Revolución twittera


«¡Mira mami, soy inconformista!»

Es el tema del momento, el trending topic, que dicen ahora: unos cuantos miles de individuos variopintos han decidido okupar la Puerta del Sol con el único nexo común del descontento. A través de mis propias observaciones y examinando múltiples opiniones, he intentado vislumbrar qué podría haber de meritorio o duradero en este tan improvisado movimiento, y finalmente he sacado unas conclusiones bastante claras: es ésta una revolución de poquísimo peso y calado, con una fecha de caducidad tan cercana como el próximo domingo. Entiendo -de verdad lo hago- a los que quieren buscar un contenido significativo a esta protesta, remitiéndonos a su germen allá por noviembre, tras la aprobación de la ley Sinde, y nos repiten los tres supuestos puntos básicos que aglutinan a todos los que la apoyan. Lamento decir que vale más la buena voluntad de estos defensores que lo que en realidad se está cociendo en la emblemática y maltratada plaza madrileña.

Parece que, efectivamente, hay tres puntos son comunes a todo el batiburrillo ideológico de la acampada (cambio de ley electoral, separación de poderes y listas abiertas). El problema es el abundante y pesadísimo equipaje que los heterogéneos manifestantes han añadido a ese esqueleto principal. Basta con dar un rápido vistazo a la congregación para ver que, más allá de una supuesta neutralidad ideológica, hay una aplastante predominancia de las múltiples variantes de la izquierda, desde sus versiones supuestamente ligeras como las juventudes de IU (comunistas, aunque se avergüencen de decirlo) al puro y llano perroflautismo; y si nos paramos a escucharles, obviamente ya no es tan fácil estar de acuerdo con lo que se demanda. Además, para ser un grupo que supuestamente llama al debate y la reflexión, se han visto lamentables muestras de intolerancia (un «representante» de uno de los subgrupos espetaba a una reportera: «¿Sois de Telemadrid? Vete a la mierda de aquí» (sic)). Imposible también ignorar la presencia de personajes que llevan años haciendo bandera del sectarismo más insufrible, como Guillermo Toledo, y la de otros que no producen tanto rechazo, pero sí cierto sonrojo por seguir fantaseando con la revolución ya en los albores de la cincuentena, como Álex de la Iglesia.

Y claro, me dirán: lo que importa no es quién se sube al carro, quién mete ruido, sino las ideas meritorias que se están defendiendo. Pues no, al contrario: cuando se proponen modelos a la sociedad, es fundamental con quién te juntas y con quién apareces a la hora de haerlo. Las ideas son transmitidas por personas, que las avalan con su trayectoria personal. Poco o nada provechoso pueden avalar personajes como Toledo, ni tampoco ningún representante de la totalitaria y confiscatoria ideología del comunismo. ¿Cómo es posible quedarse sólo con los 200, 300 o 500 que únicamente defienden los tres puntos básicos de la protesta e ignorar a los otros 5000 que se descuelgan reclamando viviendas gratis, nacionalizaciones, servicios sociales y demás lista de la compra de los estadoadictos? La protesta-propuesta de Sol es demasiado heterogénea, carece de articulación y se sostiene en pilares demasiado frágiles, a saber: muchas personas compartiendo el mismo espacio físico, un tiempo que acompaña -de momento- y el atractivo para unos medios deseosos de llevarse algo a la boca en una campaña electoral mayormente anodina. Es una revolución de usar y tirar, que se resume en dos minutos de telediario y un puñado de tweets, transmitidos -aunque no neesariamente- desde el propio lugar de la acción, porque es «donde hay que estar». Y si se puede resumir en píldoras de 140 caracteres es porque realmente no hay más que contar. Un mayo del 68 igual de vacuo que el original, pero ni siquiera con el drama de la violencia, con smartphones en vez de adoquines.

El horizonte, como decía antes, llega hasta el domingo, día de las elecciones municipales, por supuesto violando la «jornada de reflexión», concepto por otra parte ya ridículo y obsoleto. Hay quien teme que esto no sea más que otra maniobra teledirigida para intentar amortiguar el batacazo del PSOE. No sé qué habrá de cierto, pero sinceramente lo dudo, como dudo que vaya a tener una influencia más allá de lo anecdótico en los resultados. Llegamos pues a la gran pregunta: ¿qué hacemos con nuestro descontento, a quién votamos para romper la rueda infernal del bipartidismo? Pues oye, son unas municipales/autonómicas: al que más convenga donde vivas. Si eres de Leganés, igual te molesta, entre otras cosas, que haya un busto del terrorista Ernesto Guevara en la calle; si vives en el País Vasco, quizá tu voto contribuya a frenar la definitiva deriva de la región al totalitarismo; puede que te haga tilín el candidato a alcalde de UPyD en tu pueblo; o si miras el programa de un partido de esos que llaman de «ultraderecha», igual se identifica con tus ideas y necesidades más de lo que pensabas.

En suma: vota, a quien te salga del nabo, pero hazlo, aunque sea en blanco. Y si te sabe a poco, si piensas que así nada cambia, movilízate, pero no tocando los cojones en la Puerta del Sol: forma un grupo de canción protesta rock o punk; escribe un ensayo y cuélgalo en internet; habla con libertad y claridad a los de tu círculo; lee y fórmate; estudia una carrera de verdad y con demanda en el mercado; haz un blog como el genial «Destruir Zaragoza«; busca una idea y abre una empresa; ten hijos y edúcalos. Resumiendo, sé sociedad civil y pregúntate lo que puedes hacer, no lo que pueden hacer por ti. Y si realmente estás hasta los huevos de España, puedes intentar emigrar y empezar de cero. Tampoco estará de más recordar que la vida no es perfecta, y que crisis y descontentos ha habido siempre. Esperanza aún queda (no es homenaje a Aguirre), y cosas que hacer también; pero en las que yo haga, desde luego no tendré a los campistas de Sol como compañeros de viaje. Al acabar esta micromoda, cuando se despeje la vía pública y surjan los nuevos trending topics, sólo pido dos cosas: que devuelvan el cartel de Tío Pepe a su sitio y que Gallardón impida la mendicidad encubierta en una plaza que tras su reforma iba a ser teóricamente un lugar de solaz y paseo. A ver si de su afición a prohibir acaba saliendo algo bueno.
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