres; es como si el monstruo necesitara la presencia de lo sagrado, pero en un estado atenuado o degenerado, más acorde con su naturaleza oscura.

La forma de destruir al vampiro no es tan simple como clavarle una estaca en el corazón: no sólo ha de ser ésta de un gran tamaño, superior a un metro, sino que además es necesario decapitarle y llenarle la boca de ajo, detalles quizá demasiado truculentos como para representarlos en las películas. También morirá si su cajón es arrojado al agua durante el sueño, o si no consigue dormir en la tierra donde le enterraron; en estos dos casos, su alma no quedaría liberada.

Como todo el mundo sabe, para ser vampirizado es necesario ser mordido por el vampiro en el cuello, aunque no se especifica cuántas veces son necesarias. El afectado puede vivir muchos años con estas mordeduras sin transformarse en vampiro: la metamorfosis sólo llega cuando sobreviene la muerte, si bien esta suele ser prematura debido a la pérdida de sangre. Van Helsing asegura que para el paciente la diferencia entre morir despierto o durante el sueño es fundamental, pero no queda muy claro el motivo. En caso de que el vampiro original muera antes que su víctima, ésta queda liberada de su mal.

Además de los personajes a los que muerde, encontramos otro, Renfield, sobre el cual Drácula tiene un poderoso influjo. Se trata de un enfermo recluído en el sanatorio mental del Dr. Seward, poseído por la obsesión de consumir todas las vidas posibles, por lo que ingiere moscas, arañas, pájaros y toda pequeña criatura que cae en sus manos. Es pues un cuasi-vampiro, muy sensitivo a la proximidad de Drácula y sometido a su órdenes, aunque ateniéndonos a los hechos descritos en el libro no ha tenido nunca contacto físico con él. Es un personaje más bien de poca trascendencia, pese a lo cual tiene una participación extensa en la novela. Curiosamente, en varias de las películas se le da también un papel preponderante, incluso expandiendo su participación en la historia.

Cuando por fin todos los personajes se reúnen y contrastan sus datos y experiencias, no queda ninguna duda: desde ese momento su principal misión será acabar con el conde, bajo el liderazgo de Van Helsing. Esta etapa es la más intensa y emocionante de la historia, y entre los protagonistas se crea un vínculo con sólidas y variadas bases: la amistad, la solidaridad, el miedo ante lo poderoso y lo desconocido y por supuesto la fe. El libro pasa entonces al género de la aventura, embarcándonos en una fascinante caza del vampiro. Una de las escenas más memorables se produce  cuando tienen que penetrar en una cripta y ver con sus propios ojos como el que fue un ser querido se ha convertido en una espantosa criatura de la noche, que sólo podrá ser exorcizada mediante el terrible procedimiento descrito antes. Van Helsing, actuando en todo momento como líder y figura paterna, será fundamental para infundirles el valor necesario, resultando muy creíble y emotivo gracias a la excelente caracterización del autor. Tengo verdadera curiosidad por ver cómo lo encarnó Anthony Hopkins en la versión de Coppola, ya que me parece un actor muy adecuado para el papel.

Las apariciones del propio conde están muy dosificadas, y se producen sólo cuando es necesario para el avance de la historia, contribuyendo al aura de misterio que le rodea. Aun cuando el grupo se siente cada vez más fuerte y resuelto, y cada vez conocen más debilidades del conde, Drácula siempre se las arreglará para seguir golpeándoles y para ser terriblemente escurridizo. El temible vampiro nunca deja de emitir un halo de astucia, poder e intangibilidad, siendo necesarias todas las habilidades combinadas del grupo de perseguidores para poder combatirlo.

Estamos en definitiva ante una novela muy absorbente, de fácil lectura y buena construcción. En su época no pasó de ser un éxito moderado, pero cuando se adaptó al cine la gran fuerza de la historia y de sus personajes empezó a expandirse de forma imparable por el mundo. El increíble auge actual del género vampírico se debe sin duda a la obra de Stoker, al cual han de estar muy agradecidos autores como Anne Rice, Stephenie Meyer, el cineasta Josh Whedon y tantos que han hecho fortuna con la temática. De hecho, tal es el éxito de la ficción vampírica que ha llegado a hacerse tremendamente recurrente y fatigosa, pero esto no desmerece en absoluto el mérito de la obra original, que seguramente no es tan leída y reconocida como cabría esperar. Su lectura es por ello altamente recomendable, tanto por su carácter fundacional como por su propio valor literario. El trabajo de Stoker ha valido al autor una perdurabilidad insospechada para un hombre que en su época era conocido por gestionar uno de los principales teatros de Londres; una inmortalidad similar a la del fascinante personaje que creó.

La conjura de los necios: Comedieta de bajos vuelos

A Confederacy of Dunces – John Kennedy-Toole (circa 1965)

La conjura de los necios es una novela que se cruza persistentemente en nuestras vidas : es fácil encontrarse en cualquier parte a alguien leyendo un ejemplar, siempre con la misma ilustración de portada, el orondo protagonista con un perrito caliente y un pequeño sable. Es pues un best-seller sempiterno, compartiendo categoría con Los pilares de la tierra, El perfume, El ocho y títulos similares. Lo que quizá separa a La conjura de esas otras obras es su fama de libro «intelectual» y «rabiosamente divertido». Con esa reputación, era inevitable que un amante de los fenómenos de masas y del humor ácido como yo acabara echándole un vistazo.

Antes de abordar la novela en sí, resulta inevitable hacer mención su autor: John Kennedy Toole, natural de Nueva Orleans, tuvo una vida que se puede calificar de poco reseñable. Vivió casi siempre en la residencia familiar, bajo la sombra de una madre muy dominante. Militar de carrera, su escape espiritual era la escritura, pero en su breve vida tan sólo completó dos novelas. La conjura de los necios, escrita en los años 60, era al parecer tenida en gran estima por Toole, pero pese a sus esfuerzos no logró encontrar editor. Desmoralizado y al parecer atormentado por inclinaciones homosexuales, el escritor decidió poner fin a su vida en un pueblo a las afueras de Nueva Orleans, aplicando una manguera al tubo de escape de su coche e introduciéndola por la ventanilla del mismo. Así, la novela permaneció inédita en un cajón durante varios lustros, hasta que la madre del autor decidió desempolvarla y entregársela a un escritor,Walker Percy, insistiendo en la valía del texto. Percy decidió darle una oportunidad a la obra y se enamoró de ella, logrando que se publicara con una pequeña tirada en 1980. Cabalgando sobre la truculenta historia de su fallecido autor, la novela se convirtió primero en un libro de culto, y poco después en un éxito de masas, catapultada por la obtención del premio Pulitzer de ficción a título póstumo.

Pasemos ya al libro en sí, para mí un claro caso de «Emperador desnudo». La figura central es Ignatius J. Reilly, un tipo cuyas peripecias se hacen duras de seguir, pues se trata de un personaje detestable, sin ninguna cualidad redentora, y lo que es peor, muy poco interesante. Reilly vive con su madre en una casa ruinosa y sufre obesidad mórbida, lo que no es de extrañar teniendo en cuenta sus muy poco sanos hábitos: le gusta devorar cualquier tipo de comida basura en grandes cantidades y pasa prácticamente todo el día en la cama, redactando farragosos textos sobre la degeneración de la sociedad moderna. Aunque parece que el autor quiere presentar a Reilly como un hombre de gran capacidad intelectual, sus puntos de vista no son especialmente agudos ni certeros, sino más bien pedantes y a menudo contradictorios. Además de su glotonería y su pereza, Ignatius ignora las normas más elementales de higiene y urbanidad, dejando sin lavar durante meses las sábanas entre las que pasa tanto tiempo, y eructando y soltando ventosidades varias veces a lo largo del dlía. Humor sutil, como se puede ver.

Por supuesto, el protagonista de una novela no necesita ser una persona ejemplar para resultar atractivo -abundan ejemplos de lo contrario-, pero el problema de Reilly es que  nada en su carácter ni en sus actos contrarresta el rechazo que genera. Es un ser egoísta y egocéntrico, que pese a sus innumerables taras trata a sus semejantes con desprecio y un sempiterno aire de superioridad. Ni siquiera su madre se salva, pese la gran dependencia que tiene de ella en todos los aspectos. Claro que la buena señora Reilly también tiene lo suyo: de hecho es una mujer bastante insoportable, quejumbrosa, inculta y perpetuamente pesimista, dada a los excesos con el vino para rematar. Pero al menos muestra un cariño y una fe casi incondicionales en su hijo, con lo que ya sale ganando en la comparación con él.

La trama de la novela es anecdótica y bastante olvidable: comienza con Reilly dedicando su tiempo, además de a la (escasa) escritura y a comer, a ver programas de televisión y películas de cine deleznables. Ignatius siente un gran deleite criticándolos con ferocidad e indignándose durante su visionado,  sin duda por la sensación de superioridad intelectual que esto le produce. Una noche, Reilly y su madre sufren un pequeño accidente de coche que provoca daños materiales cuya reparación son incapaces de acometer, por lo que Ignatius deberá, por primera vez en su vida, buscar empleo.

A lo largo de su periplo laboral, Reilly interactúa con personas distintas a su madre por primera vez en mucho tiempo. Aunque de forma inesperada algunas de ellas llegan a apreciarle e incluso considerarle una persona de valía, Ignatius no varía un ápice en su cretinismo, mostrándose absolutamente incapaz de corresponder la confianza que depositan en él o de mostrar agradecimiento, haciendo dejación de sus funciones laborales e incluso saboteando activamente a sus empleadores. Como he mencionado antes, su comportamiento es marcadamente escatológico, eructando constantemente y declarándose a menudo incapaz de realizar esfuerzos físicos debido al cierre de su válvula pilórica. Las alusiones a «su válvula» se repiten machaconamente a lo largo del libro, al parecer consideradas por el autor un hilarante recurso cómico.

Reilly plasma sus peripecias en un diario personal que nos amplía su estrafalaria visión del mundo. Pese a haberse licenciado en historia medieval y poseer una amplia cultura, ésta no le ayuda a comprender a sus semejantes ni la realidad que le rodea, haciendo gala de una extravagante ideología que mezcla lo más reaccionario tanto de la derecha como de la izquierda. La única persona que parece importarle es una antigua compañera de estudios y militante progresista, Myrna Minkoff, y pese a que asegura despreciarla, dedica ingentes esfuerzos para impresionarla en la correspondencia que intercambian, tratando de hacerle ver la superioridad de su visión del mundo y pintando sus tragicómicas desventuras como audaces iniciativas. Los mayores desmanes cometidos por Reilly tienen como motivación este afán de impresionar a su conocida.

Existen tres subtramas que se relacionan con la principal: la primera concierne un local nocturno de mala muerte llamado «Noche de alegría» y sus trabajadores, junto a las bastante intrascendentes actividades delictivas que en él se realizan. La segunda sigue la evolución de la madre de Reilly, que empieza a salir de casa y hacer vida social tras trabar relación con un policía que detuvo a su hijo y con su anciana tía. Este patrullero, Mancuso, protagoniza las intentonas de humor más fallidas de la novela: debido a sus constantes fracasos, es castigado por su superior a patrullar la ciudad con diferentes disfraces, en un artificio cómico más propio de la época del cine mudo. La última subtrama se centra en una de las empresas donde trabaja Reilly, Levy Pants, poblada de personajes a cual más gris y deprimente. Las constantes y repetitivas bromas a cuenta de la avanzada edad de una de sus empleadas vuelven a fracasar a la hora de intentar arrancar la sonrisa al lector. No obstante, el presidente de esta empresa, Gus Levy, es el único personaje de la novela que consiguió interesarme y despertarme una genuína simpatía: Horrorizado por su deprimente negocio, Levy se dedica a disfrutar de su dinero llevando un estilo de vida hedonista, mientras trata de lidiar con las agresiones verbales y las absurdas demandas de su insoportable y manipuladora esposa.

La conjura de los necios fracasa a varios niveles: Argumentalmente no logra poner en pie una historia que interese; tampoco logra cautivar mediante la vía del retrato costumbrista, ofreciendo descripciones poco más que superficiales de Nueva Orleans, su idiosincrasia y sus habitantes; como colección de viñetas cómicas, huelga decir que es un verdadero desastre, no logrando ofrecer ningún pasaje genuínamente divertido. ¿A qué se puede achacar pues su éxito? Diría que en primer lugar a la desdichada historia de su autor, y en segundo a que se trata de un libro tan simple que cualquiera puede sentirse «intelectual» leyendo esta obra repetidamente calificada como cumbre del humor inteligente. Como decía al principio, el emperador está desnudo (y es muy gordo). Resulta paradójico que Ignatius disfrutara con películas horribles precisamente por serlo, mientras que muchos lectores de esta novela del montón disfrutan con ella pensando que es una obra maestra.

A los que aún no se han asomado al libro, decirles que hay mejores formas de invertir el tiempo que leer este compendio de desventuras al estilo Benny Hill, como por ejemplo ver la serie del propio cómico inglés. Al menos resultaba mucho menos pretenciosa, y en ocasiones, también, mucho más divertida.

España en Eurovisión: Razones de un fracaso

En el espectáculo televisivo más interesante de la primavera, el festival de Eurovisión, España resultó nuevamente humillada, penúltima con un solo voto de diferencia, por encima de los infortunados Waldo’s People de Finlandia. Muchos de mis fieles lectores dirán: «¿Pero Eurovisión no es la mayor MIERDA catódica (o plasmática) que pueda uno echarse a la cara?» No. Solía serlo, solía serlo. Desde mediados de los 80 a fin de siglo vivió una decadencia espectacular, siendo una especie de compendio de lo peor de la canción ligera europea. El espectáculo era soso y hortera, y yo censuraba duramente a cualquiera que perdiese preciosas horas de su vida con tan degradante pasatiempo. Por aquella época enviábamos a gente como el muy gay David Civera, y lo peor era que los demás países enviaban a gente parecida.

Pero hete aquí que con el nuevo milenio el ex-bloque soviético entra en Eurovisión. Ansiosos de coger el tren de la historia que habían perdido tantas veces, para ellos el festival era algo poco menos que mítico, que seguramente sólo habían podido ver clandestinamente, y que en esta nueva era les permitía entrar en el selecto club europeo como uno más. Estas naciones estaban ansiosas por llamar la atención, y vaya si lo hicieron: revolucionaron el vetusto festival mandando números trabajadísimos, espectaculares, y sobre todo aprovechando la mejor baza de la que disponían: su ilimitado caudal de belleza humana.

Con su falta de complejos, los recién llegados desconcertaron a los países veteranos: de repente aquello se había llenado de mozas espectaculares que despreciaban las baladas mariconas, presentando temas discotequeros ultrabailables o cualquier otra cosa que rompiera moldes. ¡Inaceptable! ¿O no? Resulta que a las audiencias les encantó, y el ente Eurovisión decidió seguir el juego, montando un evento cada año más exuberante. La victoria del conjunto finlandés de Black Metal Lordi en una de las últimas ediciones despejaba cualquier duda: había nacido un festival totalmente nuevo. Actualmente es un espectáculo de primera magnitud, joven, popular y entretenidísimo. El presupuesto gastado en las galas es enorme, y estas se celebran sobre escenarios tecnológicos ultramodernos que dejan en evidencia a los de cualquier superestrella del rock. Los paneles de Alta Definición usados en la última edición debieron costar una cantidad obscena de euros.


La azerbaiyana, casi nada.

La Eurovisión actual es ante todo un festival de la belleza europea, y los organizadores lo reconocen implícitamente sin tapujos: en general, para salir en pantalla es necesario un físico de modelo, ya seas participante, presentador o simplemente el que da los puntos de cada país. Las naciones con más solera en el festival se han dado cuenta en pocos años de la superioridad genética del bloque del Este, y por ello se esmeran por enviar lo más guapo y lustroso de sus establos. Pero España no, España no se ha enterado: sigue participando en el concurso como si aún estuviéramos en 1995. Aquí Eurovisión estaba absolutamente muerta hasta que TVE se sacó de la chistera Operación Triunfo, maniobra muy habilidosa para captar el interés de la audiencia local y vender discos infames, pero no para GANAR el festival. La prueba más obvia es que en la primera edición de OT mandamos a la gorda de Rosa López, quien pese a llevar una canción bastante aceptable no tuvo nada que hacer con los bellezones que ya habían conquistado el ESC (Eurovision Song Contest, como lo llama la tribu internetera).

Y así hemos seguido año tras año, con Operaciones Triunfo y sin ellas, mandando lo de siempre: cantarines semipopulares de físico mediocre y, sobre todo, con canciones horrendas, concebidas para cubrir el expediente. El ejemplo paradigmático llegó al año siguiente de la López, con la tal Beth y su aburridísma «Dime». Las Ketchup, que tuvieron un hit perfecto para Eurovisión con el Aserejé, se presentaron con la incalificable «Bloody Mary». Francamente, la vez que estuvimos más cerca de entender el nuevo espíritu fue con el Chiqui Chiqui; al menos contribuimos algo al espectáculo. Sin embargo, no entendimos que Chiquilicuatre sería sólo un friki más de entre tantos de la nueva hornada, no lo bastante distinguible como para optar a algo importante.

Lo de Soraya, o Soyaya , era la crónica de una muerte anunciada. ¿Por qué mandó TVE a esta muchacha? ¿Era la mejor cantante, interpretaba el mejor número posible? No, era la favorita del público, del muy cateto y alienado público español. Después de cada Festival llegan las lamentaciones, y unos debates profundamente hipócritas sobre la causa del fracaso: Al terminar la última edición, los de TVE tenían unas caras larguísimas: «Ha sido injusto…» «No entiendo cómo hemos quedado tan mal…» ¡Incluso el bueno de Uribarri decía que había que protestar enérgicamente! Ni protestas ni hostias: El voto es absolutamente libre y la canción de España era pura mierda. Ésa y no otra fue la causa de la desastrosa clasificación. De hecho, el propio Uribarri reconoció días después este extremo, calificando el tema de Soraya de «cancioncilla».

Para ayudarles a corregir esta lamentable situación, voy a darle a TVE  unos consejitos para el éxito: Si queremos ganar hace falta belleza, belleza y belleza. No, no vale una semimaciza como Soyaya, hay que llevar a un auténtico pibón, de los que hacen girar cabezas por las calles, e incluso llevar más de una. Si es un participante masculino, que también lleve pibones de acompañantes. Ahí están los ejemplos este año de Estonia e Islandia, canciones sólo aceptables pero interpretadas por mujeres bellísimas que captaron inmediatamente la atención del público. Azerbaiyán llevó una canción normalilla, pero la componente femenina del dúo era una auténtica diosa morena. Resultado: Islandia quedó segunda y Azerbaiyán tercera. Las tres bellezas presentadas por Turquía quedaron muy arriba también.

Y la canción, por Dios, la canción tiene que ser buena. Además tiene que entrar en la cabeza a la primera. La mayoría del público y los jurados van a oir las canciones sólo dos o tres veces, o incluso sólo una: por ello han de tener un ritmo contagioso y ser inmediatamente tarareables o bailables. Ejemplo perfecto fue la canción de Noruega, interpretada por Alexander Rybak, que destrozó el récord histórico de puntos, añadiéndole un chaval guapo parecido a Zac Efron y dos mozas de escotes generosos. Si además rematas el número un «gimmick» como tocar el violín en escena, tienes el conjunto completo. Y por supuesto está el detalle de inteligencia diabólica de escoger a un chaval de origen eslavo, bielorruso concretamente, lo que arrastraba el inmenso granero de votos de esa zona.


Ani Lorak, insuperable.

Para mí la canción paradigmática de Eurovisión es el Shady Lady de la ucraniana Ani Lorak, injustísima perdedora el año pasado: canción cañera y pegadiza, interpretada por una mujer perfecta y con una coreografía extraordinaria. Tan sólo el gran número de países afines a Rusia decantó la victoria para esta nación en detrimento de Ucrania. Resulta muy raro que Mónica Naranjo no haya ido nunca a Eurovisión (creo), porque es el tipo de cantante con posibilidades de éxito en este concurso. TVE tiene que buscar alguien de su tipo, pero muy jovencita, de veintipocos años, y si posee ancestros eslavos mucho mejor. ¿No tenemos alguna bella muchacha inmigrante del Este europeo que quiera triunfar en la canción? Ante todo, se tiene que hacer una preselección y no someter a votación popular cualquier cosa: sólo debe pasar el primer filtro gente MUY GUAPA y canciones claramente ganadoras, y a partir de ahí que voten los gañanes del público.

No puede ser tan difícil encontrar un buen compositor y coreógrafo. Gran Bretaña, harta de humillaciones, este año escogió a Andrew-Fucking-Lloyd Webber como compositor para su canción, y no sólo eso, le debieron pagar una morterada para interpretar él mismo la melodía al piano en escena, mientras una mulatita guapísima cantaba. Este señor es nada menos que caballero del Imperio, más o menos como si nosotros mandáramos a Plácido Domingo. Los ingleses se lo curraron (aunque creo que Webber compuso con el piloto automático), y mira por dónde lograron puntuaciones muy altas. Los tiempos de Salomé, Massiel y Betty Misiego quedaron atrás. Nuestra próxima ganadora tendrá curvas de escándalo y será rubia como una valquiria. ¿Dónde estás, Natasha?
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Aquí un amigo: dos actores a sus anchas

Ha pasado más de un cuarto de siglo desde el estreno de esta obra en Francia, donde ha batido récords de longevidad en cartelera. Teniendo en cuenta el éxito de otros trabajos de Francis Veber en nuestro país (La cena de los idiotas, Salir del armario…), Aquí un amigo ofrecía una razonable garantía de éxito para la compañía que se decidiera a importarla. Y ésa ha sido la apuesta del veterano Jaime Blanch, que dirige y protagoniza la versión española de esta obra, cuyo título original (L’Emmerdeur) seguramente sería mucho menos amable de haberse traducido de forma literal. Blanch quizá no os suene mucho por el nombre, pero se ha hartado de hacer televisión y teatro, su cara es instantaneamente reconocible. Yo le conozco sobre todo por el apotéósico culebrón español Obsesión, donde tuvo la suerte de compartir reparto durante ciento y pico capítulos con la indescriptiblemente bella Vanesa Cabeza, haciendo de su padre.

La premisa de la obra es bien sencilla: en un hotel fráncés se alojan, en habitaciones contiguas comunicadas por una puerta interior, un asesino a sueldo y un fotógrafo fracasado y extremadamente locuaz. Este último, François Pignon, acaba de ser abandonado por su mujer y su intención más o menos inmediata es suicidarse. El objetivo del asesino, por otro lado,  es  eliminar al testigo clave de un caso contra la mafia, el cual está a punto de llegar al Palacio de Justicia, situado frente al hotel. El problema para este «profesional» es que Pignon, debido a su gran torpeza, arma un gran estrépito durante su intento de suicidio, lo cual alarma al botones del hotel, quien resuelve llamar a la policía. Obviamente esto es lo último que desea su vecino de habitación, quien a partir de ese momento se hará cargo de «consolar» al desolado fotógrafo.

Al ser una obra de edad ya respetable, no sé si Veber tomó de otra parte el estereotipo del asesino que ha de lidiar con una persona «normal» o si fue de los primeros en usar esta temática. En cualquier caso, la premisa inicial da sensación de cosa ya vista, pero pese a ello la obra funciona muy correctamente. El guión los mantiene en un conflicto permanente, propiciado sobre todo por lo cargante del personaje de Pignon, que parece incapaz de callarse y no fue concebido precisamente para que el público se identificara con él.

Más agradecido es el papel del asesino, interpretado por Ramón Langa. Poseedor de una de las dos o tres voces más reconocibles de nuestro país (como sabréis dobla a Bruce Willis, además de haber hecho cientos de anuncios), es una auténtica pena que este actor no se haya prodigado más delante de las cámaras, pues tiene talento y presencia de sobra para ello (vamos, prefiero verle a él mil veces antes que a Resines o a Coronado).

Aunque quizá no hay momentos de grandes carcajadas ni gags especialmente memorables, la tensión cómica se mantiene en todo momento, pero para que funcione la tirantez entre los dos protagonistas el libreto tiene que hacer concesiones: sinceramente, dudo que un asesino tan despiadado como el que se nos pinta tuviera la paciencia necesaria para soportar a Pignon, que no lo deja apenas un respiro; antes tomaría medidas drásticas o directamente optaría por ignorar a su insoportable vecino.

El trabajo de los actores, como era de esperar, es totalmente irreprochable, tanto el de los dos principales -que parecen disfrutar bastante sus papeles- como el de los secundarios. A destacar la voz de Miguel Ángel Fernández -el amante de la mujer de Pignon-, que podría trabajar en doblaje perfectamente, y el rotundo físico de la muy atractiva Maribel Lara, que encarna a la esposa huida. Curiosamente, en el cartel de la obra se destaca a César Diéguez -el botones-, pese a tratarse de un actor semidesconocido; apuesto a que ser el ayudante de dirección de la obra y amiguete de Blanch habrá influido en esto.

En definitiva, un ofrecimiento cómico interesante donde destaca sobre todo el trabajo actoral. Aunque probablemente no es la mejor comedia de la cartelera actual, Aquí un amigo garantiza el entretenimiento en todo momento y difícilmente decepcionará a quien se acerque a disfrutarla.

Olvidado Rey Gudú, un "Tolkien" español y melancólico

Olvidado Rey Gudú – Ana María Matute – 1996

Nos encontramos ante un libro sin duda sorprendente. ¿Qué es lo que lleva a una novelista española y septuagenaria a abordar un género tan poco habitual en nuestra literatura como la fantasía heroica? Lo ignoro, pero la barcelonesa Ana María Matute afrontó este reto con singular energía. En el grueso volumen que alberga la obra -850 páginas- se narra la saga del Reino de Olar a lo largo de cuatro generaciones. Pese a su naturaleza imaginaria, esta tierra puede identificarse de vagamente con el Centro-Norte de Europa; los habitantes del reino son indudablemente de etnia europea -quizá inspirados en los visigodos- y al parecer su lengua es nuestro español; asimismo, aparecen menciones a los romanos y al cristianismo, vinculando así la ficción de libro con nuestra realidad histórica. Olar limita al Sur con un territorio que podrían identificarse con el mediterráneo, al Norte con unas tierras heladas, al Oeste con los dominios de un gran Rey casi desconocido y al Este -la frontera que más importancia tendrá en la historia- con el llamado país de los Desfiladeros; más allá, se encuentra la interminable Estepa.

Matute nos describe la historia de este reino con gran cuidado y detalle desde sus duros comienzos. El fundador de la dinastía, el conde Olar, un hombre tosco y algo brutal, pero también ambicioso y con visión de futuro. Este noble hará todo lo posible por que el malhadado pedazo de tierra que le ha caído en suerte gobernar alcance la mayor prosperidad posible. Tras lograr ampliar y estabilizar el territorio, el conde recibe de parte del Rey de Oriente la dignidad de Margrave, pero a medida que pasa el tiempo este rey da cada vez menos señales de vida, por lo que Olar será cada vez más independiente. El azote de Olar serán siempre los guerreros de la Estepa, que en sus constantes incursiones aterrorizan la frontera del Este.

Gran parte de la obra está presidida por un ambiente feísta y opresivo, tratándonos de transmitir la atmósfera de unos dominios a los que les cuesta muchísimo sacudirse la brutalidad, la suciedad y la falta de refinamiento de sus gentes. Según transcurren los años seremos testigos de los esfuerzos de diferentes personajes para refinar y dignificar el reino. El conde Olar, ya rey, deja varios descendientes detrás suyo, siendo su sucesión motivo de disputa. De hecho, uno de los puntos fundamentales del libro será la forma en que cada monarca de la siguiente generación se hace con el trono, casi siempre de forma violenta y ajena al cauce normal.

Aunque la mayoría de miembros de la dinastía hereda los pobres rasgos intelectuales y físicos de sus antecesores, poco a poco la raza se va mejorando y refinando, merced a matrimonios con damas de mejores cualidades. Será ya el nieto del conde quien realmente cimente la grandeza de Olar, anexionando nuevos territorios, hollando fronteras desconocidas e incluso manteniendo a ralla a los guerreros de la estepa. En esta fase de la novela aparece uno de los personajes fundamentales, quizá la auténtica protagonista: la pequeña Ardid. Hija de un noble menor de los países del sur, Ardid verá cómo su familia es masacrada en una de las campañas de conquista del rey, jurando venganza en ese momento (¡como Batman!). Para lograr este propósito contará con la inestimable ayuda de su mentor, un viejo erudito medio brujo, y de una criatura mágica, el trasgo del sur, al que pocos mortales pueden ver y poseedor de grandes poderes. Juntos urdirán un elaborado plan.

Baste decir que tras una larga serie de vicisitudes Ardid logrará introducirse en el mismo corazón de Olar y tener una relación directísima con el nuevo rey, Gudú, personaje central de la obra. Este monarca se nos presenta como culminación de toda la dinastía, más inteligente, preparado y ambicioso que todos sus antecesores, proponiéndose desde temprana edad superar todos sus logros. No sólo eso: el objetivo de Gudú no será otro que ser el mayor rey conocido por la humanidad. Alguien que comparte esta meta tratará de ayudarle por todos los medios, tanto naturales como sobrenaturales, con consecuencias imprevisibles.

La mirada del rey estará siempre virada hacia el Oeste, hacia la estepa, auténtica obsesión de su estirpe. Esa vasta región, de donde proceden los más poderosos y despiadados guerreros, representa para los reyes de Olar el desafío, lo misterioso y desconocido. Este avance hacia la última frontera es uno de los puntos pivotales del libro, donde alcanza sus momentos más brillantes como novela épica y de aventuras.

El elemento fantástico está introducido de forma sutil y equilibrada, siendo menos predominante que en obras anglosajonas de similar temática. Así, aunque definitivamente la magia está presente en todo el libro, e influye en algunos hechos de forma fundamental, Matute evita darle un papel preponderante a razas fantásticas como elfos, orcos, enanos y similares, tan habituales en el género; por contra, prefiere introducir con cuentagotas criaturas como el ya citado Trasgo, ondinas, hadas y de forma fugaz un dragón, todos con el suficiente peso como para dar un toque mágico a la historia, pero sin que lo fantástico domine por lo general la narración. De este modo, si obvíaramos los elementos sobrenaturales, la novela podría pasar por una crónica histórica verdadera, o al menos razonablemente verosímil, siendo este equilibrio uno de los elementos más interesantes de la obra.

La mayor virtud de Olvidado Rey Gudú es que a pesar de su enorme extensión se lee de forma fácil y fluida, manteniendo el interés en todo momento. Es un libro muy difícil de soltar, merced a su estructura casi culebronesca, repleta de intrigas, romances, luchas entre reinos y conquistas. Hay que alabar su variedad argumental y una constante aparición de nuevos y sorprendentes personajes. Así, a los citados se unen al príncipe Almíbar, hijo de humano y de hada, capaz de comunicarse con los pájaros y poseedor de una sensibilidad única; Tontina, princesa absolutamente inconsciente y feliz traída a Olar como consorte del rey desde una tierra «más allá del tiempo», acompañada de un séquito que se mueve entre el mundo real y la pura fantasía. O la perspicaz reina Leonia, soberana absoluta de una isla donde el lujo, la riqueza y la exuberancia son los valores supremos. Todos conforman un tupido tapiz en cuyo centro se encuentra Gudú y sobre todo Ardid, auténtico hilo conductor de la obra. Como se puede ver, Matute tiene un criterio cuando menos peculiar a la hora de escoger los nombres en esta obra, pero pese a lo chocante de algunos, hay que tomarlo como un juego al que la autora invita al lector, realtando también el parentesco de la obra con los cuentos de hadas.

Una constante a lo largo del libro es la progresiva melancolía que se va haciendo patente en los personajes por el paso del tiempo, abriéndoles los ojos a la fugacidad de la condición humana y todas sus obras. Asisten así impotentes a su gradual decadencia, embargados ocasionalmente por la pena de lo perdido. Matute apunta a la infancia como a la época de felicidad más intensa -simbolizada en el mágico «árbol de los juegos»-, de la que se debe conservar tanto como sea posible. En general se nos transmite un escepticismo respecto a todo lo humano, dando a entender que lo feo e innoble se dan con mucha más frecuencia que sus opuestos. También se relaciona la grandeza del reino con sus campañas de conquista y destrucción, aunque sin llegar a un planteamiento antibélico: más bien se nos da a entender que esta relación es inevitable y hasta deseable (como ocurrió por ejemplo con el imperio romano), pero que un exceso de ambición puede desvirtuar el motivo de la expansión. Por ello, la obra es también una reflexión sobre la ambición humana, sus consecuencias y las renuncias que implica. Es esa atmósfera melancólica y la gran incidencia en las relaciones personales lo que más distingue la obra de Matute de la de autores más especializados en este género.

Por todo lo expuesto, Olvidado Rey Gudú es una obra singular en nuestras letras, por lo general tan apegadas al realismo sin más o al empalagoso realismo mágico. El estilo, como he mencionado, es fluido y muy agradable de leer, y sólo hay que lamentar una profusión de errores de redacción, que aunque comprensibles por el gran número de páginas, se deben sin duda a una inadecuada revisión de la obra, la cual merece una edición corregida que haga justicia a su contenido (sugerencia para la autora y la editorial). Por lo demás, es un título que permanece en el recuerdo y agradará fácilmente tanto al lector de fantasía heroica como a un público más general, sobre todo si gusta de la aventura y el romance. Tan sólo cabe objetar que la autora puede haber cargado demasiado las tintas en el torno taciturno de algunos pasajes, sin el cual la narración podría haber funcionado igual de bien. Es es cualquier caso una propuesta refrescante, que proporciona una intensa y profunda experiencia lectora. Recomendado.