La conjura de los necios: Comedieta de bajos vuelos

A Confederacy of Dunces – John Kennedy-Toole (circa 1965)

La conjura de los necios es una novela que se cruza persistentemente en nuestras vidas : es fácil encontrarse en cualquier parte a alguien leyendo un ejemplar, siempre con la misma ilustración de portada, el orondo protagonista con un perrito caliente y un pequeño sable. Es pues un best-seller sempiterno, compartiendo categoría con Los pilares de la tierra, El perfume, El ocho y títulos similares. Lo que quizá separa a La conjura de esas otras obras es su fama de libro «intelectual» y «rabiosamente divertido». Con esa reputación, era inevitable que un amante de los fenómenos de masas y del humor ácido como yo acabara echándole un vistazo.

Antes de abordar la novela en sí, resulta inevitable hacer mención su autor: John Kennedy Toole, natural de Nueva Orleans, tuvo una vida que se puede calificar de poco reseñable. Vivió casi siempre en la residencia familiar, bajo la sombra de una madre muy dominante. Militar de carrera, su escape espiritual era la escritura, pero en su breve vida tan sólo completó dos novelas. La conjura de los necios, escrita en los años 60, era al parecer tenida en gran estima por Toole, pero pese a sus esfuerzos no logró encontrar editor. Desmoralizado y al parecer atormentado por inclinaciones homosexuales, el escritor decidió poner fin a su vida en un pueblo a las afueras de Nueva Orleans, aplicando una manguera al tubo de escape de su coche e introduciéndola por la ventanilla del mismo. Así, la novela permaneció inédita en un cajón durante varios lustros, hasta que la madre del autor decidió desempolvarla y entregársela a un escritor,Walker Percy, insistiendo en la valía del texto. Percy decidió darle una oportunidad a la obra y se enamoró de ella, logrando que se publicara con una pequeña tirada en 1980. Cabalgando sobre la truculenta historia de su fallecido autor, la novela se convirtió primero en un libro de culto, y poco después en un éxito de masas, catapultada por la obtención del premio Pulitzer de ficción a título póstumo.

Pasemos ya al libro en sí, para mí un claro caso de «Emperador desnudo». La figura central es Ignatius J. Reilly, un tipo cuyas peripecias se hacen duras de seguir, pues se trata de un personaje detestable, sin ninguna cualidad redentora, y lo que es peor, muy poco interesante. Reilly vive con su madre en una casa ruinosa y sufre obesidad mórbida, lo que no es de extrañar teniendo en cuenta sus muy poco sanos hábitos: le gusta devorar cualquier tipo de comida basura en grandes cantidades y pasa prácticamente todo el día en la cama, redactando farragosos textos sobre la degeneración de la sociedad moderna. Aunque parece que el autor quiere presentar a Reilly como un hombre de gran capacidad intelectual, sus puntos de vista no son especialmente agudos ni certeros, sino más bien pedantes y a menudo contradictorios. Además de su glotonería y su pereza, Ignatius ignora las normas más elementales de higiene y urbanidad, dejando sin lavar durante meses las sábanas entre las que pasa tanto tiempo, y eructando y soltando ventosidades varias veces a lo largo del dlía. Humor sutil, como se puede ver.

Por supuesto, el protagonista de una novela no necesita ser una persona ejemplar para resultar atractivo -abundan ejemplos de lo contrario-, pero el problema de Reilly es que  nada en su carácter ni en sus actos contrarresta el rechazo que genera. Es un ser egoísta y egocéntrico, que pese a sus innumerables taras trata a sus semejantes con desprecio y un sempiterno aire de superioridad. Ni siquiera su madre se salva, pese la gran dependencia que tiene de ella en todos los aspectos. Claro que la buena señora Reilly también tiene lo suyo: de hecho es una mujer bastante insoportable, quejumbrosa, inculta y perpetuamente pesimista, dada a los excesos con el vino para rematar. Pero al menos muestra un cariño y una fe casi incondicionales en su hijo, con lo que ya sale ganando en la comparación con él.

La trama de la novela es anecdótica y bastante olvidable: comienza con Reilly dedicando su tiempo, además de a la (escasa) escritura y a comer, a ver programas de televisión y películas de cine deleznables. Ignatius siente un gran deleite criticándolos con ferocidad e indignándose durante su visionado,  sin duda por la sensación de superioridad intelectual que esto le produce. Una noche, Reilly y su madre sufren un pequeño accidente de coche que provoca daños materiales cuya reparación son incapaces de acometer, por lo que Ignatius deberá, por primera vez en su vida, buscar empleo.

A lo largo de su periplo laboral, Reilly interactúa con personas distintas a su madre por primera vez en mucho tiempo. Aunque de forma inesperada algunas de ellas llegan a apreciarle e incluso considerarle una persona de valía, Ignatius no varía un ápice en su cretinismo, mostrándose absolutamente incapaz de corresponder la confianza que depositan en él o de mostrar agradecimiento, haciendo dejación de sus funciones laborales e incluso saboteando activamente a sus empleadores. Como he mencionado antes, su comportamiento es marcadamente escatológico, eructando constantemente y declarándose a menudo incapaz de realizar esfuerzos físicos debido al cierre de su válvula pilórica. Las alusiones a «su válvula» se repiten machaconamente a lo largo del libro, al parecer consideradas por el autor un hilarante recurso cómico.

Reilly plasma sus peripecias en un diario personal que nos amplía su estrafalaria visión del mundo. Pese a haberse licenciado en historia medieval y poseer una amplia cultura, ésta no le ayuda a comprender a sus semejantes ni la realidad que le rodea, haciendo gala de una extravagante ideología que mezcla lo más reaccionario tanto de la derecha como de la izquierda. La única persona que parece importarle es una antigua compañera de estudios y militante progresista, Myrna Minkoff, y pese a que asegura despreciarla, dedica ingentes esfuerzos para impresionarla en la correspondencia que intercambian, tratando de hacerle ver la superioridad de su visión del mundo y pintando sus tragicómicas desventuras como audaces iniciativas. Los mayores desmanes cometidos por Reilly tienen como motivación este afán de impresionar a su conocida.

Existen tres subtramas que se relacionan con la principal: la primera concierne un local nocturno de mala muerte llamado «Noche de alegría» y sus trabajadores, junto a las bastante intrascendentes actividades delictivas que en él se realizan. La segunda sigue la evolución de la madre de Reilly, que empieza a salir de casa y hacer vida social tras trabar relación con un policía que detuvo a su hijo y con su anciana tía. Este patrullero, Mancuso, protagoniza las intentonas de humor más fallidas de la novela: debido a sus constantes fracasos, es castigado por su superior a patrullar la ciudad con diferentes disfraces, en un artificio cómico más propio de la época del cine mudo. La última subtrama se centra en una de las empresas donde trabaja Reilly, Levy Pants, poblada de personajes a cual más gris y deprimente. Las constantes y repetitivas bromas a cuenta de la avanzada edad de una de sus empleadas vuelven a fracasar a la hora de intentar arrancar la sonrisa al lector. No obstante, el presidente de esta empresa, Gus Levy, es el único personaje de la novela que consiguió interesarme y despertarme una genuína simpatía: Horrorizado por su deprimente negocio, Levy se dedica a disfrutar de su dinero llevando un estilo de vida hedonista, mientras trata de lidiar con las agresiones verbales y las absurdas demandas de su insoportable y manipuladora esposa.

La conjura de los necios fracasa a varios niveles: Argumentalmente no logra poner en pie una historia que interese; tampoco logra cautivar mediante la vía del retrato costumbrista, ofreciendo descripciones poco más que superficiales de Nueva Orleans, su idiosincrasia y sus habitantes; como colección de viñetas cómicas, huelga decir que es un verdadero desastre, no logrando ofrecer ningún pasaje genuínamente divertido. ¿A qué se puede achacar pues su éxito? Diría que en primer lugar a la desdichada historia de su autor, y en segundo a que se trata de un libro tan simple que cualquiera puede sentirse «intelectual» leyendo esta obra repetidamente calificada como cumbre del humor inteligente. Como decía al principio, el emperador está desnudo (y es muy gordo). Resulta paradójico que Ignatius disfrutara con películas horribles precisamente por serlo, mientras que muchos lectores de esta novela del montón disfrutan con ella pensando que es una obra maestra.

A los que aún no se han asomado al libro, decirles que hay mejores formas de invertir el tiempo que leer este compendio de desventuras al estilo Benny Hill, como por ejemplo ver la serie del propio cómico inglés. Al menos resultaba mucho menos pretenciosa, y en ocasiones, también, mucho más divertida.

España en Eurovisión: Razones de un fracaso

En el espectáculo televisivo más interesante de la primavera, el festival de Eurovisión, España resultó nuevamente humillada, penúltima con un solo voto de diferencia, por encima de los infortunados Waldo’s People de Finlandia. Muchos de mis fieles lectores dirán: «¿Pero Eurovisión no es la mayor MIERDA catódica (o plasmática) que pueda uno echarse a la cara?» No. Solía serlo, solía serlo. Desde mediados de los 80 a fin de siglo vivió una decadencia espectacular, siendo una especie de compendio de lo peor de la canción ligera europea. El espectáculo era soso y hortera, y yo censuraba duramente a cualquiera que perdiese preciosas horas de su vida con tan degradante pasatiempo. Por aquella época enviábamos a gente como el muy gay David Civera, y lo peor era que los demás países enviaban a gente parecida.

Pero hete aquí que con el nuevo milenio el ex-bloque soviético entra en Eurovisión. Ansiosos de coger el tren de la historia que habían perdido tantas veces, para ellos el festival era algo poco menos que mítico, que seguramente sólo habían podido ver clandestinamente, y que en esta nueva era les permitía entrar en el selecto club europeo como uno más. Estas naciones estaban ansiosas por llamar la atención, y vaya si lo hicieron: revolucionaron el vetusto festival mandando números trabajadísimos, espectaculares, y sobre todo aprovechando la mejor baza de la que disponían: su ilimitado caudal de belleza humana.

Con su falta de complejos, los recién llegados desconcertaron a los países veteranos: de repente aquello se había llenado de mozas espectaculares que despreciaban las baladas mariconas, presentando temas discotequeros ultrabailables o cualquier otra cosa que rompiera moldes. ¡Inaceptable! ¿O no? Resulta que a las audiencias les encantó, y el ente Eurovisión decidió seguir el juego, montando un evento cada año más exuberante. La victoria del conjunto finlandés de Black Metal Lordi en una de las últimas ediciones despejaba cualquier duda: había nacido un festival totalmente nuevo. Actualmente es un espectáculo de primera magnitud, joven, popular y entretenidísimo. El presupuesto gastado en las galas es enorme, y estas se celebran sobre escenarios tecnológicos ultramodernos que dejan en evidencia a los de cualquier superestrella del rock. Los paneles de Alta Definición usados en la última edición debieron costar una cantidad obscena de euros.


La azerbaiyana, casi nada.

La Eurovisión actual es ante todo un festival de la belleza europea, y los organizadores lo reconocen implícitamente sin tapujos: en general, para salir en pantalla es necesario un físico de modelo, ya seas participante, presentador o simplemente el que da los puntos de cada país. Las naciones con más solera en el festival se han dado cuenta en pocos años de la superioridad genética del bloque del Este, y por ello se esmeran por enviar lo más guapo y lustroso de sus establos. Pero España no, España no se ha enterado: sigue participando en el concurso como si aún estuviéramos en 1995. Aquí Eurovisión estaba absolutamente muerta hasta que TVE se sacó de la chistera Operación Triunfo, maniobra muy habilidosa para captar el interés de la audiencia local y vender discos infames, pero no para GANAR el festival. La prueba más obvia es que en la primera edición de OT mandamos a la gorda de Rosa López, quien pese a llevar una canción bastante aceptable no tuvo nada que hacer con los bellezones que ya habían conquistado el ESC (Eurovision Song Contest, como lo llama la tribu internetera).

Y así hemos seguido año tras año, con Operaciones Triunfo y sin ellas, mandando lo de siempre: cantarines semipopulares de físico mediocre y, sobre todo, con canciones horrendas, concebidas para cubrir el expediente. El ejemplo paradigmático llegó al año siguiente de la López, con la tal Beth y su aburridísma «Dime». Las Ketchup, que tuvieron un hit perfecto para Eurovisión con el Aserejé, se presentaron con la incalificable «Bloody Mary». Francamente, la vez que estuvimos más cerca de entender el nuevo espíritu fue con el Chiqui Chiqui; al menos contribuimos algo al espectáculo. Sin embargo, no entendimos que Chiquilicuatre sería sólo un friki más de entre tantos de la nueva hornada, no lo bastante distinguible como para optar a algo importante.

Lo de Soraya, o Soyaya , era la crónica de una muerte anunciada. ¿Por qué mandó TVE a esta muchacha? ¿Era la mejor cantante, interpretaba el mejor número posible? No, era la favorita del público, del muy cateto y alienado público español. Después de cada Festival llegan las lamentaciones, y unos debates profundamente hipócritas sobre la causa del fracaso: Al terminar la última edición, los de TVE tenían unas caras larguísimas: «Ha sido injusto…» «No entiendo cómo hemos quedado tan mal…» ¡Incluso el bueno de Uribarri decía que había que protestar enérgicamente! Ni protestas ni hostias: El voto es absolutamente libre y la canción de España era pura mierda. Ésa y no otra fue la causa de la desastrosa clasificación. De hecho, el propio Uribarri reconoció días después este extremo, calificando el tema de Soraya de «cancioncilla».

Para ayudarles a corregir esta lamentable situación, voy a darle a TVE  unos consejitos para el éxito: Si queremos ganar hace falta belleza, belleza y belleza. No, no vale una semimaciza como Soyaya, hay que llevar a un auténtico pibón, de los que hacen girar cabezas por las calles, e incluso llevar más de una. Si es un participante masculino, que también lleve pibones de acompañantes. Ahí están los ejemplos este año de Estonia e Islandia, canciones sólo aceptables pero interpretadas por mujeres bellísimas que captaron inmediatamente la atención del público. Azerbaiyán llevó una canción normalilla, pero la componente femenina del dúo era una auténtica diosa morena. Resultado: Islandia quedó segunda y Azerbaiyán tercera. Las tres bellezas presentadas por Turquía quedaron muy arriba también.

Y la canción, por Dios, la canción tiene que ser buena. Además tiene que entrar en la cabeza a la primera. La mayoría del público y los jurados van a oir las canciones sólo dos o tres veces, o incluso sólo una: por ello han de tener un ritmo contagioso y ser inmediatamente tarareables o bailables. Ejemplo perfecto fue la canción de Noruega, interpretada por Alexander Rybak, que destrozó el récord histórico de puntos, añadiéndole un chaval guapo parecido a Zac Efron y dos mozas de escotes generosos. Si además rematas el número un «gimmick» como tocar el violín en escena, tienes el conjunto completo. Y por supuesto está el detalle de inteligencia diabólica de escoger a un chaval de origen eslavo, bielorruso concretamente, lo que arrastraba el inmenso granero de votos de esa zona.


Ani Lorak, insuperable.

Para mí la canción paradigmática de Eurovisión es el Shady Lady de la ucraniana Ani Lorak, injustísima perdedora el año pasado: canción cañera y pegadiza, interpretada por una mujer perfecta y con una coreografía extraordinaria. Tan sólo el gran número de países afines a Rusia decantó la victoria para esta nación en detrimento de Ucrania. Resulta muy raro que Mónica Naranjo no haya ido nunca a Eurovisión (creo), porque es el tipo de cantante con posibilidades de éxito en este concurso. TVE tiene que buscar alguien de su tipo, pero muy jovencita, de veintipocos años, y si posee ancestros eslavos mucho mejor. ¿No tenemos alguna bella muchacha inmigrante del Este europeo que quiera triunfar en la canción? Ante todo, se tiene que hacer una preselección y no someter a votación popular cualquier cosa: sólo debe pasar el primer filtro gente MUY GUAPA y canciones claramente ganadoras, y a partir de ahí que voten los gañanes del público.

No puede ser tan difícil encontrar un buen compositor y coreógrafo. Gran Bretaña, harta de humillaciones, este año escogió a Andrew-Fucking-Lloyd Webber como compositor para su canción, y no sólo eso, le debieron pagar una morterada para interpretar él mismo la melodía al piano en escena, mientras una mulatita guapísima cantaba. Este señor es nada menos que caballero del Imperio, más o menos como si nosotros mandáramos a Plácido Domingo. Los ingleses se lo curraron (aunque creo que Webber compuso con el piloto automático), y mira por dónde lograron puntuaciones muy altas. Los tiempos de Salomé, Massiel y Betty Misiego quedaron atrás. Nuestra próxima ganadora tendrá curvas de escándalo y será rubia como una valquiria. ¿Dónde estás, Natasha?
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Aquí un amigo: dos actores a sus anchas

Ha pasado más de un cuarto de siglo desde el estreno de esta obra en Francia, donde ha batido récords de longevidad en cartelera. Teniendo en cuenta el éxito de otros trabajos de Francis Veber en nuestro país (La cena de los idiotas, Salir del armario…), Aquí un amigo ofrecía una razonable garantía de éxito para la compañía que se decidiera a importarla. Y ésa ha sido la apuesta del veterano Jaime Blanch, que dirige y protagoniza la versión española de esta obra, cuyo título original (L’Emmerdeur) seguramente sería mucho menos amable de haberse traducido de forma literal. Blanch quizá no os suene mucho por el nombre, pero se ha hartado de hacer televisión y teatro, su cara es instantaneamente reconocible. Yo le conozco sobre todo por el apotéósico culebrón español Obsesión, donde tuvo la suerte de compartir reparto durante ciento y pico capítulos con la indescriptiblemente bella Vanesa Cabeza, haciendo de su padre.

La premisa de la obra es bien sencilla: en un hotel fráncés se alojan, en habitaciones contiguas comunicadas por una puerta interior, un asesino a sueldo y un fotógrafo fracasado y extremadamente locuaz. Este último, François Pignon, acaba de ser abandonado por su mujer y su intención más o menos inmediata es suicidarse. El objetivo del asesino, por otro lado,  es  eliminar al testigo clave de un caso contra la mafia, el cual está a punto de llegar al Palacio de Justicia, situado frente al hotel. El problema para este «profesional» es que Pignon, debido a su gran torpeza, arma un gran estrépito durante su intento de suicidio, lo cual alarma al botones del hotel, quien resuelve llamar a la policía. Obviamente esto es lo último que desea su vecino de habitación, quien a partir de ese momento se hará cargo de «consolar» al desolado fotógrafo.

Al ser una obra de edad ya respetable, no sé si Veber tomó de otra parte el estereotipo del asesino que ha de lidiar con una persona «normal» o si fue de los primeros en usar esta temática. En cualquier caso, la premisa inicial da sensación de cosa ya vista, pero pese a ello la obra funciona muy correctamente. El guión los mantiene en un conflicto permanente, propiciado sobre todo por lo cargante del personaje de Pignon, que parece incapaz de callarse y no fue concebido precisamente para que el público se identificara con él.

Más agradecido es el papel del asesino, interpretado por Ramón Langa. Poseedor de una de las dos o tres voces más reconocibles de nuestro país (como sabréis dobla a Bruce Willis, además de haber hecho cientos de anuncios), es una auténtica pena que este actor no se haya prodigado más delante de las cámaras, pues tiene talento y presencia de sobra para ello (vamos, prefiero verle a él mil veces antes que a Resines o a Coronado).

Aunque quizá no hay momentos de grandes carcajadas ni gags especialmente memorables, la tensión cómica se mantiene en todo momento, pero para que funcione la tirantez entre los dos protagonistas el libreto tiene que hacer concesiones: sinceramente, dudo que un asesino tan despiadado como el que se nos pinta tuviera la paciencia necesaria para soportar a Pignon, que no lo deja apenas un respiro; antes tomaría medidas drásticas o directamente optaría por ignorar a su insoportable vecino.

El trabajo de los actores, como era de esperar, es totalmente irreprochable, tanto el de los dos principales -que parecen disfrutar bastante sus papeles- como el de los secundarios. A destacar la voz de Miguel Ángel Fernández -el amante de la mujer de Pignon-, que podría trabajar en doblaje perfectamente, y el rotundo físico de la muy atractiva Maribel Lara, que encarna a la esposa huida. Curiosamente, en el cartel de la obra se destaca a César Diéguez -el botones-, pese a tratarse de un actor semidesconocido; apuesto a que ser el ayudante de dirección de la obra y amiguete de Blanch habrá influido en esto.

En definitiva, un ofrecimiento cómico interesante donde destaca sobre todo el trabajo actoral. Aunque probablemente no es la mejor comedia de la cartelera actual, Aquí un amigo garantiza el entretenimiento en todo momento y difícilmente decepcionará a quien se acerque a disfrutarla.

Olvidado Rey Gudú, un "Tolkien" español y melancólico

Olvidado Rey Gudú – Ana María Matute – 1996

Nos encontramos ante un libro sin duda sorprendente. ¿Qué es lo que lleva a una novelista española y septuagenaria a abordar un género tan poco habitual en nuestra literatura como la fantasía heroica? Lo ignoro, pero la barcelonesa Ana María Matute afrontó este reto con singular energía. En el grueso volumen que alberga la obra -850 páginas- se narra la saga del Reino de Olar a lo largo de cuatro generaciones. Pese a su naturaleza imaginaria, esta tierra puede identificarse de vagamente con el Centro-Norte de Europa; los habitantes del reino son indudablemente de etnia europea -quizá inspirados en los visigodos- y al parecer su lengua es nuestro español; asimismo, aparecen menciones a los romanos y al cristianismo, vinculando así la ficción de libro con nuestra realidad histórica. Olar limita al Sur con un territorio que podrían identificarse con el mediterráneo, al Norte con unas tierras heladas, al Oeste con los dominios de un gran Rey casi desconocido y al Este -la frontera que más importancia tendrá en la historia- con el llamado país de los Desfiladeros; más allá, se encuentra la interminable Estepa.

Matute nos describe la historia de este reino con gran cuidado y detalle desde sus duros comienzos. El fundador de la dinastía, el conde Olar, un hombre tosco y algo brutal, pero también ambicioso y con visión de futuro. Este noble hará todo lo posible por que el malhadado pedazo de tierra que le ha caído en suerte gobernar alcance la mayor prosperidad posible. Tras lograr ampliar y estabilizar el territorio, el conde recibe de parte del Rey de Oriente la dignidad de Margrave, pero a medida que pasa el tiempo este rey da cada vez menos señales de vida, por lo que Olar será cada vez más independiente. El azote de Olar serán siempre los guerreros de la Estepa, que en sus constantes incursiones aterrorizan la frontera del Este.

Gran parte de la obra está presidida por un ambiente feísta y opresivo, tratándonos de transmitir la atmósfera de unos dominios a los que les cuesta muchísimo sacudirse la brutalidad, la suciedad y la falta de refinamiento de sus gentes. Según transcurren los años seremos testigos de los esfuerzos de diferentes personajes para refinar y dignificar el reino. El conde Olar, ya rey, deja varios descendientes detrás suyo, siendo su sucesión motivo de disputa. De hecho, uno de los puntos fundamentales del libro será la forma en que cada monarca de la siguiente generación se hace con el trono, casi siempre de forma violenta y ajena al cauce normal.

Aunque la mayoría de miembros de la dinastía hereda los pobres rasgos intelectuales y físicos de sus antecesores, poco a poco la raza se va mejorando y refinando, merced a matrimonios con damas de mejores cualidades. Será ya el nieto del conde quien realmente cimente la grandeza de Olar, anexionando nuevos territorios, hollando fronteras desconocidas e incluso manteniendo a ralla a los guerreros de la estepa. En esta fase de la novela aparece uno de los personajes fundamentales, quizá la auténtica protagonista: la pequeña Ardid. Hija de un noble menor de los países del sur, Ardid verá cómo su familia es masacrada en una de las campañas de conquista del rey, jurando venganza en ese momento (¡como Batman!). Para lograr este propósito contará con la inestimable ayuda de su mentor, un viejo erudito medio brujo, y de una criatura mágica, el trasgo del sur, al que pocos mortales pueden ver y poseedor de grandes poderes. Juntos urdirán un elaborado plan.

Baste decir que tras una larga serie de vicisitudes Ardid logrará introducirse en el mismo corazón de Olar y tener una relación directísima con el nuevo rey, Gudú, personaje central de la obra. Este monarca se nos presenta como culminación de toda la dinastía, más inteligente, preparado y ambicioso que todos sus antecesores, proponiéndose desde temprana edad superar todos sus logros. No sólo eso: el objetivo de Gudú no será otro que ser el mayor rey conocido por la humanidad. Alguien que comparte esta meta tratará de ayudarle por todos los medios, tanto naturales como sobrenaturales, con consecuencias imprevisibles.

La mirada del rey estará siempre virada hacia el Oeste, hacia la estepa, auténtica obsesión de su estirpe. Esa vasta región, de donde proceden los más poderosos y despiadados guerreros, representa para los reyes de Olar el desafío, lo misterioso y desconocido. Este avance hacia la última frontera es uno de los puntos pivotales del libro, donde alcanza sus momentos más brillantes como novela épica y de aventuras.

El elemento fantástico está introducido de forma sutil y equilibrada, siendo menos predominante que en obras anglosajonas de similar temática. Así, aunque definitivamente la magia está presente en todo el libro, e influye en algunos hechos de forma fundamental, Matute evita darle un papel preponderante a razas fantásticas como elfos, orcos, enanos y similares, tan habituales en el género; por contra, prefiere introducir con cuentagotas criaturas como el ya citado Trasgo, ondinas, hadas y de forma fugaz un dragón, todos con el suficiente peso como para dar un toque mágico a la historia, pero sin que lo fantástico domine por lo general la narración. De este modo, si obvíaramos los elementos sobrenaturales, la novela podría pasar por una crónica histórica verdadera, o al menos razonablemente verosímil, siendo este equilibrio uno de los elementos más interesantes de la obra.

La mayor virtud de Olvidado Rey Gudú es que a pesar de su enorme extensión se lee de forma fácil y fluida, manteniendo el interés en todo momento. Es un libro muy difícil de soltar, merced a su estructura casi culebronesca, repleta de intrigas, romances, luchas entre reinos y conquistas. Hay que alabar su variedad argumental y una constante aparición de nuevos y sorprendentes personajes. Así, a los citados se unen al príncipe Almíbar, hijo de humano y de hada, capaz de comunicarse con los pájaros y poseedor de una sensibilidad única; Tontina, princesa absolutamente inconsciente y feliz traída a Olar como consorte del rey desde una tierra «más allá del tiempo», acompañada de un séquito que se mueve entre el mundo real y la pura fantasía. O la perspicaz reina Leonia, soberana absoluta de una isla donde el lujo, la riqueza y la exuberancia son los valores supremos. Todos conforman un tupido tapiz en cuyo centro se encuentra Gudú y sobre todo Ardid, auténtico hilo conductor de la obra. Como se puede ver, Matute tiene un criterio cuando menos peculiar a la hora de escoger los nombres en esta obra, pero pese a lo chocante de algunos, hay que tomarlo como un juego al que la autora invita al lector, realtando también el parentesco de la obra con los cuentos de hadas.

Una constante a lo largo del libro es la progresiva melancolía que se va haciendo patente en los personajes por el paso del tiempo, abriéndoles los ojos a la fugacidad de la condición humana y todas sus obras. Asisten así impotentes a su gradual decadencia, embargados ocasionalmente por la pena de lo perdido. Matute apunta a la infancia como a la época de felicidad más intensa -simbolizada en el mágico «árbol de los juegos»-, de la que se debe conservar tanto como sea posible. En general se nos transmite un escepticismo respecto a todo lo humano, dando a entender que lo feo e innoble se dan con mucha más frecuencia que sus opuestos. También se relaciona la grandeza del reino con sus campañas de conquista y destrucción, aunque sin llegar a un planteamiento antibélico: más bien se nos da a entender que esta relación es inevitable y hasta deseable (como ocurrió por ejemplo con el imperio romano), pero que un exceso de ambición puede desvirtuar el motivo de la expansión. Por ello, la obra es también una reflexión sobre la ambición humana, sus consecuencias y las renuncias que implica. Es esa atmósfera melancólica y la gran incidencia en las relaciones personales lo que más distingue la obra de Matute de la de autores más especializados en este género.

Por todo lo expuesto, Olvidado Rey Gudú es una obra singular en nuestras letras, por lo general tan apegadas al realismo sin más o al empalagoso realismo mágico. El estilo, como he mencionado, es fluido y muy agradable de leer, y sólo hay que lamentar una profusión de errores de redacción, que aunque comprensibles por el gran número de páginas, se deben sin duda a una inadecuada revisión de la obra, la cual merece una edición corregida que haga justicia a su contenido (sugerencia para la autora y la editorial). Por lo demás, es un título que permanece en el recuerdo y agradará fácilmente tanto al lector de fantasía heroica como a un público más general, sobre todo si gusta de la aventura y el romance. Tan sólo cabe objetar que la autora puede haber cargado demasiado las tintas en el torno taciturno de algunos pasajes, sin el cual la narración podría haber funcionado igual de bien. Es es cualquier caso una propuesta refrescante, que proporciona una intensa y profunda experiencia lectora. Recomendado.

Premios Poya 2009


¡No sé hablar inglés pero voy a ganar el Oscar! Yeah!

La gran fiesta de «nuestro cine» -yo desde luego no me identifico en absoluto con esos engrendros- dejó bien clara la cada vez más acusada deriva progre de los artistas patrios. Seis galarodnes se llevó el engrendro ése de Javier Fesser, «Camino» película furiosamente anticlerical; pero lo malo no es exactamente eso (y menos para mí, que soy ateo), sino por basarse en el caso auténtico de una muchacha enferma falseándolo miserablemente, como ha denunciado la familia. Pero le ha salido rentable la muerte de la pequeña al señor Fesser; ¡felicidades! Yo creí que con haber jodido irremisiblemente a Mortadelo y Filemón este señor tenía bastante, pero parece que esto sólo era el principio para el hermano de Guillermo. a niña protagonista ya está ganada para la causa a tan tierna edad, igual que María Valverde, que empezó como promesa refrescante y ahora protagoniza bodrios como «La mujer del anarquista».

Se quedó casi sin premios «Los girasoles ciegos», otra peli ultraprogre ambientada, ¡¡oh, sorpresa!! en la Guerra Civil. ¿Existe otro país en el mundo que saque TODOS los años tres o cuatro películas resobando (y distorsionando) su propia guerra, disputada hace la friolera de 70 años? No; para eso necesitarín a unos «artistas» tan rencorosos y radicales como los nuestros. Y se quejan de que no se ve nuestro cine… pero es que a la gente, por algún motivo, no les gustan la mierda ni las pajas mentales de unos niñatos acomodados. Para rematar la noche, premio al que encarnó con tanta precisión al genocida marxista Ché Guevara, el portoriqueño Benicio del Toro, muy pasadito de peso. ¡Hurra! Queremos la biografía del führer ya, protagonizada por Resines, o por Pepe Villuela, es igual. Es que era un hombre fascinante y lleno de ideales.

Lo más trágico es que cojan dinero de nuestros impuestos para pagar toda esta mierda. ¡¿Es que no saben que tenemos que pagar muchas operaciones de familiares de inmigrantes, hombre?! Vomito sobre todos ellos: ¡¡Bleeeergh!!

The Dark Knight – Nolan acierta a la segunda

Entré con algunos prejuicios negativos (¡no me importa decirlo!), pero lo cierto es que la película está muy bien. La mayor novedad es que tira por la borda el tono marcado por todas las adaptaciones cinematográficas de cómic hasta el momento (incluso en el primer film), y a casi todos los efectos es una película de mafia. Nos presenta una Gotham City asfixiante y deprimente, en la que la corrupción es la reina y nadie puede confiar en nadie. Los servidores de la ley adquieren un papel casi heroico, en el que su vida pende constantemente de un hilo, y por ello la gesta de Batman y sus aliados (es un film muy coral) transmite un tono especialmente dramático. No se puede insistir bastante: la película tiene mucho más que ver con Scorsese o los directores orientales que con Sam Raimi, o incluso con Frank Miller, adoptando una atmósfera aún más oscura que la de sus trabajos comiqueros.

La representación del Joker ofrecida por Ledger/Nolan es satisfactoria. El personaje está muy bien escrito, y psicológicamente se corresponde bastante exactamente con la figura de los cómics. Es una lástima que, una vez más, se haya desechado su valor icónico y se aleje visualmente del tipo espigado que es desde hace décadas uno de los villanos más inquietantes del mundo del tebeo. No obstante, esta «versión alternativa» resulta válida, y es perdonable el alejamiento del original por el afán de verosimilitud. Uno de los mejores rasgos de este Joker es su querencia por el caos, que consigue encadenando planes elaborados que no obstante, una vez logrados, dan paso al siguiente, sin un fin último más que el dolor y la destrucción. Otro atributo distintivo es una inteligencia psicopática exagerada pero creíble, y la sensación de ir siempre un paso por delante de los buenos.

Hablando de verosimilitud, ésta es para mí la primera película de superhéroes donde todo podría haber ocurrido en la realidad, dejando quizá aparte algunos de los excesos tecnológicos del hombre murciélago, y también la desfiguración del personaje de Dos Caras, a todas luces excesiva; creo que ese tipo de heridas causarían la muerte por infección en cuestión de horas. Todo lo demás se ciñe bastante al mundo real, y los objetivos de los malos son básicamente enriquecerse y matar, como los de nuestro mundo, sin planes estrambóticos ni gadgets que pueden acabar potencialmente con el mundo.

El Batman de esta película me convence más que el de la anterior, pese a esa voz tan peculiar, y su dilema es palpable y comprensible: ha de elegir entre seguir con su tarea de limpieza, incluso siendo odiado por toda una ciudad, o por la retirada y entrega que le exigen sus enemigos. Las escenas de combate cuerpo a cuerpo, una de las partes más difíciles de realizar en cualquier film, son mejorables pero adecuadas, y Christian Bale cumple muy bien con las exigencias físicas del papel.

Pasando a los defectos, el mayor es que una ciudad tan corrupta y deprimida difícilmente podría existir en los Estados Unidos, mucho menos en los del siglo XXI. Una policía tan infiltrada y tomada por la mafia, en la que hasta los más cercanos a los mandos están bajo sospecha, sólo podría existir en un país totalitario, en el que la ley careciera casi por completo de mecanismos para defenderse. No es que no existan ciudades o regiones corruptas en países occidentales (¡Coslada!), pero una situación tan crítica como la que se describe en Gotham sin duda habría propiciado leyes especiales, intervenciones presidenciales y medidas similares, que no dejaran a la ciudad en la situación de indefensión que se describe en el film.

Otro defecto es Maggie Gyllenhaal: en una superproducción de 180 millones de dólares puedes escoger a cualquier actriz del mundo, y es realmente inexcusable que la heroína romántica sea una mujer tan carente de atractivo, tan sólo porque posea un aceptable parecido con Katie Holmes; patinazo de Nolan, aunque por suerte no llega a estropear el tono de la película. También hay que decir que algunos diálogos tienen una complejidad a todas luces innecesaria; he de decir que no entendí nada de la trama del dinero que aparece al principio de la película, ni la historia del bandido que relata Alfred; hay que refinar bien los guiones, que no será por tiempo ni dinero. Tampoco es muy justificable la ausencia de la batcueva (¿demasiado comiquera para Nolan?).

Por último, decir que el éxito comercial de la película es merecido pero sorprendente: Es un film de tono MUY pesimista, que dura casi tres horas (aunque no se hace largo) y con un papel secundario de ese romanticismo normalmente tan necesario atraer al público femenino: advierto que no es una película adecuada para llevar a una cita, a menos que ellas estén dispuestas a aceptar una trama densa, o sean muy fans de Heath Ledger (que en todo caso está irreconocible). Y por supuesto, será un error llevar a cualquier niño menor de 14 años, que casi seguro se inquietará y se aburrirá.

Terminando, pese a las pegas que se le puedan poner, la estructura interna y el ritmo del film son impecables, y conforman una experiencia sólida e interesante, revitalizando un género que tanto lo necesita; por fin una superproducción veraniega justifica su presupuesto, sin extender innecesariamente el metraje ni desperdiciar el dinero en extravagancias visuales que no aportan nada (Piratas del…). Aquí cada dólar está justificado en la pantalla. No es la mejor película de la historia ni mucho menos, pero sí una de las dos o tres mejores del género superheroico, e impecable como gran producción. Aunque no soy muy fan de las notas, a modo orientativo le doy a El Caballero Oscuro un ocho alto.
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Los parques de Madrid

Empezamos sin más dilación, con un tema apasionante del que hace tiempo que quería escribir. Se trata de los parques, esos pedacitos de naturaleza que hemos tenido a bien esparcir por sus ciudades y que tanto bienestar nos proporcionan. Bueno, lo de pedazos de naturaleza hay que matizarlo: Michael Crichton decía algo así como que la gente en realidad odiaba la naturaleza -un lugar a todas luces inhóspito para el ser humano-, y lo que en realidad le gustaba era una versión «domada» de la misma, donde aún podía disfrutar de un confort razonablemente parecido al de la civilización. Se refería a lugares como los refugios de montaña, los bosques cercanos a las ciudades, etc. Yo coincido con la visión del recientemente fallecido escritor, pero creo -y seguramente él también lo hacía- que una naturaleza suavizada no tiene nada de malo. El concepto alcanza su máxima expresión en los parques urbanos, que cuando están bien concebidos logran transmitirnos el verdor y el apacible aire de los bosques a tan sólo unos pasos del bullicio de la ciudad.

Un paseo por el parque puede parecer a priori aburrido, pero en realidad es una experiencia muy placentera y relajante. En esta entrada voy a repasar varios de los parques de la Comunidad de Madrid, dando mi valoración personal de cada uno, tanto en términos estéticos como de la experiencia general que transmiten. Cada comentario irá acompañado de una galería gráfica realizada con mi cutre pero fiel cámara Olympus. Empezamos nuestro recorrido por el…

Parque del Oeste: Joya escondida

Galería fotográfica

Uno de los rincones más especiales de Madrid. Situado en el barrio de la Moncloa, es característico por su gran masa verde y por los desniveles que presenta su superficie, llena de cuestas y pequeñas colinas, lo que le confiere una sensación muy cercana a pasear por un entorno natural. Gracias a su respetable tamaño y sus tupidas arboledas, el Parque del Oeste logra una gran sensación de aislamiento de la ciudad. Éste es uno de los aspectos que más valoro en un parque, y por ello cada reseña incluirá una nota al respecto. Paseando por este rincón verde realmente parece mentira que estemos a pocos metros de uno de los nudos de tráfico más congestionados de Madrid.

Como ocurre en muchos otros parqués, existe una ruta botánica que podemos seguir a través de carteles colocados al efecto. La ruta del Parque del Oeste tiene un especial interés por la variedad de especies que ofrece, traídas de puntos muy variados del mundo. Es posible encontrar incluso secuoyas, aunque no del tamaño descomunal de las que existen en los bosques americanos, eso sí. Pese a su situación céntrica, no es un parque de gran afluencia, debido probablemente a lo irregular de su terreno. Sus principales visitantes son estudiantes universitarios, cosa normal dado que se encuentra muy cerca de las principales facultades de la capital. Durante un tiempo, el parque fue víctima del infame botellón nocturno, amaneciendo los sábados y domingos con un aspecto realmente desolador, pero por suerte esto ya no ocurre. Al ser un parque relativamente poco visitado, también es escasa la afluencia de ciudadanos extranjeros, esos que tanto han enriquecido la vida de la capital, y concretamente de zonas verdes como la Casa de Campo. En otras palabras, éste es un lugar es muy adecuado para cualquier paseante en busca de sosiego. Hay que destacar la ausencia de asfalto en el parque, pudiendo ser recorrido por completo pisando tan sólo tierra y césped. Existen, eso sí, unos pequeños caminos enlosados, bastante bonitos y que se integran bien en el entorno.

Seguramente lo mejor del Parque del Oeste sean sus fantásticas avenidas arboladas, perfectas para pasear y -por qué no- para que los avispados galanes madrileños camelen a las chicas. En la línea central de estas avenidas encontramos varios bancos, que contribuyen al ambiente y son un lugar pefecto para conversar o descansar. Las avenidas adquieren un aspecto fantástico en los meses del otoño, cubriéndose de hojas caídas y adoptando los cálidos colores típicos de la época.

Otro atractivo es el pequeño riachuelo que discurre en uno de los márgenes del parque, que cuenta incluso con pequeños puentes y cascadas. No es el único atractivo acuático, ya que en otro punto existe una pequeña laguna con un surtidor en el centro. Teniendo en cuenta todo esto, no es de extrañar que algunas parejas aprovechen el parque para sus encuentros «más intimos», pero éste es un uso del parque realmente chusco y recomendaría otros sitios de Madrid para tales menesteres (por ejemplo un hostalito). Hay que destacar también la existencia de nidos de ametralladoras erigidos durante la Guerra Civil. Pese a los momentos dramáticos que debieron vivirse en ellos, hoy están cubiertos de vegetación y no son más que otro elemento del parque.

Por último, hacer mención a la excelente situación de esta zona verde, a muy pocos minutos de la Rosaleda y del Templo de Debod, haciendo posible un largo y placentero paseo para aquel que quiera tomarse el tiempo necesario. En suma, el Parque del Oeste es una excelente elección para el amante de los espacios verdes en Madrid, con el aliciente de que en Otoño seguramente se convierte en el rincón más romántico de la ciudad.

Estética y belleza natural: 9

Aislamiento de la ciudad: 8

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Parque del Buen Retiro: La masificación

Galería fotográfica

Sin duda el parque más popular de la capital, aunque para mi gusto uno de los menos interesantes. Debido a su gran tamaño y a su situación recibe un gran número de visitantes, especialmente los fines de semana. Es un parque «de asfalto», en el que se avanza por anchas avenidas cubiertas de este material y no se permite pisar el césped. Así que árboles, haberlos haylos, pero no tendrás mucho contacto con ellos. Es célebre por su gran lago, en el que es posible alquilar una barquita y remar. A orillas del lago hay una placita muy interesante, rodeada de bellas columnas y con un alto pedestal rematado en un monumento ecuestre.

Al ser visitado por tanta gente y estar asfaltado, realmente no hay mucha diferencia con ir por alguna avenida grande de la ciudad, y el bullicio es parecido. El ruido ha aumentado en los últimos años merced a nuestros queridos visitantes de más allá de nuestras fronteras, que tienen a bien deleitarnos con incesante música de bongos y otros instrumentos exóticos. Lo mejor para pasar una tarde tranquila. Hay también gran profusión de adivinadores, saltimbanquis, gitanas y demás especies. En general es un parque muy «multicultural», y algunos de sus rincones tienen un tono decididamente «oscuro». Unos habitantes famosos del parque son sus ardillas, cuya población al parecer disminuyó bastante porque la gente se las llevaba a casa como mascotas. Ahora mismo no sé en qué situación se encuentran..

Sin duda el rincón más bello del Retiro es el Palacio de cristal, tanto por el material con que está construído como por su arquitectura. Cuenta con su propio laguna, situada justo enfrente, y en los atardeceres emite unos reflejos bellísimos que merece la pena ver. Hay otros lugares interesantes en el parque, pues pese a la masificación, por su gran superficie tiene bastante que ver si nos tomamos un tiempo. En la galería fotográfica podéis ver algunos de estos lugares.

En resúmen, no es un mal parque pero resulta demasiado urbano para mí. La ciudad está visible en cada momento y es difícil encontrarse a solas o tranquilo en él. Indicado si tienes más de 60 años y no quieres complicarte demasiado la vida, eso sí, buscando sus rincones más sosegados.

Estética y belleza natural: 6

Aislamiento de la ciudad: 3

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Jardines del Moro: Regios y bonitos

Galería fotográfica

Enclave histórico situado al principio de la Cuesta de San Jerónimo. Pese a esta céntrica localización, justo al lado de la ruidosa glorieta de Príncipe Pío, el parque logra envolver de forma sorprendente, y es un lugar de gran sosiego. Ni que decir tiene que uno de sus atractivos son las espectaculares vistas del Palacio Real, aunque como parque tiene sus propias cualidades. Los Jardines del Moro, de dimensiones relativamente limitadas, tienen una configuración bastante cuidada y nos ofrecen un aire clásico y casi lírico en algunos rincones. En su parte más externa presenta una tupida arboleda, con árboles muy bellos, algunos de gran altura, y pequeñas extensiones de bambú. Las especies dominantes del parque son coníferas, dándole un cierto ambiente nórdico al conjunto. En su parte más interior encontramos caminos de tierra que nos llevan por sus distintas zonas, en las que podemos encontrar una jaula de aves terrestres. De hecho, por el recinto del parque caminan libremente uno o dos pavos reales, cuya majestuosa visión es uno de los mayores alicientes para el visitante. Existe también un jardín, bonito aunque de dimensiones reducidas.

Lo más destacable de esta parte interna del parque son las construcciones que se alzan en el mismo, vacías y cuya función desconozco, pero que aportan un toque decididamente pintoresco. Una de ellas es una cabaña tropical que no desentonaría en ninguna película de aventuras, y la otra una vivienda campestre de arquitectura muy atractiva. Me pregunto cómo se cotizarían estas dos casas si estuvieran en el mercado… un detalle no muy agradable son los coches de policía que patrullan regularmente por el recinto. Aunque esto es inevitable al estar anexo al palacio, desde luego no es lo mejor para disfrutar un tranquilo paseo. A la hora del cierre del parque, desde estos coches se conmina a los visitantes a abandonar el mismo. Con todo, es una visita que sin duda merece la pena, y que puede sumergirnos en un ambiente sosegado y verde directamente entroncado con el pasado de la capital, a tan sólo unos minutos del centro.

Estética y belleza natural: 8

Aislamiento de la ciudad: 7

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Dehesa de la Villa: Pinos y deporte

Galería fotográfica

La Dehesa de la Villa no es un lugar precisamente céntrico, hay que buscarlo expresamente para llegar allí. Un paseo de cinco minutos desde el metro Francos Rodríguez nos llevará a esta extensa superficie que podemos calificar más de arboleda que de parque. La especie dominante es el pino ibérico. Adentrándonos en la Dehesa de la Villa encontramos un circuito concebido para el paseo y el ejercicio; este circuito es la zona más frecuentada del parque, ascendiendo desde la base hasta la cima de la colina rodeando la misma. En el trayecto podemos encontrar aparatos dispuestos para ayudar a realizar distintos ejercicios.

Estética y belleza natural: 6

Aislamiento de la ciudad: 6

Juan Carlos I: La inmensidad

Galería fotográfica

Estética y belleza natural: 9

Aislamiento de la ciudad: 8

¡Es cultura! ¡Y es popular!

¡Saludos, amigos! Mi nombre es Boss Borot e inicio este nuevo y apasionante blog con el objetivo de daros a conocer mis puntos de vista sobre todo tipo de cuestiones que rodean nuestra vida. Concretamente, sobre todo aquello que conforma la experiencia cultural del hombre urbano moderno. ¿Y qué entra dentro de esa experiencia? Pues un amplísimo abanico, tanto como quiera cada persona: desde el cine hasta los libros, pasando por el teatro, música, cómics, puestos de comida ambulante, karaokes, tiendas, tele, videojuegos… captáis la idea, ¿no? Aunque el ámbito del blog se ceñirá casi siempre a esta temática, no me pongo límites, y esporádicamente aparecerán asuntos que tendrán poco que ver con todo esto pero que serán también de interés.

Como en todo blog, la participación de los lectores es esencial. Por ello, todos los comentarios son bienvenidos, tanto de amor como de odio. Os advierto que tengo un carácter bastante marcado, así que no voy a cambiar de opinión así como así. Pero si no os gustan mis puntos de vista, estaré encantado de pelearme con quien haga falta. ¡Ya veréis cómo al final tengo razón!